viernes, 7 de abril de 2023

EL PUEBLO DEL SILENCIO

 EL PUEBLO DEL SILENCIO 

 

Isaías 42: 18-20 

18 «¡Escuchen ustedes, sordos! ¡Miren y vean, ciegos! 19 ¿Quién es tan ciego como mi propio pueblo, mi siervo? ¿Quién es tan sordo como mi mensajero? ¿Quién es tan ciego como mi pueblo elegido, el siervo del Señor? 20 ustedes ven y reconocen lo que es correcto, pero se niegan a hacerlo. Escuchan con sus oídos, pero en realidad no prestan atención». 

 

La radio anunciaba la creación de una junta militar, algo que la mayoría de los habitantes de aquel pequeño pueblo aún no entendían con certeza. Setenta casas, y unas ciento veinte personas conformaban un pequeño poblado que no tenía más allá de veinte años. Sin embargo, ya tenía su propio cementerio; sumado a un par de abuelos, una mujer que dio a luz recientemente y un par de pescadores conformaban lo que hasta el momento solo era un potrero con un par de cruces en él. Todavía no sabían cómo se veía, olía, sabía o se escuchaba la televisión. La electricidad era un rumor que solo se disfrutaba en las ciudades y en este poblado que se confundía con aldea, la gente debía conformarse con velas, fogatas y despertar temprano para aprovechar el día. 

 

La mañana empezó con normalidad, las mujeres salieron a lavar la ropa a orillas del río, los hombres salieron a pescar, a trabajar la tierra o a cuidar sus animales, los niños quedaban a cargo de una maestra que había enviado el anterior gobierno. Ella ya conocía lo que era la televisión, la radio, el tener luz en mitad de la noche, pero cuando lo intentaba explicar sentía que mentía en un lugar tan alejado de lo que en otras partes se consideraba el futuro. 

 

No hay una seña específica que pueda explicar cómo empezó todo, algunos hacen gestos indicando que fue culpa de la maestra, otros señalan el océano como si fuese una maldición que los pescadores sacaron del fondo del agua. Algunos menean la cabeza tímidamente indicando que la culpa está en el cementerio, quizás los muertos están enojados de tener cruces de madera y no lápidas de mármol. Hay muchas teorías al respecto, pero todos concuerdan que inició como un pitido, uno muy leve y apenas perceptible. 

 

El primer día lo escucharon los niños, pero estaban tan ocupados jugando, corriendo y gritando que no le prestaron atención. Al día siguiente lo escucharon las mujeres del pueblo, era un pitido tan leve que parecía imaginario o producto del estrés. Unas mujeres lo mencionaron con sus amigas, pero todas tenían la misma respuesta "ay si, a mí me pasa lo mismo, debe ser tanto estrés". El día transcurrió con normalidad y fuera de ese sonido entre susurrado e imaginado no hubo más novedades. 

 

Al tercer día los hombres del pueblo fueron conscientes del pitido, lo comentaban con sus esposas, pero no lo decían con preocupación, solamente como un comentario, como si aquel hombre que decía que lo escuchaba fuera el único hombre que en realidad lo escuchaba. En el imaginario parecía ser individual y no algo que le sucedía a todo el poblado. Al cuarto día los ancianos del pueblo lo escucharon también, los niños lo empezaron a encontrar molesto y lo confundieron con un dolor de cabeza. Ahora todo el pueblo sabía que existía un pitido, un sonido leve, casi imperceptible, pero frecuente y en ocasiones difícil de ignorar. 

 

Durante el quinto día la molestia de los niños pasó a ser compartida por los adultos, el día había iniciado con normalidad, aunque la mayoría de conversaciones rondaba sobre aquel pitido, ya no era solamente del hombre que le comentaba a su esposa o de las mujeres que hablaban con sus amigos y los pescadores entre sí, en este punto algunas personas se reunían para decidir que hacer o cómo tratarlo. 

 

Al iniciar el sexto día, empezaron a surgir ideas de lo que era y de cómo quitarlo, algunos creyeron que se trataba de un dolor de cabeza colectivo, quizás alguna infección o un alimento mal preparado, pero nada parecía tener sentido. Intentaron diferentes remedios con aguas de hierbas, limón, miel e incluso baños de flores, pero nada servía, de cualquier forma, no era un impedimento para continuar con las labores cotidianas. Al final del día las personas parecían ser conscientes del ruido, pero no le prestaban atención, seguían manteniendo sus conversaciones como cualquier otro día, se demoraban un poco más en dormir, pero no era algo por lo que tuvieran que preocuparse y tampoco algo que les quitara el sueño. “Ya se me pasará”, decían algunos. "Mañana estaré mejor", decían otros. "Tal vez sea estrés o cansancio. Quizás debería descansar un poco", pensaron unos pocos.

 

Cuando llegó el séptimo día las personas intentaron acostumbrarse a aquel sonido, algunos intentaban ignorarlo, otros ya dejaban de prestarle atención, aunque eran conscientes de escucharlo. De una u otra forma las cosas continuaron tal y como estaban antes, les gustaba la monotonía y a pesar de que por unos días ese sonido les había alterado la rutina, no dejaron que eso les siguiera afectando. De hecho, entre chistes y bromas, pensaron en ponerle un nombre, pero no lograron ponerse de acuerdo en uno.

 

El llanto de los niños dio inicio al octavo día, está ya era la segunda semana desde que apareció el sonido por primera vez. Los padres se despertaron alarmados y fueron a revisar a sus hijos, los niños lloraban y pataleaban, se cubrían los oídos con las manos y decían que les dolía la cabeza. Madres preocupadas corrieron a poner paños húmedos en sus frentes, los padres desesperados corrían de casa en casa preguntando qué sucedía, parecía ocurrirles a todos los niños del pueblo. El pánico duró una o dos horas, luego de eso se organizó una reunión en el pueblo intentando entender qué estaba ocurriendo, las mujeres se quedaron en casa cuidando a sus hijos a pesar de que no sabían cómo tratar un dolor que no entendían y que tampoco habían sentido nunca. Los hombres y los ancianos del pueblo se reunieron buscando una solución colectiva o al menos el entendimiento de este absurdo mal que los aquejaba.  El día terminó, los padres tenían que levantar la voz para que sus hijos pudieran escucharlos y no se logró encontrar ninguna solución a este mal. 

 

La misma historia se repitió el noveno día, esta vez eran las mujeres del pueblo quienes amanecieron con dolor. Ahora los hombres eran los que intentaban cuidar a sus esposas, lo que sucedía ya no era normal para nadie y algunos esposos preocupados decidieron llevar a sus mujeres al pueblo más cercano, lo que significaba recorrer un camino de once horas. A las nueve de la mañana decidieron partir tres familias, algunos vecinos prestaron sus caballos con la esperanza de que en el pueblo les dieran alguna solución. La noche llegó al mismo tiempo que los viajeros, en el hospital del pueblo les dijeron que el médico de turno solo llegaría hasta el día siguiente por lo que no tuvieron más opción que buscar algún lugar para pasar la noche.  

 

Cuando lograron hablar con el médico, los hombres del grupo tenían el mismo dolor en sus oídos, lo describían como un sonido fuerte y constante, no les dejaba escuchar sonidos bajos y tampoco pensar con claridad. El médico los examinó a todos, pero no les pudo dar ninguna respuesta, todo en su organismo parecía estar bien y no había ninguna evidencia diferente a sus testimonios. Les ofreció calmantes para el dolor, pero ninguna solución a largo plazo, dos de las familias regresaron al pueblo con medicina para otros, pero no para todos. Una de las familias decidió viajar el mismo día a la capital.

 

En el pueblo las dudas seguían, el dolor lo tenían todos los hombres del pueblo y la incertidumbre pasaba de casa en casa, su mayor miedo era nunca llegar a ser curados. En la noche las dos familias regresaron, se organizó una reunión entre los adultos, tenían que levantar el tono de su voz para poder ser escuchados, aunque realmente no había ninguna noticia que valiera la pena escuchar. Los calmantes no hicieron el efecto que esperaban, relajaban a las personas, les ayudaba a dormir, pero eso no resolvió ningún problema. La última familia llegó en la noche a la capital, decidieron buscar donde dormir y volver a preguntar en la mañana en el hospital más cercano. 

 

Al día siguiente la sordera se había extendido, los que llevaban la cuenta sabían que era el día once, los ancianos lo sentían, pero a la mayoría no les hacía mayor efecto, algunos lo aceptaban con resignación, otros estaban preocupados de que se estaban quedando sordos más rápido de lo que imaginaban. En la mañana, la familia que estaba en la capital fue al hospital a primera hora, los hicieron esperar hasta mediodía, cuando los atendieron tampoco pudieron saber qué era lo que estaba pasando. Les hicieron todo tipo de exámenes y los pasaron por todo tipo de máquinas sin que ninguna lograra encontrar el problema. Los trasladaron de un hospital a otro, pero no hubo ninguna respuesta. En algún punto los médicos llegaron a pensar que solo ellos dos eran quienes estaban escuchando ese ruido.

 

La historia llegó a los medios, algunos periodistas se quedaron con la historia de la pareja que se estaba quedando sorda, otros más intrépidos quisieron visitar el poblado. Para eso, se organizaron miembros de diversos medios de comunicación, una pequeña comisión de médicos y especialistas en el oído. Incluso fue un veterinario para cerciorarse que no les ocurría lo mismo a los animales o de que se trataba de un virus de origen animal. La pareja decidió ir con ellos, pensaron que sería mejor si eran ellos quienes los guiaban y explicaban toda la situación.  

 

Llegaron dos días después, se instalaron en carpas y algunos en casas como invitados. Hicieron exámenes a niños, adultos y ancianos, los periodistas entrevistaron a la mayoría de los habitantes y al final del día no hubo ninguna respuesta de lo que sucedía. Lo único que sabían era que no era algo que se habían inventado. Los veterinarios hicieron los mismos exámenes a los animales y descubrieron que ellos no tenían el mismo problema. El día pasó rápido, unos en ajetreo de exámenes, entrevistas y otros sentados, observando y esperando su turno, al llegar la noche todos los médicos fueron a sus carpas o a las casas en las que les habían dado posada. 

 

La tercera semana fue mucho más caótica que las anteriores, todo el pueblo despertó envuelto en gritos desesperados, la mayoría eran llantos de niños. Los médicos despertaron sobresaltados intentando entender qué pasaba, cuando se acercaron a las familias descubrieron que la sordera de los niños había empeorado; ahora los padres debían gritarles a sus hijos para que ellos pudieran oírlos. Los niños lloraban y apenas podían escuchar sus propios gritos. El pueblo se reunió intentando entender qué sucedía o como resolverlo, algunos estaban enojados con los médicos y los trataban de incompetentes a pesar de que ellos no tenían la culpa de lo que estaba sucediendo, sabían que en los próximos días les ocurriría lo mismo a ellos y todo ocurrió de la misma forma que lo presintieron. Los periodistas estaban increíblemente exaltados por lo que sucedía, tenían la primicia y algunos volvieron a la ciudad para hacer pública la noticia, otros se quedaron ante los rumores de que en los próximos días les pasaría lo mismo a los demás habitantes. Alguien mencionó que los periodistas parecían “buitres rondando donde abunda el dolor ajeno” y no estaba equivocado. 

 

Al día siguiente les sucedió a las mujeres, así sucesivamente le sucedió a los hombres y a los ancianos. La noticia estuvo en todos los medios de comunicación por un par de días, fueron las únicas veces en que se mencionó el nombre del pueblo, incluso algunos periódicos lo escribieron mal. En medio del enojo, las dudas y el miedo, los habitantes decidieron expulsar a los que eran ajenos a él; los médicos y periodistas tuvieron que irse. Ante la incertidumbre de lo que sucedía, los habitantes optaron por culparlos de todo lo que estaba ocurriendo en el pueblo, de la nada regresó la teoría de que todo era culpa de la profesora por ser la primera en llegar del mundo exterior al poblado, a pesar de que ella también estaba experimentando esa sordera, no tuvo más opción que irse con los médicos y periodistas. Eso también salió en las noticias. 

 

Los días siguientes fueron tristes y melancólicos, la vida se había apagado, no se escuchaba ningún sonido a excepción de un par de gritos cuando dos personas intentaban comunicarse algo importante, los niños ya no salían a jugar o a nadar en el océano, todo el día se quedaban en casa y de vez en cuando lloraban cuando recordaban aquellos sonidos que no volverían a escuchar.  

 

La maestra entendía que la hubieran expulsado del pueblo, aunque obviamente no le parecía algo justo, sabía que las cosas empeorarían con cada semana que pasaba. Por lo que pensaba en volver al pueblo, en ese pequeño y olvidado lugar había dejado a muchas personas que ahora consideraba familia. Sabía que no podría hacer nada para devolverles a ellos o a ella misma la audición que alguna vez tuvo por lo que empezó a buscar formas en las que los demás pudieran comunicarse, ella entendía que los pobladores no podían seguir soportando un silencio tan asfixiante como ensordecedor, por lo que los días siguientes se dedicó a buscar personas que enseñaran lengua de señas. Tenía el plan de llevarlos al pueblo, enseñarles a sus habitantes una forma de comunicación que no requiriera palabras. Mientras que los demás solo sentían que les caía castigo tras castigo, la maestra era la única persona que entendía el orden del mal que los estaba aquejando, sabía que los primeros días eran los niños, al día siguiente las mujeres, después los hombres y así sucesivamente con los abuelos. Ella había sido expulsada el cuarto día de la tercera semana, habían pasado dos días desde entonces por lo que según sus cuentas aún le quedaban dos días antes de que al tercero empeorarán aún más las cosas. Apenas terminó de instalarse en casa de sus padres, salió temprano a buscar información sobre profesores de lengua de señas, no tenía mucho tiempo así que primero debía conseguir uno para ella. Así pasaron sus dos días, siempre corriendo, siempre de prisa, siempre en mente que tenía el tiempo en su contra. 

 

 La cuarta semana fue la más deprimente que había tenido el pueblo. El primer día no hubo gritos, no hubo llanto, no hubo sorpresa, solamente un extraño, doloroso y silencioso presentimiento de que ahora las cosas no podían empeorar más. Los niños abrieron sus ojos después de una noche difícil y descubrieron un mundo que no tenía sonido. Los padres estaban listos para escuchar a sus hijos llorar y no saber qué hacer, pero eso no ocurrió, en lugar de eso solo hubo silencio y más silencio. Cuando los padres se acercaron a sus hijos, los encontraron con la misma mirada curiosa que puede tener un recién nacido, observaban el mundo como si fuera la primera vez que lo veían, veían sus labios moverse sin que se emitiera ningún sonido y más que aterrarlos solo los asombraba. La mayoría de padres lo entendieron y solo pudieron sentarse a su lado en silencio, esperar su turno y tratar de no olvidar las voces de cada uno. 

 

Los días siguientes fueron igual de melancólicos; mujeres, hombres y ancianos se encontraron en la misma situación que los niños, en este punto ya todos se habían acostumbrado a la idea de que esa sería su nueva realidad. Después de una semana de gritos, ruido y visitas inesperadas, solo quedó un pueblo que parecía fantasma a pesar de que seguía siendo habitado. Las olas se estrellaban en las playas, los perros le ladraban al viento y a la lluvia, los pájaros entonaban melodías al sol y los gallos cantaban anunciando un nuevo día, pero no había nadie que pudiera escuchar esta sinfonía natural. Entre tanto silencio, las personas empezaron a notar lo mucho que una mirada podía expresar, sin embargo, su mundo ya no era el mismo. De repente aquel extraño rincón de alegría y algarabía se había apagado y había sido reemplazado por un lugar en donde sus muertos aún estaban con vida. Ahora ese pequeño pueblo estaba tan lejos de todo que no llegaba ni siquiera el sonido.

 

Por otro lado, la profesora corría de un lado a otro en la ciudad, logró encontrar un profesor que le enseñaría lengua de señas y durante sus últimos dos días de audición estuvo aprendiendo tan rápido como podía. Cuando llegó el segundo día de la cuarta semana, al abrir los ojos y encontrar un mundo sin ruido se preocupó más por el que hace unos días era su hogar que por ella misma. De todas formas, la maestra sentía que tenía una tarea pendiente y no quería abandonarla a medio camino.

 

Los días pasaron y con ellos las semanas, las personas intentaron acostumbrarse a su vida sin sonido, pero no fue nada fácil. Comunicarse era casi imposible y solo podían hacerlo señalando alguna cosa, otros escribían en el suelo lo que querían expresar sin saber si la otra persona sabía leer o no, la mayoría no lo hacía. Finalmente, la vida retomó algo similar a su rumbo, pero solamente fue por inercia, se hacía estrictamente lo necesario para que el cuerpo sobreviviera, pero las almas eran lúgubres, las risas eran recuerdos del pasado, las sonrisas se habían borrado de todos los rostros y el océano ahora guardaba las lágrimas de todos sus habitantes.

 

La maestra logró aprender lengua de señas y busco a un par de profesores que la pudieran enseñar, tenía el plan de que al regresar al poblado y enseñar a las personas a volver a comunicarse, con suerte las cosas volverían a ser como eran antes. Ella puso todo su esfuerzo en ese plan y hasta el momento parecía tener éxito. Cuando estuvo lista para regresar, volvió al pueblo junto a seis profesores más. Estaba dispuesta a luchar por convencer a los habitantes que ella merecía estar en ese pueblo tal y como ellos, desde su exilio no había tenido más noticias del poblado.

 

Cuando regresó nadie le prestó atención, la observaron como si se hubiera ido hace cinco minutos y la ignoraron como si la vieran a diario. Los niños la recordaron y aunque en su mente esperaba que todos corrieran a saludarla y abrazarla, eso no ocurrió, en lugar de eso solamente la observaban tan distante como si fuera imaginada. Intentó explicar su plan a uno de los ancianos del pueblo, pero a pesar de que tuvo éxito explicando su idea a una sola persona aún quedaban noventa más con los que debía empezar desde cero. Cuando visito el cementerio se percató de que había muchas más cruces de las que recordaba, una pequeña inscripción en una cruz decía “por los que se rindieron”.

 

La semana siguiente intentaba explicar su plan a cada una de las personas del pueblo, pero ninguna parecía interesada en seguirlo, un sentimiento de desesperanza había invadido cada uno de los hogares y a pesar de que la profesora traía una solución no logró convencer a ninguno de sus habitantes. Con el paso de los días se dio cuenta de que las personas habían encontrado una forma de comunicarse entre ellos, pero solamente para las cosas más básicas; señalaban, contaban con los dedos, hacían figuras con sus manos y en ocasiones inventaban señas que solo dos personas lograban entender. No se podía decir que aquella pantomima fuera una conversación, pero de alguna forma lograban hacerse entender.

 

Pasaron las semanas y los demás profesores se cansaron de intentar enseñar y decidieron regresar a la ciudad, la profesora se quedó un par de días más aún en su lucha por evitar que el pueblo se sumiera en conversaciones de miradas y de señalar con la mano cuando se quería algo. Cuando entendió que en aquel poblado todos desarrollaron su propio lenguaje y su propia manera de entenderse, decidió rendirse y dejar que las cosas siguieran el curso que ya llevaban.

 

Pasaron los meses y las visitas pasaron de ser pocas a ninguna, ya nadie recordaba el nombre del pueblo y cuando lo mencionaban solo decían que era el “lugar en el que nadie hablaba”. Con el tiempo las personas dejaron de luchar contra el silencio y solo se dejaron llevar por el rumbo natural de la vida así que el cementerio aumentó su tamaño y tuvo que usar un espacio que nunca había sido destinado a la remembranza de los viajeros que llegaron a su destino. Después de un par de años, ya no quedaba nadie en el pueblo a quien visitar.

 

En el momento en que la profesora abandonó el poblado, dejó un letrero que decía: “Si perdiste el camino y tu destino es el olvido, bienvenido al Pueblo del Silencio”.