viernes, 16 de febrero de 2024

LA MUERTE DEL INFANTE

LA MUERTE DEL INFANTE

 

«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto».

Franz Kafka, La metamorfosis.

       Cuando el sol se puso sobre el puerto, las luces de la ciudad se fueron encendiendo, una a una. La noche llegó y con ella sus misterios. La ciudad que conoces en el día no es la misma que ves en la noche. Así, muchas puertas se cierran y muchas otras se abren. Las madres corren con sus hijos a casa, los hombres cierran sus locales con cadenas, candados y rejas; la iglesia hace sonar sus campanas, no anunciando una nueva misa, sino advirtiendo que la noche ya no hace parte de los dominios de Dios.

      Cuando el sol se perdía de vista en el horizonte, las criaturas nocturnas salían de sus escondites. Brujas, demonios, duendes y todo tipo de monstruos se apoderaban de la ciudad. Tomaban sus calles, golpeaban tejados, puertas y ventanas. Dejaban marcas y huellas en cada pared de la ciudad, destruían todo lo que estaba a su paso y no había nada ni nadie que pudiera detener el aquelarre que sucedía noche tras noche.

    Tomás solo tenía siete años y dormía abrazado a su madre, nunca se había acostumbrado a lo que sucedía fuera de casa. Estaba temblando, aterrado e intentaba conciliar el sueño esperando que en la mañana todo desapareciera. Su madre, por otro lado, estaba tranquila. Le susurraba al oído que durmiera, que todo estaba bien y que no debía preocuparse por nada. Tomás se esforzaba por creerle, cerraba sus ojos con fuerza, pero eso no impedía que escuchara las risas malévolas del otro lado de la pared, susurros cerca de su ventana, golpes en su puerta e incontables gritos que le impedían dormir.

      Al día siguiente las cosas habían vuelto a la normalidad, Tomás se despierta cansado después de una larga noche, como de costumbre su madre no está a su lado, pero la escucha en la cocina tarareando una canción mientras le prepara el desayuno. El niño se sienta en la cama, observa sus zapatos en el suelo y se queda hipnotizado por un par de segundos. Despierta de su letargo, inhala una bocanada de aire, se estira y se levanta de la cama listo para empezar un nuevo día.


─Buenos días Má ─dice el niño en la puerta de la cocina, descalzo y vistiendo su pijama de dinosaurios.
─Hola tesoro, ¿cómo dormiste? ─pregunta mamá, mientras sirve el desayuno en dos platos.
─Bien Má, anoche no tuve pesadillas –responde Tomás al tiempo que frota sus ojos con sus manos.
─Eso es algo bueno… ─replica mamá─ Yo anoche soñé que era una princesa y vivía en un castillo muy muy alto –La mujer voltea a mirar a su hijo y exclama emocionada─, pero ese castillo estaba protegido por un dragón que no me dejaba salir.
─¡¿En serio?!, ¿y qué pasó? ─preguntó Tomás, completamente sorprendido.
─Llegaste tú, pero eras un caballero, tenías puesta una armadura muy brillante y venias acompañado de tu caballo ─respondió mamá. 
─¡¿Queeee?! ¡¿Yo era un caballero?! ─gritó Tomás al tiempo que daba saltitos de la emoción.
─Y uno muy apuesto, luchabas contra el dragón y me rescatabas ─dijo mamá con una sonrisa en su rostro.

    Madre e hijo siguieron hablando de ese sueño mientras comían, después de desayunar Tomás fue a alistarse para ir al colegio. Mamá ya estaba lista así que solo ayudó su hijo dándole su ropa, luego de eso esperándolo para llevarlo en auto.

    De camino al colegio, madre e hijo iban conversando, Tomás no prestaba mucha atención a la conversación.

─Recuerda que hoy tu papá tiene que recogerte, se supone que vas a pasar el fin de semana con el ─dijo mamá sin quitar la mirada del camino─. En la tarde él va a buscarte, lo esperas, ¿bueno? Si no te recoge, me llamas, ¿te sabes mi número?
 
       En ese momento Sandra volteó a ver a su hijo, Tomás observaba el camino por la ventana; veía un parque con columpios morados, una iglesia de puertas rojas, los bomberos lavando su camión frente a la estación y le sorprendió que la heladería estuviese cerrada ese día.

─¿Me estás poniendo atención? ─preguntó mamá con un tono muy serio.
─Si Má ─respondió Tomás desinteresadamente─. ¿por qué los helados están cerrados?
─Siempre cierran la heladería el último viernes del mes ─respondió mamá asumiendo que Tomás había escuchado todo lo demás─. Te voy a escribir mi número, te lo guardo en el bolsillo de tu maleta. ¿Está bien?
─Si Má ─contestó Tomás sin separar la mirada de la ventana y emocionándose porque ya estaban por llegar al colegio─. ¡Mira mamaaaaaaá!, ahí está Samuel. ¿Puedo ir a saludarlo?

       Mamá estacionó el auto, lo dejó ir a saludar a su amigo y mientras tanto escribió su número de teléfono y guardó el papel en la maleta de Tomás, el niño estaba tan distraído que no se dio cuenta en que bolsillo lo puso. De cualquier forma, madre e hijo se despidieron en la puerta del colegio, Tomás fue corriendo con sus amigos y mamá volvió a su auto.

       El día transcurrió con normalidad para ambos, no hubo nada extraordinario ni en el trabajo de mamá, ni en las clases de Tomás. De hecho, fue un viernes tan regular que el padre de Tomás no se dio cuenta que era el último fin de semana del mes.

       Al final del día, Tomás estuvo esperando con su amigo Samuel en la puerta del colegio. Veían como poco a poco a todos los niños los recogían sus padres o sus familiares, a Samuel lo recogería su hermano mayor. A pesar de que los dos niños esperaban dentro del colegio, al llegar el hermano de Samuel, Tomás salió con ellos para jugar en el parque. Pasaron un largo rato y de repente se dieron cuenta que eran las únicas tres personas en todo el parque. El hermano de Samuel le preguntó a Tomás si alguien iba a venir a recogerlo, pero Tomás solo respondió que estaba esperando a su papá. Los niños se despidieron y Tomás se quedó esperando a que alguien viniera por él.

      Pasaron una y dos horas y no apareció nadie buscando a Tomás. Su padre no sabía que debía ir por él, su madre asumió que su exesposo había ido a recoger a su hijo. Le preocupaba no recibir ninguna llamada, pero pensó que Tomás estaba distraído y lo había olvidado, de cualquier forma, estaba tranquila.

       Lentamente, el cielo se fue opacando. Lo que era un día brillante se tornó en una tarde anaranjada y en un par de minutos todo se fue oscureciendo. Tomás recordó las palabras de su madre sobre las criaturas que habitan la noche, sobre los peligros que trae la oscuridad y los monstruos que esperan pacientemente a los niños abandonados.

       Cuando el sol se puso sobre el puerto, las luces de la ciudad se fueron encendiendo, una a una. Al ver esto, Tomás entro en pánico, tomó su maleta y salió corriendo de ese lugar. No tiene dirección, no tiene rumbo, corre lo más rápido que puede y evita mirar atrás por miedo a que los monstruos lo persigan. Escucha sonidos de ciudad, sirenas, patrullas, botellas rotas y eso lo aterra aún más por lo que no deja de correr durante un largo rato.

       Con la llegada de la noche, Sandra se empieza a preocupar porque no recibió ninguna llamada. Decide llamar a su exesposo para preguntarle por su hijo. Toma su celular, escucha el tono y una voz desde el otro lado responde: “¿qué quiere?”

─¿No pensaba llamarme? ─preguntó Sandra con un tono hosco.

─¿Para qué? Yo tengo muchas cosas que hacer ─ contestó David con el mismo tono.

─¿Cómo está mi hijo? ─preguntó mamá intentando hacer la llamada lo más corta posible.
─No sé, ¿acaso usted no es la mamá? ─respondió David bruscamente.
─Sí, pero usted fue a recogerlo hoy, ¿cómo está mi hijo? ─inquirió mamá nuevamente.
─¿De qué está hablando? Yo estoy en mi trabajo.
─¡¿Cómo así?!, ¡¿usted no fue por Tomás?! ─Sandra estaba empezando a alterarse.
─Usted es la mamá, usted tenía que hacerlo ─respondió David desinteresadamente.
─Pero es el último fin de semana del mes ──reprocha Sandra─. En eso habíamos quedado.
─Bueno, se me olvido, he estado muy ocupado. Si me hubiera llamado antes de pronto hubiera ido, pero a esta hora ya no puedo. ─contestó cínicamente David
─¡Usted es un hijueputa! ─grita Sandra llena de ira, cuelga el teléfono y se dirige a su auto.

      David escucha el insulto, nota que Sandra cuelga la llamada y lejos de incomodarse, deja el celular en el sofá y sigue viendo la televisión, en su casa.

       Al llegar al colegio ya ha anochecido, nadie le da razón de su hijo. Toca la puerta de la institución, llama a gritos, pero nadie responde, un guardia de seguridad se acerca a ella, le explica que ya no queda nadie en el colegio y que el ultimo niño se fue hace una hora. Desesperada, Sandra decide llamar a las mamás de los otros niños, llama a todos los contactos que tiene. Finalmente habla con la mamá de Samuel, ella le pregunta a su hijo si ha visto a Tomás, pero Samuel solo le responde que él se quedó en el parque esperando a su padre, después de eso no supo nada más de él.

      Sandra rompe en llanto, grita el nombre de su hijo por todo el parque esperando verlo escondido detrás de un árbol o quizás jugándole una broma, pero no responde nadie. Un par de personas caminan al otro lado del parque, observan gritando a la mujer y siguen caminando. En medio de la desesperación, Sandra llama a la estación de policía, les explica la situación, pero los policías solo responden que debe esperar veinticuatro horas para reportar una desaparición, hasta entonces ellos no pueden hacer nada, en seguida de eso cuelgan el teléfono.

       Tomás sigue corriendo, huye de todo y es perseguido por la nada, ruidos y gritos le impiden detenerse, las lágrimas que caen por sus mejillas se confunden con el sudor de su frente y sus gritos de auxilio se ahogan en jadeos de cansancio. A su alrededor observa como la ciudad se transforma y el infierno deja de ser imaginario. Brujas vuelan por los cielos, hombres se trasforman en lobos y gritan desde las puertas de sus casas, salen a la luz los demonios con mil rostros en sus cuerpos, zombies caminan de un lado a otro por las calles; y desde alcantarillas, puentes, callejones y basureros salen duendes y ogros que respiran fuego y exhalan humo. Tomás corre y no logra encontrar a nadie a quien pedirle ayuda, descubre un callejón vacío y se esconde. Se tira en el suelo, cubre su rostro con sus manos y empieza a llorar. La noche va a ser larga y el niño solo desea que esta sea una más de sus pesadillas.

       Sandra está en su auto gritando el nombre de su hijo mientras recorre cuadra por cuadra, a veces algunos vecinos se acercan, le preguntan si necesita ayuda y todos responden lo mismo “no, no he visto a ningún niño con esas características por aquí”, ella sigue buscando, gritando y llorando. Ya no sabe a quién más llamar y solo le queda esperar un milagro. Decide llamar a su exesposo, con suerte, él puede ayudarla a encontrar a su hijo.


─¿Qué quiere? ─contesta bruscamente la voz desde el otro lado.
─No encuentro a Tomás, no estaba en el colegio ─responde Sandra con la voz quebrada.
─¿Ya llamó a la policía? ─preguntó David con voz desinteresada.
─Sí, pero me dicen que debo esperar un día para poner el reporte ─explica Sandra.
─Bueno, igual él debe estar en casa de algún amigo ─respondió David intentando cortar la conversación para seguir viendo su programa─, me avisa cuando lo encuentre.
─Ya los llamé a todos y ninguno sabe dónde está ─replicó Sandra conteniendo las lágrimas y haciendo un esfuerzo para no llorar de nuevo─, no sé qué hacer.
─Cálmese ─ordenó David bruscamente─, ya va a aparecer. Usted se preocupa por cualquier cosa. Cálmese y me avisa cuando Tomás aparezca.

      Al escuchar eso, Sandra perdió el control de sí misma y empezó a insultar a David por el teléfono. El hombre simplemente cortó la llamada y volvió a dormir. Sandra se quedó en su auto, lloraba con la cabeza en el volante y el teléfono en su mano. Sin embargo, no quería perder mucho tiempo, inhaló una bocanada de aire, se secó las lágrimas y continuo en su búsqueda. Sabía que no podría descansar hasta encontrar a su hijo.

       Tomás estaba escondido en el callejón, a pesar de que no quería ser descubierto no podía parar de llorar. De repente un par de ogros con humo en sus bocas lo encuentran, escucha sus pisadas acercándose y su temor se convierte en terror. Los monstruos le vociferan cosas, pero él no entiende nada, grita y se niega a verlos, los monstruos se acercan aún más y uno de ellos toca su brazo, la piel del monstruo es áspera, fría y del miedo Tomás orina sus pantalones. Al ver esto, el monstruo retrocede y deja de vociferar cosas.

 ─Amigo, tranquilo ─susurra el monstruo─. No te voy a hacer daño.

Estas son las primeras palabras que escucha Tomás, lejos de tranquilizarse, el niño toma fuerzas y se levanta para volver a correr. Uno de los monstruos lo sujeta del brazo y Tomás cae al suelo. De repente escucha que el segundo monstruo grita algo y se acerca un tercero, esta vez es una bruja. Tomás abre los ojos y la observa rápidamente, su cuerpo es negro, tiene fuego en su boca y a medida que se acerca un extraño olor llega hasta su nariz. Tomás de nuevo cierra sus ojos, completamente aterrado, siempre le ha tenido miedo a la muerte, pero nunca imaginó que su tiempo en la tierra sería tan corto.

 ─Muchachos, déjenlo ─ordena la bruja─ ¿qué te pasa amiguito? ¿estás perdido?

Tomás empieza a llorar y responde ─Quiero a mi mamá.

─¿Dónde está ella? ─pregunta la bruja.
─No sé ─responde el niño sin abrir los ojos.
─No pasa nada, yo te ayudaré a encontrarla ─le dice amablemente aquella figura─, levántate.
─No quiero morir, tengo miedo ─confiesa el niño, aun en el suelo. 
─No te va a pasar nada, mírame.  Mi nombre es Violeta ─mientras la bruja dice eso toca con sus manos uno de los brazos de Tomás. La bruja tiene la piel suave, es cálida y su voz lo tranquiliza, el niño abre los ojos.

Al observarla, la bruja lentamente se convierte en una mujer de mediana edad, tiene un vestido rojo que deja sus piernas al descubierto, su rostro tiene algunas líneas y sus labios son de un color opaco. Tomás observa la mano en su brazo, tiene las uñas rojas y algunas de ellas se ven desgastadas. En su mano izquierda, Tomás observa que la mujer tiene un papel enrollado con la punta roja, el niño se da cuenta que el extraño olor proviene de ese papel.

─¿Cuál es tu nombre? ─pregunta la mujer.

      Tomás está más tranquilo, pero no deja de observar a su alrededor, los ogros que acompañaban a la mujer se convierten en dos hombres jóvenes, ambos visten de negro y uno de ellos tiene una mano cubriendo su boca, al retirarla exhala humo.

─¿Cómo te llamas? ─Vuelve a preguntar la mujer.
─Tomás ─responde el niño con la voz quebrada. 
─Muy bien Tomás, ellos son mis amigos, Joaquín y Daniel ─la mujer señala a los dos hombres.

El niño los observa y luego vuelve su mirada hacia la mujer “¿eres una bruja?” le pregunta.

─Claro que no ─responde Violeta mientras ríe, hace una pausa y mira al suelo─, soy muy buena hechizando hombres, pero no les hago daño ─los dos hombres ríen.

      Tomás no entiende nada, observa la mancha en sus pantalones y se avergüenza, sin embargo, a ninguno de los presentes parece importarle. La mujer lo ayuda a levantar del suelo, le limpia un poco el polvo en su ropa y empieza a preguntarle sobre como llegó a ese lugar y en donde están sus padres
.

─No sé, yo estaba esperando a mi papá y los monstruos me asustaron ─dijo el niño mientras secaba las lágrimas de sus ojos.
─¿Cuáles monstruos? ─pregunto extrañada la mujer.
─Ustedes ─respondió Tomás, en seguida los dos hombres volvieron a reír. Uno de ellos dijo algo que Tomás no entendió y en seguida todos rieron nuevamente, eso incomodó a Tomás.
─No amiguito, no somos monstruos, no te preocupes ─La mujer puso una mano en el hombro de Tomás─. Ahora dime, ¿dónde vives?
─En mi casa ─contestó inocentemente el niño.
─O sea sí, pero… ─la mujer dio un suspiro─ ¿dónde?

      Tomás se quedó pensando un momento, en seguida la mujer entendió que el niño no sabía o no quería decirles, por lo que empezó a preguntarle por algo que quedara cerca de su casa o alguna forma de contactar a sus padres. Tomás había olvidado que su mamá escribió su número, por lo que no sabía cómo contactarla, tampoco sabía su dirección por lo que no sabía hacia dónde ir, en su lugar respondió por las cosas que estaban cerca de su casa.

─Cuando mi mamá me llevó al colegio, vi que la heladería estaba cerrada hoy ─respondió el niño intentando ayudar.
─Hay muchas heladerías que están cerradas hoy ─respondió la mujer─, ¿qué más recuerdas?
─Vi a los bomberos lavando su carro ─contestó el niño.
─A cinco minutos de aquí hay una estación de bomberos ─dijo uno de los hombres─, podríamos llevarlo, supongo que el sabrá reconocer el camino de regreso.

La mujer asintió con la cabeza “¿quieres que te llevemos?” le preguntó.

Tomás sabía que no debía subir a autos de extraños, pero tenía tanto miedo de estar perdido fuera de casa que no tuvo otra opción que aceptar.

      Sandra llevaba horas buscando a su hijo, le dolía la garganta de tanto gritar y sus manos temblaban de la desesperación. Se frustraba cuando recorría la misma calle dos veces y su cabeza no dejaba de imaginar cosas, cada una peor que la anterior, eso solamente la preocupaba aún más. Revisaba su teléfono cada dos minutos esperando una llamada, un mensaje, algo que le dijera que Tomás estaba a salvo, pero no recibía nada y sentía como una eternidad cada minuto que pasaba sin tener noticias de su hijo.

      Tomás está tranquilo, los dos muchachos están sentados en los asientos delanteros y Violeta y el niño están sentados en la parte trasera del auto. Violeta está conversando con el niño, le pregunta cosas intentando tranquilizarlo y al mismo tiempo saber más de él. Mientras tanto Tomás observa la ciudad por la ventana del auto, el miedo que sentía antes se convierte en sorpresa, pues lo que ve es muy diferente a lo que siempre había imaginado.

      Toda su vida vivió con miedo de la ciudad una vez que el sol se ha escondido, pero lo que observa lo sorprende; estaba esperando encontrarse con dragones, vampiros, monstruos, brujas y ogros, pero en su lugar observa algo incluso aún peor: descubre una ciudad herida, rota. La gente duerme en las calles, incendia la basura y los periódicos para soportar el frio de la noche, los andenes se llenan de vagabundos, borrachos, prostitutas, adictos y seres que han perdido el rumbo y la soledad se ha convertido en su única compañía. Mirarlos a los ojos es observar un abismo, de repente ninguna pesadilla es más escalofriante que la propia realidad.

─Ya llegamos a la estación ─dijo Violeta─, ¿la reconoces?

      Tomás observó por la ventana, pero la estación se veía muy diferente de noche, no estaba seguro de que se tratará de la misma. La miraba una y otra vez, pero no lograba descubrir si era la misma por la que pasaba a diario. Mientras tanto, Violeta esperaba pacientemente una respuesta

─No sé ─Finalmente respondió Tomás.

      En ese momento, uno de los muchachos que estaban en el auto empezó a quejarse, decía que ellos no tenían que hacer todo esto, decía que iban a perder toda la noche y que lo mejor era llevar al niño con la policía y dejar que ellos se encargaran del resto. Violeta se opuso, dijo que no les costaba nada y que no pensaba en dejar al niño con otros desconocidos, después de unos momentos, todos accedieron a seguir buscando.

─Okay, ¿recuerdas algo más aparte de los helados o los bomberos? ─preguntó Violeta.
─Si ─respondió Tomás─, los columpios morados.
─No te entiendo, ¿a que te refieres?
─El parque cuando voy con mi mamá, tiene columpios, son morados. Así ─dijo señalando la tapicería del auto con su dedo. 
─No creo que eso nos ayude ─respondió Violeta─, déjame ver tu maleta.

Uno de los hombres se giró y le reclamó a Violeta ─¿Por qué no empezaste por ahí?

      Violeta no respondió, en lugar de eso tomó la maleta de Tomás y revisó cada uno de los cuadernos que traía el niño, tenía la esperanza que en alguno de ellos tuviera la información de su familia, pero no encontró nada. Se sorprendió de las buenas notas de Tomás y lo felicitaba a medida que iba revisando sus apuntes. Tomás se sintió orgulloso, le emocionaba ese pequeño reconocimiento.

      Después de revisar todos los cuadernos y no encontrar nada, Violeta verificó el resto de los bolsillos, finalmente encontró el papel con el número de la mamá de Tomás.

      ─Mira, encontré esto ─mencionó Violeta emocionada mientras agitaba el papel.

      Tomás lo reconoció, pero sintió algo de vergüenza por haberlo olvidado, por lo que solamente esbozó una sonrisa.

      Sandra no podría estar más preocupada, a pesar de que su voz empezaba a fallar, no dejaba de buscar a su hijo y de repetir en su cabeza “esto no está pasando, esto no es real”, pero cuando recordaba la realidad de no tener a su hijo a su lado se repetía “¿por qué a mí, Dios mío?, ¿por qué a mí?” mientras estaba al borde del llanto recibió una llamada, contestó tan rápido como pudo sin siquiera ver quien llamaba.

─¡¿Quién habla?! ─preguntó Sandra al instante de contestar la llamada. 
─Hola Sandra, mi nombre es Violeta ─respondió la voz desde el otro lado─. Estoy con su hijo, encontré su número en su maleta.

      Esas eran las únicas palabras que Sandra necesitaba escuchar, freno de golpe su auto y volvió a llorar sin siquiera darse cuenta. Violeta la intentó tranquilizar, le explicó la situación, le dijo que Tomás estaba a salvo, que estaba bien y que no tenia de que preocuparse. Sandra solamente le agradecía y no paraba de llorar. Violeta le dio el teléfono a Tomás y Sandra pudo confirmar lo que decía, su hijo estaba a salvo. Cuando volvieron a hablar las dos mujeres, se intercambiaron datos, incluyendo la dirección de la casa de Sandra.

       Después de terminar la llamada, Sandra volvió a llorar, esta vez de alegría y le agradeció a Dios por el milagro que acababa de suceder. Llego tan rápido como pudo y al ver a su hijo lo abrazó como si no lo hubiera visto en mucho tiempo, en seguida de esto abrazó a Violeta, le dio las gracias por traer a su hijo sano y salvo a casa y la invito a pasar, pero ella se negó, solamente le entrego las pertenencias de Tomás a Sandra, se despidió, subió al auto y se fue con sus amigos.

       Al entrar a casa, Sandra no dejaba de besar y abrazar a Tomás, el tener a su hijo de vuelta de una manera tan inesperada quizás podría ser uno de los momentos mas felices de su vida. Ella le preguntaba si estaba bien, si quería comer algo, si necesitaba cualquier cosa, pero a todo Tomás solo repetía que no. El niño estaba feliz de poder estar en casa otra vez, pero le costaba trabajo procesar todo lo que había visto esa noche.

      Después de una muy larga noche, madre e hijo fueron a dormir, Sandra abrazó a Tomás y se quedó dormida con la tranquilidad de que la pesadilla ya había terminado, sin embargo, Tomás no sintió la misma tranquilidad. Veía el techo de la habitación en medio de la oscuridad de la noche y escuchaba con atención todos los ruidos que venían del exterior. Su mundo de fantasía había terminado.

       La inocencia de la que alguna vez gozaba tomas ya se ha ido. En esa noche descubrió que las pesadillas no son tan aterradoras como la misma realidad, que no solo los niños sueñan con un mundo de fantasía, entendió que su madre puede hacer lo imposible por protegerlo del mundo; sin embargo, la ciudad esta allá afuera, esperando para devorarlo. Lo que antes creía que le daba miedo, ahora le aterraba. Prefería tenerle miedo a los dragones que lo atormentaban cuando intentaba dormir que a los borrachos que han perdido las riendas de su vida.
      Tenía miedo que los monstruos de sus pesadillas, no estuvieran escondidos debajo de la cama, sino que se tambaleaban libremente por todas las calles que desafortunadamente había recorrido. Le aterraba la idea de que, en algún punto, él también podría convertirse en el protagonista de las historias que las madres cuentan a sus hijos para asustarlos. Tomás escucha a su madre dormir a su lado, sabe que está a salvo, pero su inocencia fue abandonada en ese callejón sucio, maloliente y olvidado.
      Observa el techo sumido entre recuerdos e imágenes de esa noche, poco a poco el sueño lo invade y cae lentamente en los brazos de Morfeo. Después de un largo rato logra dormir con la preocupación de que al día siguiente va a observar el mundo como en realidad es, por primera vez.

FIN.