viernes, 21 de junio de 2019

UN SACRIFICIO (IN)EVITABLE


UN SACRIFICIO (IN) EVITABLE

Al abrir los ojos, Camila se encuentra con su insípido techo de color blanco, observa a su alrededor y solo encuentra sus insípidas paredes de color blanco con algunos manchones por las manos sucias que incontables veces se apoyaron en ellas. Por su mente no se atraviesa ningún pensamiento, es solo otro insípido día de su insípida vida.

Observa el reloj, son las 7:52 am de un sábado de agosto, suspira cansada a pesar de que hace tan solo unos momentos se acaba de despertar, sabe que en cualquier momento su familia interrumpirá su descanso. El reloj marca las 7:53 am y se empiezan a escuchar algunos sonidos en su casa. El sonido de un niño riendo es lo que debería escuchar pero en su lugar solo encuentra el llanto de su hermano de cinco años y los gritos de su padre, esta vez lo grita por haber mojado la cama. Puede que el regaño haya sido justificado pero esa cantidad de insultos que el hombre proclama hacia el niño no lo son.

Camila se sienta en el borde de la cama, suspira y hunde la cabeza entre sus manos, “no de nuevo” se dice mentalmente mientras escucha las cosas que su padre le dice a su hermano, “ya basta, no es para tanto” y mientras estos pensamientos recorren su mente unos golpes secos retumban por la casa. David, su padre, golpea al pequeño Pablito. Es difícil establecer porqué lo hace con tanta ira pero de nuevo, piensa Camila, algo completamente injustificado.

–¡Váyase y no me joda más!– le grita David a su hijo, el pequeño Pablo sale de la habitación y corre a los brazos de su hermana, se abraza a ella y llora en sus brazos. Ella lo abraza y al tocar la espalda del niño con sus manos, Camila siente en la piel de Pablo los golpes que David le acaba de propinar. Una lágrima se desliza por la mejilla de Camila mientras en silencio abraza a un Pablito sollozante. De repente un olor a humo de cigarrillo llega hasta la nariz de la muchacha, al mover la cortina y observar el balcón de la casa encuentra a Claudia, su madre, fumando un cigarrillo e ignorando todo lo que dentro de la casa está sucediendo. Camila suspira una vez más, le susurra algo en el oído a Pablo, le besa la frente y lo lleva al baño, allí lo desviste y lo baña con agua tibia, cuando termina de bañarlo busca la ropa de él, lo viste y lo deja dormir un rato más en cama de ella, al abandonar la habitación Camila cierra la puerta dejando a Pablito completamente solo para que pueda descansar.

La noche del viernes David y Claudia se quedaron tomando vino hasta tarde, dejaron las copas en las que tomaron en la cocina para que Camila las lavara. Al día siguiente, al entrar en la cocina, ella ve los recipientes vacíos y entiende que debe lavarlos pero piensa hacerlo después del desayuno. Después de dejar a Pablito en su habitación, ahora Camila está en la cocina, se dispone a preparar el desayuno. Unos minutos más tarde está listo, llama a todos a la mesa; entran David, Claudia y después de un momento también Pablito, es entonces cuando el desayuno transcurre con la “normalidad” de todos los días.

La comida que Camila preparó está deliciosa, lástima que nadie lo note, ni siquiera ella. Sus padres viven tan enajenados al mundo que no la saborean; David disfruta más las peleas que la comida, a Claudia le da lo mismo comer mierda que comer pollo siempre y cuando la comida no tenga demasiada grasa y no le arruine la figura, Pablito tiene mucha hambre y en dos bocados deja el plato vacío, para Camila las cosas son diferentes; la comida ya no tiene sabor y para ella, la vida ha perdido su color. Sufre por su hermano, se siente cansada, agobiada, quiere descansar de tal infierno al menos un solo día pero no, sus responsabilidades de mujer adulta (que es la excusa que ofrece David para obligarla a hacer todo en casa) le impiden descansar y tener un momento de tranquilidad, lo necesita pero ella misma se cohíbe de tenerlo.

Al terminar el desayuno, aquella lastimada chica levanta los platos sucios de la mesa y los lleva a la cocina, ni David ni Claudia le agradecen, solamente mueven sus gordos traseros a un sillón de la casa y encienden el televisor para ver el primer programa que encuentren en aquella caja mágica. Pablo sube a su habitación y empieza a jugar con sus carritos, Camila empieza a lavar los platos sucios del desayuno, mientras lo hace David le grita: –Oiga ruidosa de mierda, ¿no se puede callar? Trato de ver la televisión – Camila se disculpa y trata de hacer sus deberes con el menor ruido posible, afortunadamente para ella, las lágrimas son silenciosas, confiables y espontaneas. El agua del grifo que cae en los platos se mezcla con pequeñas gotitas que caen del bello rostro de Camila y nadie, a excepción de ella, lo nota.

Mientras lava los platos, de nuevo retumban en la casa los gritos de David, esta vez llamando a Pablo, la diferencia es que ese grito ahora toma a Camila desprevenida y mientras lavaba unas copas de vidrio deja caer una sobre el lavaplatos, se rompe en seguida. Algunos fragmentos caen sobre la esponja con la que está lavando. Camila estaba llorando mientras lavaba los platos, ahora que ha roto algo sabe que vendrán más problemas, corre al baño a lavarse las manos, el rostro y a tratar de evitar que se note que había llorado, el hecho de que su familia se entere agravará el asunto. Al salir del baño ve a David caminando hacia la cocina, un mal presentimiento recorre su cuerpo pues piensa que David escucho el ruido del vidrio rompiéndose y eso es lo que va a revisar, en realidad el solo se va a lavar las manos, dado que el baño estaba ocupado decide hacerlo en el lavamanos. Al acercarse, Camila trata de advertirle desde lejos que tenga cuidado con los vidrios, David en un gesto inconsciente voltea a mirar a Camila mientras su cuerpo sigue el rumbo que tenía antes haciendo oídos sordos a la advertencia de la chica, mientras Camila lo advierte, David ya ha tomado la esponja y la ha pasado por sus manos, primero reacciona ante el dolor que ante la advertencia de Camila. David observa su mano derecha, hay algunos vidrios incrustados en sus venas, cortadas de distinta profundidad y muchos rasguños, una queja de dolor sale de su boca mientras suelta la esponja con el resto de los vidrios, esponja que entre jabón y sangre ahora tiene un color rosado. Gotas de sangre caen sobre el lavaplatos, sobre la ropa de David y en el piso de la cocina, lo único que David logra pensar es que es culpa de Camila. La insulta, le dice que es un pedazo de mierda que estorba en la casa y que esto, señalando su ensangrentada mano, es culpa de ella.

Tal vez el accidente haya sido por un descuido de ambos, Camila no se arrepiente, sabe que vendrán problemas más adelante y a esos problemas le siguen muchos episodios de un David malhumorado y violento pero a pesar de todo está tranquila, siente algo de alivio. Una sensación de felicidad la inunda por un instante debido al karma que acaba de sufrir David.

Ahora los problemas empiezan a brotar, David se queja exageradamente lanzando improperios y maldiciendo su vida (en su mente él es un santo, una pobre victima que no merece la tan tormentosa vida que le ha tocado a su pobre ser), Pablito baja preocupado pues piensa que todos esos gritos son en contra de él por haber ignorado los llamados de su padre un momento atrás. Claudia, esta imperturbable, observa la escena, la mano de David sangrando y a David gritando, tranquilamente se levanta del sillón sin demostrar ninguna expresión en su rostro, camina hacia uno de los cajones de la cocina en donde hay toallas y busca el botiquín que tienen en la casa. Le dice a David que se calme, que no es tan grave como piensa, apoya la toalla sobre una mesa y sobre la toalla la mano de David, seguido a esto baña la mano en alcohol etílico.

Los gritos de David ahora se han convertido en chillidos, se esperarían de un niño pero es un hombre de 57 años el que ahora hace semejante escena tan ridícula y vergonzosa. Claudia intenta retirar un par de vidrios pero los chillidos de David la desconcentran y el forcejeo que él hace por retirar su mano del alcohol no la dejan trabajar. David dice que prefiere ir al hospital a que le saquen todos los vidrios y le hagan la curación pertinente. Mientras tanto dirige una mirada de odio hacia Camila y la insulta, –esto es culpa suya, maricona– grita David, Camila ya acostumbrada a sus insultos guarda silencio y baja la cabeza. Ahora que David no puede ver su rostro, Camila sonríe y se muerde el labio inferior de su boca tratando de ocultar la emoción que siente al ver al idiota  de su padre sufrir de esa manera, es obvio que él merece sufrir mucho más pero ese es un buen comienzo. Camila toma aire y trata de que en su rostro ahora aparezca una expresión de culpa, lo logra.

Ahora la familia debe decidir cómo llegar al hospital, David no puede conducir por tener la mano tan lastimada, Claudia estuvo bebiendo la noche anterior con David y por ende tampoco puede conducir, no viendo otra alternativa deciden cederle el volante a Camila. En ese momento ella propone llevar a David y a Claudia al hospital y dejar a Pablito en casa de algún vecino, dado que “muy probablemente nos demoremos mucho tiempo allá y Pablo se va a aburrir”, David la insulta y dice que es una idea estúpida. Camila trata de convencerlos una vez más, sin siquiera pedir la opinión del niño, pero de nuevo le dicen que no, que tienen que llevarlo. Ella acepta de mala gana.

Ahora todos están en el carro, se sientan David y Camila en los asientos delanteros mientras que Pablito y Claudia se sientan en la parte trasera del auto. Están a 25 minutos del hospital más cercano, Camila enciende el auto con toda la tranquilidad del mundo y empieza a andar respetando todas las señales de tránsito, los cruces, los límites de velocidad y dando espacio a todos los peatones que en algún momento necesitan cruzar la calle. David se da cuenta que la pasividad de Camila es intencional y con su mano izquierda golpea en el rostro a Camila. Le grita culpándola del accidente en su mano y de la situación en la que están ahora, que lo mínimo que un “pedazo de mierda” como ella podría hacer es hacerse responsable de la situación y llevarlo rápido al hospital, Camila empieza a hiperventilar y a ponerse nerviosa por la cantidad de estímulos que se le presentan, mientras trata de no perder el control, en su rostro siente otro golpe propinado por David.

A Camila le arde el rostro, con una mano sostiene el volante y con la otra se toca la mejilla que David golpeó, lo último que escucha es a David gritándole insultos a 50 centímetros de su oído. En una pausa que hace David entre tantos insultos, Camila escucha un sollozo casi imperceptible proveniente de los asientos traseros. La velocidad con la que conduce ella ahora ha aumentado después de recibir el segundo golpe de David, observa por el espejo retrovisor los asientos traseros y  encuentra a Pablo llorando desconsolado y cubriéndose los oídos con las manos para no escuchar la cantidad de improperios que David, una vez más, le lanza a Camila. Mientras tanto, Claudia observa el mundo exterior a través de la ventana como si dentro del auto no estuviera sucediendo nada.

La chica respira profundo, sostiene el volante con las dos manos y empieza a manejar a la velocidad que David le pide, al ver que Camila dejó la parsimonia con la que venía, David se calma un poco y guarda silencio un momento. Camila presta especial atención al llanto de Pablito, por desgracia David también lo escucha y ahora procede a desquitarse con el niño, le grita que es un marica y que los verdaderos hombres no lloran, luego lo amenaza con hacerlo llorar de verdad por algo. Pablito esta aterrado ante las amenazas de su padre y obviamente no deja de llorar. Claudia no hace nada, nunca hace nada.

Pablito se obliga a sí mismo deja de llorar, entonces Camila decidida y con una gota de sudor recorriéndole la frente le dice al niño sin mirarlo “por favor perdoname Pablito, tu no mereces nada de esto. Tu no deberías estar en este auto ahora mismo”, el niño no entiende a que se refiere su hermana. David tampoco entiende y lo mejor que se le ocurre es insultarla por meterse en asuntos que no le incumben a ella, la familia está a unas cuadras de llegar al hospital pero antes de eso debe cruzar por un puente con el auto. Mientras están cruzando Camila cierra los ojos, respira profundamente y acelera, antes de que David pueda decir algo más ella gira bruscamente el volante hacia el vacío.

En el momento en que el auto atraviesa la cerca que está en la parte más alta del puente, Camila suelta el volante y dirige su mano hacia el cinturón de seguridad de David, lo desabrocha y luego cierra los ojos, el auto se suspende en el aire por un leve momento luego cae estrepitosamente de frente, mientras cae, toda la familia entiende la intención de Camila. Pablito entiende por qué ella quiso que él se quedara en la casa, Claudia entiende y comprende la reacción de Camila pero le preocupa que su rostro quede desfigurado y nadie quiera ir al funeral de ella por lo mismo, en cambio, David utiliza sus últimos pensamientos para odiar aquel momento en el que Claudia se negó a abortar a su primera hija.

El auto cae, David al tener su cinturón desabrochado atraviesa el vidrio delantero, cae al suelo y seguido a eso el auto gira y termina boca arriba, al caer aplasta el cuerpo del idiota de David. Pablito está inconsciente y Camila tiene múltiples heridas y fracturas en el cuerpo pero está despierta. Claudia no llevaba puesto el cinturón de seguridad, el choque la hace golpear contra el asiento de enfrente y le rompe el cuello, muere al instante.

Al observar hacia la carretera en la que acaban de caer, lo último que ve una maltratada y gravemente herida Camila es un camión acercándose velozmente hacia ellos y la mirada aterrada del conductor al darse cuenta que no logrará frenar a tiempo. Inevitablemente el camión los golpea. El golpe acabará con la vida de las dos personas que habían sobrevivido dentro del auto. Un momento antes del choque, Camila cierra los ojos; se da cuenta que las dos personas que le habían arruinado la vida ahora están muertas, también se convence de que Pablito ahora estará en un lugar mejor así que por primera y última vez, Camila logra sentir la paz que siempre buscó.

miércoles, 5 de junio de 2019

AMOR DE MADRE


AMOR DE MADRE

Los labios de Andrea están húmedos por la saliva de Esteban, ella mueve delicadamente su lengua y roza los labios ajenos, él por su parte la besa tiernamente y le corresponde de una manera muy bella. Están sentados en una banca del parque de la 72, llevan un rato ahí y a pesar de estar algo lejos de sus casas, son felices y disfrutan el momento.

Unos metros más lejos de donde están Andrea y Esteban, está pasando Sebastián. No tiene mucho que hacer en ese parque, en la mañana habló con su novia y ella le dijo que estaría ocupada, que era mejor si se veían el otro fin de semana. Sebastián no tiene problema con eso, también está lejos de casa pero quería conocer un lugar nuevo. Se sienta en una de las bancas y empieza a fumar un cigarrillo; lo sostiene con sus labios, lo enciende y absorbe todo el humo. Siente el humo pasar por su boca, por su garganta, llegar a sus pulmones y luego devolverse siguiendo el mismo camino. Observa lo que sucede a su alrededor: unos niños jugando en la arena, un grupo de personas jugando fútbol, una pareja besándose en una banca, un hombre vendiéndole helados a una familia. Técnicamente es un día cualquiera para las personas del parque y para él también.

Sebastián es un muchacho de 22 años, es brillante, tiene una novia hermosa a la que ama. Creció solamente con su madre, su padre lo abandonó y desde entonces no supo más de él, tampoco tiene interés en saber más. Tiene a su madre y eso le parece suficiente, no tiene hermanos y en lo que se puede decir, él es feliz.

Luego de terminar su cigarrillo decide caminar un poco, esta algo ensimismado y deja de percatarse de lo que sucede a su alrededor, camina con la vista hacia el suelo. La pareja en la banca ahora está hablando, Andrea le dice a Esteban que es muy feliz con él y que lo ama, Sebastián está pasando cerca a ellos y escucha una voz familiar, mientras la reconoce escucha al muchacho, él le responde y le dice que también es feliz pero que la situación en la que está lo pone nervioso. En ese momento Sebastián reconoce dos voces familiares, se gira y observa a la pareja, los ojos de Andrea y Esteban se encuentran con los de Sebastián.

Sebastián ahora reconoce dos rostros muy familiares.

El muchacho pierde los estribos, empieza a gritar y a desesperarse, le reclama a Andrea, la insulta y le dice que no tenía razón para hacerle algo así y menos con su mejor amigo. Luego hace lo mismo con Esteban, lo grita, lo insulta y le dice que es una porquería de amigo, que nunca se esperaba algo así de él. Las personas que jugaban fútbol lo escuchan gritar y detienen su partido por un momento, entonces observan con atención la escena que sucede.

Sebastián se lanza sobre el muchacho al que llamaba amigo, caen al piso y allí lo empieza a golpear con rabia. Andrea ve la escena, observa a los muchachos en el suelo y empieza a gritar pidiendo ayuda. Intenta separarlos tirando de la camisa de Sebastián, le pide que se detenga y en medio de la pelea ella empieza a llorar desesperada. Las personas que jugaban fútbol en el césped corren e intervienen en la pelea, los separan, unos cuantos agarran a Sebastián y otros le ayudan a Esteban a levantarse del suelo.

Sebastián sigue enojado y mientras algunas personas lo sostienen, él empieza a insultar a Esteban. Cuando no tiene más improperios que lanzar, decide escupir a Esteban. Durante todo el rato Esteban estaba tranquilo, cuando Sebastián lo golpeaba el solamente se cubría pero no lo atacaba, la saliva de Sebastián que le cae en el rostro lo termina de descomponer; se suelta de las personas y con dos o tres pasos largos llega hasta Sebastián y lo golpea en el rostro. Sebastián cae al suelo y de su nariz empieza a brotar un hilo de sangre.

Los niños que jugaban en la arena corren asustados al lugar en donde están sus padres, la familia que compraba helado se mantiene alejada y llama a la policía. Sorprendentemente la policía no demora en llegar, entran corriendo por la entrada norte del parque y al buscar con la mirada ven a Esteban golpeando a Sebastián y Sebastián cayendo al suelo. Mientras Sebastián logra ponerse de pie los policías corren hacia ellos, de alguna manera Sebastián se suelta de las personas que intentaban sostenerlo y de nuevo se lanza sobre Esteban. La policía llega, los separa, los esposa y los lleva a una estación de policía.

La pelea no fue algo grave, los tuvieron en la estación de policía algunas horas y en la noche los dejaron ir. Durante todo el tiempo en la estación Esteban intento hablar con su amigo pero Sebastián simplemente lo ignoraba. Al salir de la estación cada uno se fue a su casa y el tema quedo ahí.

En el camino, Sebastián llora enojado, llevaba mucho tiempo con Andrea y le molestaba todo lo que había sucedido. Con ella llegó a hacer planes en los que incluían comprar una casa, irse a vivir juntos y en un futuro aún lejano, llegar a tener un hijo. Todos estos planes podían ser demasiado optimistas pero aun así no había ninguna razón de peso que se los impidiera, de cualquier modo Sebastián veía un gran futuro con Andrea.

Por otro lado, Andrea solamente dejaba hablar a Sebastián y le seguía la idea en todas las cosas que decía aunque en el fondo ella sabía que no se harían realidad nunca. Andrea tenía otros planes y a pesar de todo lo que proponía Sebastián ella quería tener una vida diferente. No quería que Sebastián se convirtiera en la única pareja que tendría en su vida, quería conocer más personas, tener otras relaciones, viajar mucho, no tener hijos; es decir, todo lo contrario a Sebastián. Mientras estaba con él, Andrea también tenía una especie de relación con Esteban, no era algo llevado por el amor, solo por el deseo y eso era todo lo que ella quería.

De cualquier modo, Sebastián llego a su casa, no estaba su madre así que solamente se lanzó sobre su cama a llorar. Lloro hasta quedarse dormido y unos minutos más tarde su madre llegó.

Sandra es una mujer que ronda los 45 años, tuvo a Sebastián a los 23 años. Tuvo que criarlo sola pues su esposo, según lo que le dijo la policía, se suicidó luego de abandonarla a ella y a su hijo. Sandra es una mujer fuerte, decidida, sabía que si su esposo no iba a estar en su vida nada le impediría ser feliz con su hijo y eso hizo.

Cuando Sandra llegó a casa encontró a su hijo dormido, había llegado tarde del trabajo así que no se enteró de nada de lo que había sucedido ni del paso de su hijo por la estación de policía. Al día siguiente, Sandra no debía trabajar y Sebastián no tenía que estudiar. La mujer despertó temprano y empezó a preparar el desayuno, puso algo de música y el ruido despertó a Sebastián. Él despertó y fue a la cocina. Sin ganas saludó a su madre y al ver que el desayuno estaba casi listo se sentó a la mesa, Sandra le siguió el paso con dos platos en sus manos, los puso sobre la mesa y con una sonrisa en su rostro observó a un desanimado Sebastián.

Sandra intentó conversar con él y con un “¿Qué quieres hacer hoy, hijo? Siento que va a haber buen clima” intentó romper el hielo, Sebastián cabizbajo y jugando de manera triste con su comida le respondió —Nada mamá, hoy no tengo ganas—. Ella preocupada intentó averiguar más, en medio de tantas preguntas que Sebastián respondía con monosílabos Sandra notó los moretones en el rostro de su hijo y al preguntarle qué era lo que había pasado, Sebastián rompió en llanto y en medio de lágrimas le contó todo:
—Es Andrea, mamá. Es una perra —afirmó Sebastián entre sollozos.
— ¿Por qué lo dices hijo? ¿Qué paso? —preguntó Sandra.
—Ayer fui al parque de la 72, no tenía nada que hacer allá pero hace mucho no iba
— ¿Y qué paso?
—Que la vi a ella mamá, la vi —dijo Sebastián mientras sostenía su rostro entre sus manos y lloraba sin poder terminar de decir lo que trataba de explicar.
— ¿Como que la viste, Sebas? No entiendo. ¿Estaba con alguien más? ¿Estaba haciendo algo malo? ¿Le paso algo a ella?
—Estaba con Esteban, mamá. Los encontré besándose y en la mañana me había dicho que se iba a quedar en su casa todo el día.
—Ay Sebas, lo siento mucho en verdad —dijo Sandra con un tono triste. ¿Pero que más paso?
—Yo… yo no supe que me pasó. Lo ataque, empecé a golpearlo y unas personas llegaron a separarnos, luego alguien llamó a la policía
— ¿La policía? ¿Cómo así? ¿Qué te hicieron?
—Nada má, me llevaron a la estación y me tuvieron allá casi todo el día. Luego de eso me dejaron ir. —En ese momento Sebastián volvió a llorar— Pero mamá, yo lo quería todo con Andrea y ella me falló de esta forma. ¿Qué fue lo que hice mal?

Sandra guardó silencio, veía a su hijo llorar y eso le partía el alma. No sabía que decir y temía que al decir las palabras inapropiadas su hijo reaccionara mal:
—Tu no hiciste nada malo hijo, solamente te topaste con la persona equivocada —afirmó Sandra tratando de consolar a su hijo.
—Y con mi mejor amigo mamá, con Esteban. Jamás me lo espere de él.
—Lo se hijo, todo esto yo tampoco me lo esperaba
—Pero esto no se va a quedar así mamá.

En ese momento la voz de Sebastián empezó a cambiar. Esta vez hablaba desde la ira y no desde el dolor, corrió a la cocina y tomo uno de los cuchillos. Mientras decía algo entre dientes, Sandra empezó a intuir que era lo que sucedía y tan rápido como pudo se interpuso entre él y la puerta de la casa.

Por favor apártate mamá, esto no se va a quedar así. —Las palabras de Sebastián no salían de su boca sino desde el más grande odio que podía existir en su interior.
No lo hagas Sebas, ellos no valen la pena.
No puedo dejar que esto se quede así, ellos me arruinaron la vida.
¿No crees que estas exagerando? —Al decir esto, Sandra se dio cuenta que acaba de pronunciar las palabras que temía pronunciar.
— ¿Exagerando? ¿Es en serio mamá? —De nuevo su tono de voz volvió a cambiar—. Ya quítate, esto no es contigo.
—No hijo, por favor no —En ese momento unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de Sandra y mientras eso sucedía ella dio unos pasos al frente y se abrazó a su hijo—. Por favor no, Sebas.

Sebastián se arrodillo y lloro sobre su madre:
—Mamá, no quiero que esto se quede así. Mamá, ellos tienen que pagar.
—No hijo, ya basta en serio. Por favor detente, mejor dame eso —dijo Sandra refiriéndose al cuchillo, Sebastián accedió y dejo que su madre se lo arrebatara.
—Pero aun así los haré pagar mamá, lo siento —mencionaba Sebastián aun abrazado a su madre—. Puedes calmarme todo lo que quieras pero no puedo dejar que esto se quede así. Andrea era mi vida y si no es mía, ella no será de nadie. Eso lo tengo muy claro.

Sandra entendía el sentimiento y se dio cuenta que no podría hacer nada para cambiar lo que iba a suceder. Sebastián empezó a zafarse de ella pero entre más fuerza hacia más fuerte se abrazaba su madre a él. Finalmente Sandra tuvo que tomar una decisión; tomó el cuchillo que le había arrebatado, lo apretó con fuerza y lo enterró en la espalda de su hijo. El cuchillo le perforó un pulmón y la sangre empezaba a llenarlo, se derramaba por la herida y la sangre se confundía con la camisa roja que tenía Sebastián.

Sandra lloraba, era consciente de lo que sucedía y solamente se abrazaba más a su hijo. Sebastián sentía un dolor inmenso en la espalda, se le dificultaba respirar y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para ver a su madre a los ojos y en un susurro casi gutural decirle “¿Por qué?” Sandra lloraba pero sabía que hacia lo correcto. Retiró el cuchillo de la espalda de su hijo, la sangre salía a borbotones de la herida y manchaba el piso, la pared y terminaba de cubrir de un rojo espeso la ropa de Sebastián.

El muchacho, entrando en shock y sin saber que hacer intenta zafarse y pelear, Sandra con un movimiento rápido y decidido vuelve a enterrar el cuchillo en la espalda de su hijo. De la voz de Sebastián se escucha un quejido sordo y un jadeo incesante en su afán por respirar. Mientras su hijo se desangra, Sandra llora abrazada a él y recuerda cuando su madre, Flor Alba, le cuenta que tuvo que asesinar a su esposo por tener hijos con otra mujer. Al mismo tiempo Sandra recuerda cuando tuvo que envenenar al padre de Sebastián por haberlos abandonado, gracias al envenenamiento la policía creyó que fue un suicidio y ella le ocultó la verdad a su hijo.

Ahora la madre, con su único hijo muriendo en sus brazos, ve como la historia se repite otra vez. Sandra retira el cuchillo y lo vuelve a enterrar una vez más, y luego otra, y otra y otra. Entonces le susurra al oído a Sebastián las últimas palabras que él logra escuchar antes de morir desangrado:

—Ya basta hijo, no podemos seguir lastimando a más personas.