miércoles, 26 de septiembre de 2018

LA LOCA Y YO


LA LOCA Y YO

La conocí hace algunos años, no recuerdo cuantos y tampoco me esfuerzo en recordarlo, solo sé que han sido muchos y eso hace más agradable el recuerdo. Recuerdo que la conocí en una tarde de noviembre, aunque no estoy seguro si fue en septiembre. Creo que fue en una tarde de diciembre que se sentía a una tarde de agosto y daba la impresión de que era una mañana de febrero.

Creo no equivocarme al afirmar que ella ha sido lo mejor que me ha pasado. Escribo esto mientras me tomo un café en una cafetería, el precio se me hace un poco caro teniendo en cuenta que estoy acostumbrado a los tintos que solía tomar en la universidad. Sin embargo, el sabor le da el sentido al precio. Ella está en el baño, lleva un rato ahí y supongo que no demora en venir. Tengo la impresión de que debimos pedir más cosas, a esta hora suele dar mucha hambre y… ahí esta ella, acabó de salir del baño de la cafetería, me busca con la mirada y me encuentra escribiendo esto con la cabeza agachada, la miro sin que ella se dé cuenta y sin dejar de escribir, se sienta frente a mí y me sonríe.

Tiene una sonrisa amplia y hermosa, amo como sonríe y se le forman dos líneas en la comisura de sus labios, sus labios son gruesos y el labio inferior de su boca es un poco más grande que su labio superior, en su rostro forman la mejor creación que un dios inexistente ha logrado concebir.

Después de sonreírme, ella observa lo que escribo, no puede leerlo muy bien puesto que desde su punto de vista está al revés, con su acento precioso me pregunta: “¿qué escribís? ¿Es otro cuento sobre autos voladores y rayos laser?” le respondo “no, esta vez es sobre una loca”. No sé si sabe que me refiero a ella, en cualquier caso se ríe y me dice “de acuerdo, cuando termines lo leeré”, entonces le da un sorbo a su café. Hemos pasado tanto tiempo en este lugar que los cafés ya están fríos. Sin embargo, siguen estando deliciosos.

Unas personas al fondo del lugar se ríen, otros están hablando de libros y unas mesas más allá hay una pareja que se está besando. Mientras transcurre todo esto, una canción cristiana suena en el lugar, mi loca se queda en silencio y se recuesta contra una de las paredes de la cafetería, sin decir nada observa todo lo que sucede, desde donde estoy puedo ver la forma de su cráneo y puedo detallar su oreja derecha. Ella me gusta, me gusta como sus ojos se mueven de aquí para allá y de allá para acá; me gustaría saber que está pensando y que es lo que busca en todas las formas que se le presentan en el lugar, mas sin embargo no le diré nada, sé que en algún momento ella me lo contará. Le da otro sorbo a su café y sin mirarme me dice que es raro ver a tantas personas en un solo lugar y que nadie esté usando su celular. Dejo el esfero sobre el papel y observando todo el lugar me doy cuenta que tiene razón. Luego ella le da un último sorbo a su café, observa el mío y ve que aún le queda un poco, sin decirme nada se toma todo lo que queda del mío. La miro con el ceño fruncido y le digo “Hey, eso era mío” ella se ríe, se inclina un poco y me besa. Sus besos son tan dulces como la miel, logran que alguien como yo tenga ganas de seguir vivo y eso es decir poco, después que sus labios se separan de los míos me dice “ya es hora. Vamos”. Me giro y observo que los trabajadores del lugar están ocupados y le digo “es verdad, vamos” en seguida salimos del lugar dejando los pocillos vacíos al igual que las sillas en las que estábamos. Aquí tengo que dejar de escribir, ella me está esperando.




Retomando. Al salir caminamos rápido hacia la esquina de la calle, luego caminamos un poco más hacia la izquierda, unas cuadras a la derecha, otra a la izquierda y después seguimos caminando sin rumbo. Quince minutos después uno de los meseros se da cuenta que la pareja sentada en la mesa siete se fue sin pagar ninguno de los dos cafés que se tomaron, hay una pequeña discusión entre los trabajadores de porque nadie les prestó atención y luego de eso siguen en sus labores ignorando lo que acabó de suceder.

La loca y yo solíamos hacer eso muy a menudo, tomábamos o comíamos en algún lugar y luego salíamos de él sin pagar y cuidando que no nos vieran, después de eso anotábamos el nombre del lugar y la dirección en una libreta roja con tal de saber a qué lugares no podíamos volver, ambos sabíamos que hacer eso estaba mal pero no nos importaba mucho, era divertido y nos hacia reír, supongo que eso era lo más importante de todo el asunto. Probablemente por culpa nuestro algún restaurante tuvo que cambiar sus reglas y hacer pagar a sus clientes antes de que consumieran los productos pero ambos sabíamos que eso era algo que en realidad nunca sabríamos. Siempre hacíamos estupideces que nos sacaban sonrisas y eso nos hacía felices, nos hacía tener una bonita vida.

No sé cómo alguien tan hermosa como ella se pudo fijar en alguien como yo. Todo de ella me gusta y ella es para mí lo que una vez me dijo que soy para ella: “sos como algo que siempre quise y debo cuidarlo mucho para que no se rompa, cosa que es difícil porque rompo todo lo que toco”. Sinceramente su amor y su manera de quererme han hecho que yo no tenga ganas de suicidarme ni de lastimarme a mí mismo. Eso es algo que nunca nadie logro hacer conmigo y a ella le sale tan natural, no sé, a veces siento que ella es un ser de luz y que nació para hacer de este mundo de mierda un lugar mejor. En ocasiones suele decirme que soy su mundo así que supongo que no estoy tan equivocado en lo que digo teniendo en cuenta lo feliz que ella me ha hecho.

Después del episodio del restaurante, caminamos por la séptima, bajamos por la 26 y de ahí entramos al Transmilenio de la Caracas, el de la estación calle 26. Nos subimos al primer bus que pasó con sillas vacías, nos sentamos, ella se ubicó en la silla que da contra la ventana y yo me senté en la silla que daba contra el pasillo. Estábamos en silencio, tomados de la mano y ella observaba la ciudad con sus ojos marrones; tan abiertos, tan grandes y al tiempo tan delicados y tan atentos. Ella estaba pendiente de cada aspecto de la ciudad e íbamos sin rumbo, así que podíamos quedarnos en ese bus todo lo que quisiéramos. Estaba recostada contra la silla y sus ojos dirigidos hacia la calle, yo también estaba en mi silla pero me había recostado hacia adelante, contra el espaldar de la silla frente a mí, solo para detallarla, quería observar la manera en que mueve su ojos, quería detallar su oreja izquierda y amaba ver ese leve movimiento que hacían las venas de su cuello mientras la sangre fluía por ellas.
Si yo fuera un artista le haría diez esculturas solo para inmortalizarla, si fuera un escritor le escribiría cincuenta libros, si fuera un músico le compondría cien canciones y si fuera poeta le regalaría trescientos de mis poemas, mas sin embargo solo soy yo y por eso le escribo esto. Después de un rato en el bus la loca se dio la vuelta, su mirada se encontró con la mía, me sonrió y me dio un beso en la boca, después en un ojo y después volvió a mi boca y me regalo un beso largo, húmedo, delicado, delicioso y lleno de ternura. 

Muchos buses después y unas horas más tarde ya estábamos en casa otra vez, allí no teníamos muchas cosas y solo teníamos las necesarias. Ella se sentó en una esquina del sofá que estaba en la sala, se quitó los zapatos y empezó a leer un libro que había comenzado hace unos días, yo fui hacia la cocina para preparar dos cafés. Cuando estuvieron listos le ofrecí uno a ella y el otro me lo tomé yo. Me senté en la otra esquina del sofá y también me dispuse a leer un libro que estaba por terminar, pasados unos minutos ella se quitó las medias y se quedó descalza, me miro por encima del libro que ella estaba leyendo y sin decirme nada empezó a acercar sus pies descalzos hacia mi sexo, al llegar allí simplemente empezó a mover sus pies suavemente, con ternura. Bajo mi pantalón se empezó a levantar una erección, yo deje mi libro a un lado y le puse atención a la loca, después que la erección estuvo en su punto máximo, ella se acercó a mí, me desvistió y luego de algunos juegos, caricias, mordiscos, chupetones y lamidas empezamos a follar con tantas ganas como la primera vez que lo hicimos y esta vez, como tantas otras en el pasado, terminamos en el piso. Ella estaba acostada encima de mí y con su rostro muy cerca al mío, en parte para besarme y en parte para escuchar mi respiración agitada y jadeante. En nuestra relación follabamos al amanecer y al anochecer, al despertar y hasta dormir y a veces nos excitaba hacerlo en lugares muy raros, mientras escribo esto recuerdo una ocasión en que lo hicimos en un parque, también en una iglesia, también en un hospital y no puedo no mencionar aquella vez del cementerio, o aquella en la universidad, o esa vez del callejón a media noche, o la del museo, o la del restaurante, o la del vuelo comercial,  o la de la biblioteca, o la del aeropuerto, o la del planetario, o la del cine, o la del estadio, o la del… 

Después de un rato de estar en el piso nos levantamos, nos bañamos juntos y nos fuimos a dormir, al día siguiente nos levantamos tarde, desayunamos muy poco y fuimos a ver una película. Íbamos a ir a cine y la loca se había puesto una falda negra algo corta así que antes de salir me corté las uñas de las manos. Después del cine fuimos a almorzar, pasamos por un restaurante casero, ese restaurante era de una familia y eran ellos mismos quienes lo atendían. El precio de la comida no se me hizo caro, de cualquier forma decidimos pagar; siempre pagábamos cuando eran productos hechos a mano, comida casera o artesanías o cosas que simplemente nos daba la gana de pagarlas. Al terminar fuimos a una biblioteca, al llegar allá nos enteramos que ese día era veinticinco de diciembre, no teníamos celebraciones especiales y por mucho, lo único que recordaba eran las fechas de los cumpleaños de cada uno. En la biblioteca había un grupo de lectura para niños entonces la loca buscó un libro infantil y empezó a leerles algunas cosas a los niños. Yo sabía algo de cuenteria así que también empecé a contarles algunos cuentos. Finalmente los padres de los niños me escucharon y nos sacaron a ambos de la biblioteca por estar hablando mal del Dios en el cual ellos creen.

Luego de salir de la biblioteca nos reímos mucho de lo que había pasado, entonces fuimos a la séptima y estuvimos viendo a los músicos y a los artistas que se presentan allá. Acá es donde todo se pone difícil.

Nosotros solíamos hacer algunos intentos de suicidio pero que a fin de cuentas resultaban ser falsos intentos porque de una u otra forma ambos sabíamos que no funcionarían; tomábamos algún veneno y resultábamos enfermos, intentábamos respirar gas pero terminábamos drogándonos, nos parábamos en el borde del punto más alto de algún puente y siempre había un policía cerca para detenernos, lo que hacíamos más frecuentemente era lanzarnos a los autos en movimiento. Siempre lo hacíamos solo para sentir la emoción de ver el carro acercándose y luego verlo frenar precipitadamente, además la cara del conductor era divertida. En una ocasión el conductor no logró frenar a tiempo y nos estrelló, a mí solamente me dejo algunos moretones y me fracturó la muñeca, a ella le fracturó la pierna con el golpe del auto y luego en el brazo le pasó lo mismo al caer contra el suelo. En esa ocasión tuvo que pasar tres meses con un yeso en la pierna y uno en el brazo, yo tuve que pasar el mismo tiempo pero con un yeso en la muñeca y aunque sabíamos que era algo extremadamente peligroso no nos importaba mucho en realidad, la adrenalina del momento hacia que el riesgo valiera la pena.

Pero esta ocasión fue diferente; luego de ver a los músicos y a los artistas de la séptima empezamos a caminar sin rumbo y tomados de las manos. Después de unas cuantas cuadras llegamos a una avenida amplia y concurrida, en ese momento le pregunte “¿lo intentamos una vez más?”, ella me miró a los ojos, apretó mi mano con fuerza, me besó una vez más y después de eso solo me respondió que sí, no me dijo nada más. Observamos la calle y vimos que venía una camioneta algo grande, la manejaba un hombre que rondaba por los cincuenta años. La loca y yo nos tomamos de las manos y saltamos frente a la camioneta cuando estaba a más o menos quince o veinte metros de nosotros. El hombre se sorprendió e intentó reaccionar frenando pero se confundió de pedal y termino pisando el acelerador hasta el fondo. Lo loca se dio cuenta de eso y su manera de reaccionar fue empujándome fuera del rango en el que iba a pasar la camioneta, ella me empujó por el pecho y caí de espaldas en el andén. Mientras caía la vi a ella empujándome, luego girando su rostro hacia la camioneta, cerrando sus ojos y dejándose golpear por el automotor. Su cuerpo se veía tan liviano, tan frágil. Cuando la camioneta la chocó, ella se elevó golpeando el vidrio delantero de la camioneta, después pasando por encima del techo luego quedarse suspendida en el aire por un pequeño instante y finalmente cayendo de espaldas sobre el pavimento de la calle. No detuve mi atención en la camioneta pero sé que no se detuvo en ningún momento, ni antes ni después del choque.

Apenas su cuerpo tocó el suelo, yo me levante tan rápido como pude y fui a atenderla, levante su cabeza un poco para que pudiera respirar. Ella me miró con sus ojitos grandes y marrones, me sonrió con su boca cuyo labio inferior es más grande que el superior, y en la comisura de los labios, junto a las dos líneas que se le formaban al sonreír, empezaron a aparecer algunas gotas de sangre. Lo mismo ocurrió con su nariz, una lágrima se deslizó desde su ojo izquierdo hasta su oído y ella tosió manchando mi camisa de sangre. Fue entonces que una línea escarlata se dibujó desde su labio hasta su mentón. Yo no sabía qué hacer, solo la abrazaba y lloraba encima de ella, le repetía que por favor no muriera, que yo estaba perdido sin ella. Ella solo me miraba y sus ojos se movían despacio mientras me examinaba, me miraba como si fuera la primera vez que lo hacía, respiraba lentamente y sabía que el dolor que sentía en su cuerpo era inimaginable. Al caer, se había fracturado una costilla y esta le había perforado un pulmón, por tal razón seguía tosiendo sangre y por el dolor no podía hablar, solo movía sus ojos y parpadeaba tan lentamente que daba la impresión que todo estaría bien.

Un grupo de personas se empezó a agolpar en torno nuestro, alguien llamo a una ambulancia pero en el fondo yo sabía que no había mucho que se pudiera hacer. Yo aun sostenía su cabeza con mi mano izquierda y de repente empecé a sentir mi mano muy caliente, sabía que era sangre pero preferí no mirar. La abracé una vez más y le dije lo mucho que la amaba y lo mucho que deseaba seguir con ella para disfrutar la vida juntos, ella parpadeaba y otra lagrima se deslizaba desde su ojo hasta su oído. Para ese momento ya estaba parpadeando más frecuentemente, me regaló una última sonrisa y a partir de ahí su parpadeo se hizo menos frecuente mientras sus ojos seguían fijos en los míos, de un momento a otro dejo de parpadear y sus ojos se dejaron de mover, se habían quejado fijos observando mis labios. Con mi mano libre tome suavemente sus parpados y cerré sus ojos, luego besé su boca una última vez; fue un beso muy húmedo y tenía sabor a sangre, no me importaba eso. La abracé con fuerza y llore sobre su hombro hasta que la ambulancia llegó. En ese momento me separaron de ella, la subieron a la camilla y revisaron sus signos vitales pero no hubo respuesta alguna, ya en la ambulancia una de las camilleras me tocó el hombro y me dijo que lo lamentaba, yo no le respondí nada, solo miraba el cuerpo que transportaban en esa camilla. 

El hospital se quedó con el cuerpo mientras arreglaban su situación funeraria. Yo estaba destrozado, no tenía palabras que lograran describir como me sentía, solo sé que estaba inevitablemente solo.

No me quede más tiempo con ella, en determinado momento nos dejaron solos y lo único que hice fue tomar su mano y hablarle a los oídos que por muchos años escucharon con atención todo lo que yo decía. Después de despedirme de ella camine sin rumbo por la ciudad, luego subí a la terraza de uno de los edificios más altos a los que tuve acceso y ya en la terraza solo me senté en el borde del abismo a terminar de escribir esta nota.

Recuerdo que me dijiste que la leerías cuando la terminara, lamento no haberla terminado antes. Ahora que no la puedes leer me conformo con leértela bajo la luz de la luna, con el viento frio de Bogotá y las luces de la ciudad como mi única compañía. Puedo vivir sin ti pero me niego a hacerlo. Sé que juntos hicimos muchas cosas que estaban mal pero no me arrepiento de ninguna de ellas y ahora que no estás te extraño con mi alma y extraño todas nuestras peleas, nuestros besos, nuestros insultos, nuestros abrazos, nuestras conversaciones y nuestras constantes ganas de morir junto con nuestra falta de intención por hacerlo porque sabíamos que juntos todo estaría bien. Ya no existía el odio, ni la vergüenza, ni el miedo. Vivimos en un mundo difícil de comprender y de soportar pero juntos todo se hacía más llevadero y contigo todos los problemas tenían solución. Ahora no estás y no quiero seguir vivo, al menos no sin tu compañía. No sé qué hay después de la muerte pero solo espero que podamos encontrar una nueva oportunidad para estar juntos; ya sea en la otra vida, o en la siguiente o en la próxima o en la que sea pero prometo que te encontraré sin importar por cuántas vidas tenga que pasar. Ahora solo tengo que dar un paso al frente para tener una nueva oportunidad de estar juntos y estoy seguro que lo haré. No tengo miedo, solo me siento impaciente por volverte a encontrar. No tengo mucho más para decirte mi loquita hermosa, sé que volveremos a encontrarnos y todo volverá a estar bien. Mientras tanto te pido que no te rindas. Anto, no te rindas que ya llegará el momento de estar juntos una vez más y todo estará bien una vez más. Ahora ya daré el paso al frente para tener una nueva oportunidad de estar juntos y de hacer las cosas mucho mejor que antes. No te rindas que juro que volveré a encontrarte.

Hasta siempre, Antico. Siempre tuyo, Kirikú.