LA BALA
“He thinks that faith might be dead
Nothing kills a man faster than his own head
He used to see dreams at night
But now he’s just watching the back of his eyes”
– Trapdoor, Twenty Øne Pilots
I
–Parce, espéreme a la salida que quiero mostrarle algo –le susurró Alex a Diego en el descanso del colegio.
La actitud de Alex era más extraña que de costumbre, de cualquier forma Diego no le prestó mucha atención a eso, siguió sentado observando a sus compañeros jugar un partido de futbol. Golpes y patadas enviaban la pelota de un lado al otro, algunos gritaban animados mientras que otros solamente esperaban que el balón llegara a ellos.
Según el reloj faltaban 3 minutos para volver a clases y apenas un par de horas para la salida. Diego pensó en lo que tenía Alex para mostrarle pero seguro no era importante, pensó en alguna revista para adultos pero por el tono en que lo menciono puede que tanto escándalo solo hubiera sido por un poco de droga.
–¿Qué es? –preguntó Diego en un tono natural
–Le digo en la salida, ¿si? –respondió Alex al tiempo que se secaba el sudor de las manos con el pantalón.
–Bueno, como quiera.
En ese momento los profesores empezaron a llamar a los estudiantes para volver a clases. Alex y Diego caminaron en silencio y sólo se dijeron un par de palabras antes de entrar a los salones. Un par de horas más tarde Diego estaba montado en su bicicleta esperando a Alex.
–Entonces, ¿que era?
–Acompáñeme a mi casa, tengo que hacer una vuelta –respondió Alex.
–¿Se demora?
–No creo, acompáñeme y si quiere después le gasto algo.
–Bueno, camine.
Después de que ambos montaron sus bicicletas, no demoraron mucho en llegar a la casa de Alex. El joven entró, saludó a su familia, estuvo dentro de la casa por un par de minutos y luego bajo con la maleta casi vacía y una ropa diferente. Diego seguía teniendo el uniforme del colegio: un saco rojo con una camisa blanca y un pantalón gris; Alex tenía una chaqueta azul, pantalón negro y camiseta blanca. Cuando Diego lo vio, lo único que le preguntó fue a donde tenía que ir
–A hacer una vuelta, ya le dije. Vamos antes que se haga tarde.
Un par de minutos más tarde llegaron a un parque, no había tantas personas allí, puede que por la hora y el día con lo cual Alex dio un suspiro de alivio, estaba nervioso aunque no decía el porqué. Dejaron las bicicletas en el piso y se sentaron en el pasto, ligeramente cubiertos por una pequeña montaña de tierra a sus espaldas.
–¿Y la vuelta que tenía que hacer? –preguntó Diego– ¿Qué era lo que tenía para mostrarme?
–Vea el fierro que me encontré –confesó Alex en tono presumido a su amigo al tiempo que abría un poco su mochila y dejaba ver en su interior un revolver negro.
–Marica, ¿de dónde saco eso? –reclamó Diego mientras hacia un esfuerzo por no gritar.
–No sé, me puse a revisar las cosas que dejo el abuelo cuando se fue de la casa y me encontré esto envuelto en trapos. –El tono en que lo decía Alex parecía restarle gravedad al asunto.
–Marica, ¿y para que lo trae aquí? –la voz de Diego reflejaba su preocupación– ¿Por qué me pidió que lo acompañara? ¡Huevon, si me lo quería mostrar podía hacerlo en su casa!
–Si parce, yo sé. Es que me puse a venderlo en internet y alguien aceptó comprarlo, le dije que nos encontráramos aquí pero me dio vaina venir solo. –La respuesta de Alex sonaba más a una disculpa que a un motivo.
–¿Qué? parce, ¿se está escuchando? No, todo bien pero yo no me quiero meter en problemas –dijo Diego a la vez que recogía su bicicleta dispuesto a irse
–Oiga no se vaya, acompáñeme un rato y si el man no llega en 15 minutos nos vamos, ¿le parece?
Diego dudo por un momento si quedarse o irse pero al final se quedó, mas por asegurarse que a su amigo no le pasara nada que por la curiosidad de presenciar la venta, al final aceptó y se sentó a su lado.
–Está bien, pero que conste. Si el man no llega en quince nos vamos.
–De una.
–¿Cómo va a saber quién es cuando llegue?
–Es calvo, tiene gafas y bigote, al menos así se ve en la foto de whatsapp. Supongo que me va a llamar cuando llegue.
–Ah… –Hubo un pequeño silencio entre los dos– Mientras déjeme verlo. –Alex le paso la maleta. Diego lo examino sin sacarlo– Es más pesado de lo que pensaba. ¿Está cargado?
–Sip, cuando lo encontré tenía unas cinco balas
–¿Ya lo ha disparado?
–No, aun no. Me da vaina.
–¿Quiere intentarlo? –preguntó Diego sin dejar de observar el arma.
–No, la verdad no quiero. Más bien estaba pensando en sacarle las balas y venderlas por separado.
Una leve brisa paso entre ambos en un momento de silencio. Se sentía más como el tiempo en que se demora la respuesta a una pregunta que la calma antes de la tormenta
–¿Puedo dispararlo una vez? –preguntó Diego al tiempo que tiraba del martillo y observaba como el tambor giraba lentamente, al observar el movimiento del arma se sintió enérgico, seguro, confiado. Su corazón se aceleró y las manos empezaron a sudarle.
–No, más bien deme eso –dijo Alex en tono despreocupado mientras estiraba su brazo y tiraba de la maleta para quitársela a Diego sin saber que él tenía el arma cargada en su mano.
La reacción de Diego fue puramente instintiva, al tiempo que Alex intentaba quitarle la maleta, Diego apretó el puño con fuerza. El estallido del disparo dejo un eco en los edificios cercanos, lo siguiente que sintió Diego fue el olor a pólvora y el sabor a sangre en su boca. Por un momento se preocupó por el agujero que podía haber quedado al fondo de la maleta hasta que dirigió la vista a su amigo y a la mancha roja que crecía en su abdomen.
–Parce, le dije que no disparara. –le reclamó Alex enojado, un momento antes de bajar la mirada hacia su propio abdomen para observar como el blanco de su camisa se tornaba de color carmesí. En ese momento Alex sintió miedo, aunque el dolor se demoró un poco más en llegar.
Un suspiro después el pánico se había apoderado de Diego al ver a su amigo en shock gritando mientras intentaba cubrir con ambas manos la herida de su abdomen. Diego estaba paralizado, sin saber qué hacer y atónito ante lo que había sucedido. La sangre de Alex le había salpicado en el rostro y la ropa. Cuando por fin reaccionó intento ayudar poniendo sus manos sobre las manos ensangrentadas de su amigo, las lágrimas de un Diego desesperado no tardaron en salir al tiempo que unas inútiles disculpas.
–Alex perdóneme, fue un accidente, se lo juro, perdón. Vamos a salir de esta. Todo va a estar bien. –En su mente sabía que no iba a ser así.
El sonido del disparo reboto entre los edificios vecinos, los vecinos se alarmaron creyendo que se trataba de un robo o algo similar, investigaron observando a los alrededores pero al no ver ni escuchar nada más creyeron que solo había sido su imaginación o el sonido de algún automóvil. De cualquier forma, alguien llamo a la policía para alertar sobre lo que había escuchado.
Luego de ver como la sangre surgía a borbotones de una pequeña herida se dio cuenta que debía llevarlo a un hospital o al menos a algún lugar donde pudiera recibir la ayuda adecuada. Diego se puso de pie, agarro a su amigo por debajo de las axilas e intento levantarlo, Alex se quejó de dolor pero lo que había empezado como un grito de terror termino convertido en un susurro agonizante. Cuando logró separar a Alex del suelo se dio cuenta que el piso y la espalda de su amigo también estaban manchadas de un rojo tan oscuro que solo producía escalofríos. Un lento proceso mental le indico que la bala había atravesado a Alex. Un Diego incapaz de saber que hacer perdió la fuerza en sus brazos y dejo caer el cuerpo de su amigo al suelo, su caída produjo un golpe sordo. Cuando intento levantarlo de nuevo se le resbalo de las manos cayendo por segunda vez. Al notar que Alex ya no hacia ningún ruido Diego intento zarandear su inerte cuerpo. El que hace un momento había sido un Alex agonizante ahora solo era un bulto pálido, inexpresivo e incapaz de mover ningún musculo.
Solo cuando Diego vio el cuerpo de su amigo en el suelo, inmóvil, comprendió que ya no había nada que el pudiera hacer. Lo que antes era pánico ahora era desesperación y miedo. El miedo es una sensación tan poderosa que nos impulsa a hacer lo que nunca imaginaríamos y nos impide hacer lo que siempre hacemos. Diego se arrodillo ante el cadáver de Alex, cerró los ojos y lloro amargamente; no se sabe si lloró por la pérdida de su amigo o por lo perdido que él se encontraba al darse cuenta de lo que sucedería con él.
Como pudo logro calmarse, respiro hondo y analizó sus opciones: podía huir, pero tarde o temprano lo encontrarían; podría buscar a la policía y confesar todo, pero sabía que no era pequeño el problema en el que ahora estaba metido; sabía que tenía que decidir qué hacer pronto, pues tenía miedo de que alguien lo encontrara o de que el comprador apareciera en cualquier momento. Vio su camisa salpicada por la sangre así que tomó su saco del colegio, se limpió las manos y el rostro con el interior del mismo. Para su suerte el rojo de la sangre se confundió con el rojo de la prenda y a pesar de que sus manos no quedaron del todo limpias, logro disimularlo estirando las mangas del saco cuando se lo puso.
Había decidido escapar, después pensaría en que decir para cuando se descubriera todo, por ahora tenía que alejarse de ese lugar. Observo a su alrededor, no había nadie cerca y tenía la idea de que nadie lo había visto, pensó en dejar las cosas como estaban e irse de ahí pero el revolver que había disparado tenía sus huellas, así que guardo la maleta de Alex dentro de su propia maleta y al echar un último vistazo para asegurarse que no dejaba nada sintió vergüenza por sí mismo; había asesinado a su mejor amigo y ahora huía, tenía miedo y se sentía un cobarde.
Montó en su bicicleta y empezó a andar, entre más se alejaba del cuerpo de Alex más personas veía, sentía que todas las miradas iban dirigidas hacia él, veía a la gente conversar y tenía miedo que fueran sobre él sus conversaciones. Intentaba actuar de forma natural pero al llegar a una esquina del parque un hombre con un teléfono en sus manos se quedó mirándolo fijamente, hubiera pasado desapercibido para Diego de no ser porque el hombre que lo veía se le hacía familiar. Era un hombre de mediana edad, vestía ropa oscura y traía un pequeño maletín. Era calvo, tenía bigote y del cuello de su camisa colgaban unas gafas grandes. El muchacho no lo conocía pero descubrió que él era el comprador que esperaban y cuando lo reconoció sintió que las piernas le temblaban, acelero el paso y lo perdió pronto. Sentía que el corazón se le salía del pecho, su respiración estaba muy agitada y cualquier ruido lo ponía nervioso, miraba hacia atrás constantemente porque sentía que lo perseguían.
Al llegar a su casa se encerró en su cuarto, los jueves su familia llegaba en la noche así que tenía un par de horas para pensar que hacer. Tiro la maleta sobre su cama, se desnudó y entro a la ducha. Dejo el agua correr por su cuerpo, vio los rastros de sangre de sus manos confundirse con el agua y deslizarse hasta el sifón. No sabía que pensar ni que sentir, así que de nuevo volvió a llorar. Se sentó en el piso de la ducha y siguió llorando durante un rato que el sintió como una eternidad.
Luego de salir de la ducha, de estar más calmado y de tener ropa limpia, metió en la lavadora toda la ropa que había tenido puesta, la cubrió con más ropa de su familia y puso una cantidad bastante alta de detergente esperando que las manchas de sangre de su ropa se diluyeran con eso. Volvió a su cuarto, se encerró y abrió su maleta, al sacar la maleta de su amigo no se asombró cuando sintió el olor de la pólvora de nuevo. Estaba seguro que dentro de la maleta de Alex solo encontraría el revolver pero se aterro al encontrar allí dentro no solo el arma sino también el celular de su amigo.
La calma que había ganado le duro poco cuando sostuvo el celular de Alex. No sabía que su amigo lo había dejado allí dentro y tampoco sabía qué hacer con él, la paranoia se apoderó de su cabeza nuevamente y creyó que la policía lo encontraría en cualquier momento gracias al GPS del celular. Tenía planeado deshacerse del celular aunque de cualquier forma lo activó, el celular tenía nueve llamadas pérdidas de un número desconocido, su corazón dio un pequeño salto cuando apareció un aviso que decía “Conectado a internet Familia Gómez”. El terror volvió de nuevo en el momento en que de repente al celular empezaron a llegar mensajes de whatsapp, o al menos solo el aviso de ellos: “5 llamadas perdidas, 26 mensajes de 1 chat” el corazón de Diego se había acelerado nuevamente y él se sentía sin aliento. Intento desbloquearlo pero no conocía la contraseña, se sentó en la cama y estuvo mirando el celular en silencio durante un rato.
Pensaba en que lo mejor era deshacerse de las cosas de Alex, al revolver le podía quitar sus huellas limpiándolo, o al menos eso es lo que veía en películas, luego de eso podría tirarlo en alguna basura o alcantarilla. Al celular le podía quitar la batería, la SIM y tirar todo eso por separado. Lo mismo con la maleta de Alex. Por suerte para él, Alex era un muchacho bastante solitario así que confiaba en que él no le habría dicho nada a nadie, además, cuando Alex fue a su casa Diego estuvo esperando afuera y la familia de su amigo no lo vio por lo que estaba seguro que nadie además de él podría saber que estaría con Alex después de clases.
En el parque nadie lo vio mientras estaba con el cuerpo de su amigo por lo que empezaba a sentir que podría salirse con la suya, entonces recordó al comprador. Él lo vio antes de irse del parque y podría haber visto la sangre de sus manos, él podía decirle algo a la policía cuando se enterara de la muerte de Alex. Diego volvió a preocuparse, tenía miedo de terminar en la cárcel, de arruinar una vida que aún no había empezado a vivir, de no poder hacer nada para solucionarlo, no quería resignarse tan pronto. Estaba inmerso en sus pensamientos cuando el celular de Alex empezó a vibrar de nuevo, esta vez, era una llamada.
La llamada tomó por sorpresa a Diego pero no lo aterró como lo hubiera hecho un par de minutos atrás. Como la llamada era por whatsapp, le permitió ver la foto de quien llamaba. Era el mismo hombre que vio en el parque, aunque seguía siendo un número desconocido, estaba decidido a saber quién era ese hombre. No contesto la llamada, en lugar de eso anoto en su celular el número del hombre y espero a que dejara de llamar. Ahora tenía su foto y su teléfono, eso era suficiente para encontrarlo. La suerte de Diego dependía más de aquel hombre que de sí mismo, tenía que deshacerse de el antes de que dijera algo a la policía. Estaba decidido a ello.
Al otro lado de la línea había un hombre que estaba hecho un manojo de nervios. Don Joaquín solo era un hombre cansado de las injusticias y la inseguridad, era dueño de un pequeño local comercial en el centro de la ciudad y después de varios días de estar averiguando encontró a alguien que le podía vender un arma a un precio razonable. Lo único que le interesaba era la sensación de tener algo con que defenderse en caso de un robo en su local. El día que había acordado encontrarse con Alex se confundió del lugar en donde se encontrarían así que al no ver a nadie con la descripción de Alex se sentó en una banca a llamarlo mientras esperaba. Tener encima tal cantidad de dinero lo ponía nervioso y aún más teniendo en cuenta a lo que la había destinado. Mientras esperaba sentía tener todas las miradas encima, buscaba a un joven que no conocía y en su lugar solo encontraba desconocidos que veían a un hombre nervioso mirando hacia todas partes. Sostuvo la mirada con una mujer embarazada, un anciano con su nieto, un muchacho en una bicicleta y una señora con tacones rojos. Luego de llamar varias veces a Alex y escribirle un par de mensajes se siente nervioso y decide que lo mejor es irse del lugar, prefiere hacer la compra otro día. En la tarde lo vuelve a llamar para acordar otra cita pero dado que no contestaron ninguna de sus llamadas ni sus mensajes resuelve bloquear el contacto y asume que lo mejor es hacer negocios con otra persona.
Después de finalizada la llamada, Diego apaga el celular. Había estado tan inmerso en el celular de Alex que se había olvidado del resto de cosas. El revolver lo escondió bajo su ropa en el closet, luego fue a la cocina por una bolsa de basura, allí metió la maleta vacía de Alex y el celular desarmado. Busco en internet el número que había anotado y encontró que estaba asociado a un local en el centro de la ciudad, “Ferretería: Donde Joaquín”. Anotó la dirección y empezó a hacer planes en su cabeza sobre como deshacerse de ese hombre, nunca se detuvo a pensar en lo fácil que había sido encontrarlo.
En la noche llegó su familia, comieron juntos pero Diego se retiró pronto con la excusa de que debía estudiar para un examen. Cuando estuvo en su cuarto buscó tutoriales sobre el uso de un arma, luego intento dormir pero no le fue sencillo conciliar el sueño, solo hasta la madrugada logró hacerlo. Esa noche soñó que caminaba en arenas movedizas y entre más intentaba escapar de ellas más se hundía hasta que al final se ahogaba, se despertó sobresaltado pero pronto volvió a dormir.
II
Al día siguiente Diego despertó temprano, siguió su rutina como de costumbre y se puso la sudadera del colegio. Saco el revólver de donde lo había escondido, lo envolvió en una camisa, la metió en su maleta y junto a ella guardo un pantalón, una chaqueta, una gorra y la bolsa con las cosas de Alex. Termino de alistarse para ir al colegio, se despidió de su familia y antes de irse su madre le dio un beso en la frente, Diego no lo valoró como debería haberlo hecho.
En lugar de ir al colegio fue al centro de la ciudad, estuvo buscando el local de Joaquín y cuando lo encontró observo que era un local pequeño. Pensó que había sido algo levantado desde ceros, toda una vida de trabajo para continuar trabajando en el durante otra vida. Diego empezó a dudar sobre lo que se supone estaba decidido a hacer, sentía remordimiento, culpa, se odiaba y de cierta forma odiaba a quien creía era el único testigo que había presenciado lo sucedido, aunque al mismo tiempo, don Joaquín era la única persona que podía terminar de hundirlo. A pesar de todo, el muchacho se equivocaba, no en el hecho de que don Joaquín fuera el único testigo, se equivocaba en que por cada paso que daba el mismo se terminaba de hundir más y más, sin ayuda de nadie.
El local era atendido por don Joaquín y su hija, Sara. Entre los dos atendían los clientes, a veces uno de ellos debía ir a buscar cosas a la bodega mientras el otro se quedaba atendiendo a las personas. Cuando Diego llegó, había varias personas esperando ser atendidas, por lo que prefirió ver desde lejos como funcionaba todo. Obviamente no escuchaba nada pero le parecía suficiente con verlo.
Mientras esperaba a que se desocupara empezó a dar vueltas en su bicicleta, paso cerca de una caneca de basura y allí tiro la bolsa con la maleta de Alex, paso cerca a otra y en ella se deshizo del teléfono de quien hasta el día anterior había sido su amigo. Luego fue a un restaurante y allí pidió usar el baño, se lo prestaron y dentro se cambió de ropa, se lavó la cara con agua y estuvo hablándole un rato al espejo, solo dios sabe si le respondieron
Cuando salió del restaurante había empezado a llover así que se colocó su gorra y la capucha de la chaqueta, volvió al local y siguió esperando. Con la lluvia la clientela disminuyo bastante, la llovizna se trasformó en un chubasco y así sucesivamente hasta llegar a una lluvia fuerte, de vez en cuando un trueno hacia retumbar las ventanas y activaba las alarmas de los carros. La mayoría de comerciantes aprovecharon para ir a almorzar, el local de don Joaquín se desocupó y solo quedaron allí dentro el hombre y su hija. Diego saco el revólver de su maleta y lo guardo en el bolsillo de la chaqueta, se acercó al local y sin entrar fingió escamparse de la lluvia. Mientras estaba en ese lugar aprovecho para escuchar desde afuera la conversación que mantenían padre e hija.
–Se nos estaban acabando las brocas de madera y metal –comentó Sara, al tiempo que leía las anotaciones de una libreta.
–Sí, hace falta comprar más. Este fin de semana llamo al proveedor, ¿qué más seria?
–Los pernos de cabeza hexagonal y las arandelas de presión también están bajitas.
–¿Alcanzan para la otra semana?
–No creo.
–Bueno, eso también lo anoto. ¿Ya hiciste el inventario de la bodega?
–No, aun no. ¿Lo hago ya?
–No hay afán, si quieres después de almorzar. Voy a pedir un domicilio
–Pero eso se demora mucho, ya voy yo en la bici
–Bueno hija, intenta no demorarte.
Sara abandonó el local y dejo a don Joaquín solo, estaba concentrado haciendo unas cuentas con calculadora en mano cuando Diego entro al local. Estaba empapado, había dejado la bicicleta afuera y tenía las manos en los bolsillos.
–Buenas tardes –dijo don Joaquín sin levantar la vista de la calculadora.
Diego no pronuncio palabra, estaba nervioso y había olvidado como se respondía un saludo. Ante el silencio el hombre levanto los ojos de la calculadora y observó al muchacho detenidamente.
–Dígame, ¿que se le ofrece?
Diego seguía callado, en lugar de decir algo lo que hizo fue observar la tienda de un lado al otro, después de examinar la tienda durante el tiempo suficiente para poner nervioso al hombre detrás del mostrador, el vendedor volvió a romper el hielo una vez mas
–¿Puedo ayudarlo en algo? –la voz de don Joaquín empezaba a mostrarse entre nerviosa y alerta– Disculpe joven, ¿en qué le puedo ayudar?
Diego lo miro de frente. Luego de revisar en sus recuerdos donde había visto ese rostro don Joaquín pregunto:
–¿Usted estaba ayer en el parque del Norte? Me pareció verlo en una bicicleta, ¿no?
–Sí –susurró Diego–, y precisamente ese es el problema.
–¿Cómo? No estoy entendiendo.
–¿Ya habló con la policía?
–¿Y de que les tendría que hablar? Sigo sin entender.
Diego saco el revólver del bolsillo y lo apunto hacia aquel hombre.
–Por favor perdóneme, no puedo dejar que usted hable con ellos. –La voz se le quebraba al hablar y le era difícil encontrar las palabras.
Don Joaquín se limitó a levantar las manos. En ese momento empezó a alzar la voz, casi gritando
–¿Hablar con quién, de qué habla?, ¿Qué es lo que quiere? ¿Es por dinero? Llévese todo lo de la caja pero no me haga nada.
Diego se mantuvo en silencio.
–Llévese todo, no me importa.
No hubo respuesta.
–No le diré nada a la policía, pero por favor no me haga nada. –Insistía el vendedor.
Diego seguía sin musitar palabra, su mano estaba temblando y una lágrima se deslizaba por su mejilla. Empezaba a arrepentirse de lo que estaba haciendo en ese lugar y estaba a punto de salir corriendo, sin embargo se sentía petrificado y aún estaba apuntando al vendedor con el arma
–Hermano, tengo una hija. No me haga daño. Llévese todo y váyase. Por favor
El destello de un rayo iluminó la expresión de angustia en el rostro de Don Joaquín, exactamente dos segundos después llego el sonido del trueno el cual tomo por sorpresa a un nervioso Diego. De nuevo, su reacción fue instintiva. A pesar de que las alarmas de los carros que estaban estacionados frente al local ocultaron el estruendo del disparo, Diego tenía la impresión de haber sido escuchado por los vecinos.
La bala penetro en el pecho de don Joaquín, atravesó su corazón y su cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo que fue inaudible con todo el ruido que había en el ambiente. Por otro lado, el que antes era un Diego nervioso ahora volvía a ser un Diego lleno de terror y miedo. Estaba boquiabierto, su boca templaba y la expresión en su rostro daba la impresión de que había sido él quien había recibido el impacto de la bala. Dio un pequeño grito desesperado antes de salir corriendo del local envuelto en lágrimas que se confundían con la lluvia. No logró ver la sangre y tampoco la expresión de don Joaquín, no supo si murió al instante o si el que había caído era un hombre moribundo que aun podía salvar. Recogió su bicicleta, guardo el revólver en su bolsillo y corrió cobardemente sin mirar atrás, mientras corría le pareció escuchar el grito desconsolado de una hija que encuentra a su padre en un charco de sangre sin embargo no le importó y solo echo un vistazo al local cuando estaba lo suficientemente lejos, vio algunas personas entrando nerviosamente al local pero no se detuvo a observar que más sucedía.
Pedaleo tan rápido como pudo, no estaba seguro de a donde se dirigía y solo se detuvo cuando el dolor en sus piernas pudo más que la adrenalina por lo que acababa de suceder. Cuando se bajó de la bicicleta no sabía en donde estaba, busco una caneca de basura y vomitó dentro de ella hasta que le dolió la garganta. Luego de eso se sentó en el piso en silencio, meditaba sobre lo ocurrido y en su mente repetía una y otra vez lo que había hecho. Cuando volvió en sí y logró saber en dónde estaba se subió a su bicicleta y pedaleo hasta su hogar.
Al llegar a su casa en la tarde, el corazón casi se le sale del pecho cuando frente a su casa vio estacionadas la camioneta de la familia de Alex y una patrulla de policía. Freno en seco unos 20 metros antes de llegar, su corazón se aceleró y en su cabeza empezaron a surgir preguntas sin respuesta que solo terminaban de alterar a un ya desequilibrado adolescente.
¿Cómo se enteraron tan rápido?, ¿Que les estarán diciendo?, ¿Me estarán buscando?, ¿Mate a un hombre en vano?, ¿Qué debo hacer ahora?, ¿Alguien más me vio con Alex ayer?, ¿Alex le dijo a alguien que yo lo acompañaría?, ¿El GPS del celular me delato? El comerciante hablo con la policía antes de que yo lo viera?, ¿Habrán encontrado mis huellas en el cuerpo de Alex?, ¿Había cámaras en el parque? Solo hasta ese momento cayo en cuenta de que el nunca reviso si en el local de Joaquín habían cámaras de seguridad. La confianza que creía tener que las cosas le estaban saliendo bien se le desmoronó al percatar el inmenso error que había cometido. A pesar de todo, se lamentaba más por el hecho de haber sido descuidado con las cámaras de seguridad que por el hecho de haber asesinado a dos personas.
En lugar de entrar a su casa y fingir que no pasaba nada, prefirió pasar la noche fuera. En su cabeza tenía la idea de que la policía le había contado todo lo ocurrido a su familia, por lo que ahora había perdido todo apoyo que podía recibir de su propia familia, la noticia no tardaría en llegar hasta el resto de sus amigos y conocidos, así buscara refugio en otro lugar tarde o temprano alguien avisaría a la policía y todo el esfuerzo que había hecho por escapar de lo inevitable simplemente seria en vano. Con las pocas cosas que tenia se dirigió a una tienda y compró algo de comida, planeaba pasar la noche en un parque concurrido que estaba cerca de allí. Podía dormir en una de las bancas y al día siguiente empezar a moverse por la ciudad hasta desaparecer. Era mejor hacerlo de noche pero estaba demasiado cansado para hacer algo así, además se sentía solo en el mundo; ¿A quién podía buscar? ¿Quién podría ayudarlo? Puede que después podría tener tiempo suficiente para pensar en esas cuestiones, por ahora solo debía llegar hasta ese parque evitando cualquier rostro conocido que pudiera reconocerlo y por sobre todo la requisa de algún policía.
Mientras tanto, en su casa se encontraban reunidos sus padres con la familia de Alex y la policía. Habían encontrado el cuerpo de Alex y tenían la sospecha de que lo habían atracado, él se había resistido y por eso lo habían asesinado puesto que aparte de su bicicleta no encontraron ningún otro objeto de valor. El parque era demasiado amplio y ninguna de las cámaras había logrado verlo cuando entró en el parque y mucho menos cuando ocurrió aquel accidente con Diego. Sabían que Diego era su único amigo por lo que lo buscaban para preguntarle si el sabia porque Alex estaría en un sitio como ese solo, si había tenido algún problema con alguien o si les podía dar alguna información al respecto. Lo esperaron por un par de horas, al ver que no llegaba, no tuvieron otra opción que retirarse y aplazar esa conversación.
Ya entrada la noche, Diego está recostado en una banca solo acompañado por su maleta y su bicicleta. Está planeando que hacer y a donde ir el día siguiente, podría buscar cómo vender el revólver y conseguir algo de dinero, o podría intentar atracar a alguien con él; eso le ayudaría para poder salir de la ciudad e iniciar desde ceros en algún otro lugar. Sea como sea solo son planes que se le ocurren mientras espera dormirse o mientras se toma un momento para descansar.
La calma del momento se ve interrumpida por el televisor que hay en un restaurante cercano, una noticia de última hora habla sobre el homicidio de un comerciante del centro de la ciudad. Se levanta tan rápido como puede y pone toda su atención al televisor:
«Noticia en desarrollo, en horas de la tarde fue registrado el homicidio de un comerciante del sector central de la ciudad. La policía maneja hipótesis relacionadas a un ajuste de cuentas; los principales sospechosos son unos comerciantes de la zona los cuales, según un testigo, tuvieron una fuerte discusión con la víctima en días pasados…».
En ese momento Diego dio un suspiro de alivio, pues aun no tenían pista de él.
«… Gracias a una cámara de seguridad en el lugar de los hechos, la policía logro obtener un video del momento en el que ocurrieron los hechos. Se recomienda discreción.»
Alex se sintió morir al escuchar el resto de la nota y tuvo un ataque de pánico al observar el video del que hablaba la periodista. El video no tenía sonido, mostraba al hombre haciendo cuentas con una calculadora, entonces entra un hombre encapuchado al cual solo se le ve la espalda, observa el lugar, se dirige una mirada con el vendedor, intercambian un par de palabras y el hombre encapuchado apunta un arma al vendedor. Este levanta las manos al tiempo que se observa como lo grita, en ese momento el visitante dispara, el vendedor cae al suelo por detrás del mostrador y el tirador sale corriendo del lugar. Lo siguiente que se ve es la hija del hombre entrando al local para luego tirarse de rodillas al lado de su padre.
Diego no sabía cómo sentirse, si bien el video se veía borroso por la lluvia y la imagen de baja resolución hacía imposible reconocer el rostro de la persona que disparaba, un estampado en la parte posterior de la chaqueta permitía que cualquier persona lograra diferenciar esa prenda en cualquier lugar. El muchacho echo un vistazo rápido a su alrededor y al observar que nadie le prestaba mucha atención a la noticia, se quitó la chaqueta, fue por sus cosas y caminando disimuladamente la tiró en la basura. Siguió caminando hasta perderse de vista y lo siguieron las primeras gotas de una lluvia que estaba por caer.
III
El tercer día despertó bajo un puente, dada la inminente lluvia no tuvo otra opción que correr donde refugiarse. Había sido el primer lugar en donde escamparse de la lluvia y dadas las condiciones en las que estaba, no tenía muchas opciones de buscar un lugar mejor. Cuando despertó eran tal vez las once de la mañana, seguía algo cansado y el dolor de sus piernas había disminuido.
Aun le quedaba algo de dinero y empezaba a sentir hambre. Había pasado quizás, la peor noche de su vida y se sentía hambriento, con sed, deprimido, desolado y sobre todo, desesperado. Contó las monedas en sus bolsillos y a pesar de ser pocas, le servirían para comprar algo que lograra calmar el hambre que tenía. Levantó todas sus cosas y se fue caminando hacia una panadería, confiaba en que pasaría desapercibido ya que no tenía la chaqueta que aparecía en el video de las noticias. Planeaba gastar todo el dinero que tenía comprando un par de panes, era lo único que podía permitirse ya que en la noche anterior gastó más de lo que esperaba.
La panadería en la que estaba esperando tenía un televisor pequeño al que nadie le prestaba atención, se dejaba probablemente para evitar el ruido que hacia el silencio. Mientras Diego hacía fila en la panadería escuchaba las noticias en el televisor. Esperaba escuchar algo referente al homicidio del día anterior pero no hubo referencias a ese hecho, tampoco algún informe de avances en el caso o algo por el estilo; solamente futbol, cine, moda, entre otras cosas. Antes de llegar al mostrador escuchó una nota que lo tomó por sorpresa y al levantar la vista al televisor lo que vio fue su la imagen de su rostro ocupando toda la pantalla
«Atención: se busca joven de 17 años, responde al nombre de Diego Gómez, cualquier información, llamar al número 315 24…»
Diego salió de la tienda, no espero a escuchar el número y mucho menos lo que había ido a comprar. Estaba profundamente alterado, mientras respiraba con agitación tenía la sensación de quedarse sin aire. Miraba hacia todas partes y solo veía su rostro en las pantallas seguido a avisos de se busca y policías hablando, caminaba lo más rápido que podía pues temía que el correr llamara la atención, sin embargo sentía que en cada paso que daba aumentaba el número de ojos que fijaban su atención en él.
Decidió correr, mientras corría subió a su bicicleta, seguía cansado, hambriento y no sabía qué hacer. El miedo se había apoderado de su corazón al tiempo que la paranoia jugaba con su mente y lo hacía desconfiar de su propia sombra. Sin pensar detenidamente en lo que debería hacer, opto por volver al sitio en el que había dormido. Al llegar se ocultó en la sombra, se limpió el sudor y espero que nadie reconociera en aquel muchacho el rostro que por un par de segundos ocupo las pantallas de todos los televisores que vio mientras huía a su improvisado escondite.
Entre tanto, los padres de Diego estaban preocupados por su hijo. En la noche anterior no había llegado a dormir y en el colegio les informaron que no había asistido a clases ese día, temían que le hubiera sucedido algo y al llamar a la policía les dijeron que debían esperar 72 horas para reportarlo como desaparecido. Dado que lo necesitaban para esclarecer el crimen de Alex, la única ayuda que les podían brindar era una corta rueda de prensa. Así las cosas, un par de horas después fue publicado un video con el rostro de Diego, pedían a la ciudadanía información sobre su paradero, mencionaban los datos de contacto y ofrecían una pequeña recompensa. Quien se veía a sí mismo como el delincuente más buscado por las autoridades, en realidad solo era extrañado por sus preocupados padres.
Diego, intranquilo y angustiado intentaba pensar en qué hacer para salir de esa situación. No sabía cómo escapar de una ciudad que conocía su nombre y su rostro, todos los planes que tenía para su futuro ahora se habían derrumbado gracias a una serie de errores que fueron cometidos uno tras otro. Quería llorar pero temía no tener más lágrimas que derramar, se arrepentía de lo que había hecho al tiempo que se compadecía de tener tan mala suerte. Busco el revólver y lo empuño sin sacarlo de su maleta, pensó en suicidarse pero no quería rendirse tan pronto, de todas formas, solo dos personas habrían llorado en su funeral. Estaba tan abstraído en sus lamentos que un encuentro inesperado lo tomo por sorpresa.
Era un hombre viejo que tiraba de una carreta, tenían muy mal aspecto, sus manos estaban sucias y sus ojos cansados reflejaban toda una vida de sufrimiento. Estaba acompañado solo por un perro que dormía tranquilamente sobre la carreta.
–Este no es lugar para alguien como usted –afirmó aquel habitante de la calle.
–Sí, ya se. Muchas gracias –respondió Diego despectivamente.
–¿Y entonces que hace aquí?
–Esperando.
–¿Que espera?
–No sé.
El hombre se quedó callado mientras observaba al joven, el muchacho se sintió incomodo por la mirada inquisidora de aquel individuo y prefirió mirar hacia otra parte.
–¿Lo he visto en algún lado?
–No creo. –respondió Diego sin mirarlo de frente pues le preocupaba haber sido reconocido.
–¿Usted es famoso?
–No
–¿Es mi hijo?
–No.
–¿Y mi nieto?
–Tampoco.
El viejo guardo silencio un momento.
–Mis manos están sucias, ¿si ve? –El anciano acerco innecesariamente las manos a Diego para que el pudiera verlas– ¿Aunque sabe algo? No están tan sucias como las suyas –El muchacho miro sus propias manos–. Al menos las mías no están manchadas de sangre.
Diego trago saliva al escuchar eso, mirándolo a los ojos le reclamó:
–¿De qué habla? Las mías están limpias
–Yo sé quién es usted –Al escucharlo, una gota de sudor bajo por la frente del joven.
–Me está confundiendo con alguien más.
–Llevo toda una vida buscándolo. Esta vez no se me va a escapar –La mirada del anciano reflejaba un odio contenido por muchos años–. Yo ya he visto esa mirada antes. Asesino.
–Perdón, tengo que irme –dijo Diego al tiempo que se ponía de pie y levantaba del piso su bicicleta.
–Usted no se va para ningún lado –replicó de forma amenazadora el anciano. Diego intimidado por el hombre metió la mano en la maleta y sostuvo el revolver sin sacarlo–, por su culpa perdí mi casa, mi esposa y mi perro
–¿Qué? Definitivamente usted me confunde con alguien más –contesto aliviado el muchacho.
–Cállese –gritó el viejo–. No quiero escucharlo más. Asesino, asesino, asesino. –Los gritos del anciano despertaron al perro que sin comprender la situación empezó a ladrarle al muchacho.
Diego empezaba a inquietarse con los gritos de aquel hombre. Alguien podía escucharlo y ese sería su fin. Le pidió que se callara y dejara de gritar pero el hombre le seguía gritando:
–Asesino. Usted mato a mi esposa, asesino –Hubo un momento de silencio–. Pero esto no volverá a pasar, ya verá.
El anciano se dio vuelta hacia su carreta y empezó a revolcar lo que tenía en busca de algo mientras hablaba en voz alta para sí mismo “¿Dónde está? ¿Dónde está?”
Diego aprovechando el descuido del hombre intento escabullirse de donde lo tenía arrinconado, luego solo debía subirse a su bicicleta y alejarse lo más pronto de ese lugar. Cuando empezó a moverse, el perro volvió a ladrar
–¿Qué, quería volarse? –reclamó el viejo girándose para estar frente al muchacho– De aquí no se me va, ¿no entiende, asesino?
–Ya, déjeme en paz.
–Que no. –Luego el viejo volvió a gritar–. Asesino, asesino, asesino.
Diego, exasperado por la situación y por los gritos del hombre, sin pensar mucho en lo que hacía saco el arma esperando intimidarlo. El anciano observo el revólver y en lugar de sorprenderse exclamo: “Ah, ahí estaba”. Luego acercó la mano para quitarle el arma a Diego pero antes de que pudiera lograrlo, el joven disparo contra el anciano. El hombre cayó de espaldas contra el suelo mientras que los ladridos del perro se apagaron de inmediato.
El estallido del disparo retumbo en todas partes, el perro chillo y se bajó de la carreta para lamerle la cara al inerte anciano. Antes de que Diego pudiese subirse a su bicicleta para huir vio como de la nada empezaron a llegar otros habitantes de calle. Unos aparecían de otras esquinas del puente, otros surgían de plásticos y mantas amontonados en el suelo, otros parecían brotar del suelo y antes que pudiera hacer cualquier cosa, Diego se vio rodeado por 5 o 6 individuos que observaban el cadáver bañado en sangre que yacía en el piso
–Nos mataron al loco –dijo uno con voz grave.
–Sí, nos lo mataron –confirmo otro.
–Y fue ese pirobo –mencionó uno de los presentes señalando a Diego con el índice.
Diego abandono su bicicleta e intento correr, apenas pudo dar un par de pasos antes que el perro le mordiera la pierna y lo hiciera caer. Los demás presentes se le tiraron encima y le quitaron el arma de las manos.
–Ahora si socio, le llegó la hora. –dijo el que se había quedado con el revolver al tiempo que cargaba el arma y lo apuntaba a la cabeza de Diego.
–No me haga nada, por favor no me haga nada. Fue un accidente –rogó Diego mientras los demás lo tenían dominado en el suelo.
–Oh si, un accidente. Bueno, este también va a ser un accidente.
–No me mate, le daré todo lo que quiera. Puede quedarse con todo lo que tengo pero no me mate. –Sus suplicas le recordaron a don Joaquín, ahora entendía su miedo.
–Usted nos mató al Loco, el tipo le decía lo mismo a todo el mundo pero con usted tenía razón. Usted si es un asesino.
–Yo no quería, el me obligo a hacerlo. Se lo juro.
–No me importa, la verdad. Usted correrá la misma suerte. –Guardo silencio por un momento–. Jajaja que curioso que mientras unos nacemos sin suerte, otros simplemente la pierden en el camino. –Los demás presentes se rieron ante el comentario.
–No lo haga por favor, no se meta en problemas. –Las suplicas de Diego no estaban logrando nada.
–¿Por qué me metería en problemas? Aquí nadie ha visto nada.
El hombre sostuvo el arma con fuerza y esta vez el disparo no fue accidental. Antes de que alguien pudiera localizar el origen de aquel sonido ya los hombres se habían escabullido y en el suelo solo quedaba el cadáver de un joven que había muerto hace varios días en el momento en que dejo que el miedo se apoderara de su corazón.
Fin.