LA LOCA Y YO
La conocí hace algunos años, no
recuerdo cuantos y tampoco me esfuerzo en recordarlo, solo sé que han sido
muchos y eso hace más agradable el recuerdo. Recuerdo que la conocí en una
tarde de noviembre, aunque no estoy seguro si fue en septiembre. Creo que fue
en una tarde de diciembre que se sentía a una tarde de agosto y daba la impresión
de que era una mañana de febrero.
Creo no equivocarme al afirmar
que ella ha sido lo mejor que me ha pasado. Escribo esto mientras me tomo un
café en una cafetería, el precio se me hace un poco caro teniendo en cuenta que
estoy acostumbrado a los tintos que solía tomar en la universidad. Sin embargo,
el sabor le da el sentido al precio. Ella está en el baño, lleva un rato ahí y
supongo que no demora en venir. Tengo la impresión de que debimos pedir más
cosas, a esta hora suele dar mucha hambre y… ahí esta ella, acabó de salir del
baño de la cafetería, me busca con la mirada y me encuentra escribiendo esto
con la cabeza agachada, la miro sin que ella se dé cuenta y sin dejar de
escribir, se sienta frente a mí y me sonríe.
Tiene una sonrisa amplia y
hermosa, amo como sonríe y se le forman dos líneas en la comisura de sus
labios, sus labios son gruesos y el labio inferior de su boca es un poco más
grande que su labio superior, en su rostro forman la mejor creación que un dios
inexistente ha logrado concebir.
Después de sonreírme, ella
observa lo que escribo, no puede leerlo muy bien puesto que desde su punto de
vista está al revés, con su acento precioso me pregunta: “¿qué escribís? ¿Es otro cuento sobre autos voladores y rayos laser?” le
respondo “no, esta vez es sobre una loca”.
No sé si sabe que me refiero a ella, en cualquier caso se ríe y me dice “de acuerdo, cuando termines lo leeré”,
entonces le da un sorbo a su café. Hemos pasado tanto tiempo en este lugar que
los cafés ya están fríos. Sin embargo, siguen estando deliciosos.
Unas personas al fondo del lugar
se ríen, otros están hablando de libros y unas mesas más allá hay una pareja
que se está besando. Mientras transcurre todo esto, una canción cristiana suena
en el lugar, mi loca se queda en silencio y se recuesta contra una de las
paredes de la cafetería, sin decir nada observa todo lo que sucede, desde donde
estoy puedo ver la forma de su cráneo y puedo detallar su oreja derecha. Ella
me gusta, me gusta como sus ojos se mueven de aquí para allá y de allá para
acá; me gustaría saber que está pensando y que es lo que busca en todas las
formas que se le presentan en el lugar, mas sin embargo no le diré nada, sé que
en algún momento ella me lo contará. Le da otro sorbo a su café y sin mirarme
me dice que es raro ver a tantas personas en un solo lugar y que nadie esté
usando su celular. Dejo el esfero sobre el papel y observando todo el lugar me
doy cuenta que tiene razón. Luego ella le da un último sorbo a su café, observa
el mío y ve que aún le queda un poco, sin decirme nada se toma todo lo que
queda del mío. La miro con el ceño fruncido y le digo “Hey, eso era mío” ella se ríe, se inclina un poco y me besa. Sus
besos son tan dulces como la miel, logran que alguien como yo tenga ganas de
seguir vivo y eso es decir poco, después que sus labios se separan de los míos
me dice “ya es hora. Vamos”. Me giro
y observo que los trabajadores del lugar están ocupados y le digo “es verdad, vamos” en seguida salimos
del lugar dejando los pocillos vacíos al igual que las sillas en las que estábamos.
Aquí tengo que dejar de escribir, ella me está esperando.
Retomando. Al salir caminamos
rápido hacia la esquina de la calle, luego caminamos un poco más hacia la
izquierda, unas cuadras a la derecha, otra a la izquierda y después seguimos
caminando sin rumbo. Quince minutos después uno de los meseros se da cuenta que
la pareja sentada en la mesa siete se fue sin pagar ninguno de los dos cafés
que se tomaron, hay una pequeña discusión entre los trabajadores de porque
nadie les prestó atención y luego de eso siguen en sus labores ignorando lo que
acabó de suceder.
La loca y yo solíamos hacer eso
muy a menudo, tomábamos o comíamos en algún lugar y luego salíamos de él sin
pagar y cuidando que no nos vieran, después de eso anotábamos el nombre del
lugar y la dirección en una libreta roja con tal de saber a qué lugares no
podíamos volver, ambos sabíamos que hacer eso estaba mal pero no nos importaba
mucho, era divertido y nos hacia reír, supongo que eso era lo más importante de
todo el asunto. Probablemente por culpa nuestro algún restaurante tuvo que cambiar
sus reglas y hacer pagar a sus clientes antes de que consumieran los productos
pero ambos sabíamos que eso era algo que en realidad nunca sabríamos. Siempre
hacíamos estupideces que nos sacaban sonrisas y eso nos hacía felices, nos hacía
tener una bonita vida.
No sé cómo alguien tan hermosa
como ella se pudo fijar en alguien como yo. Todo de ella me gusta y ella es
para mí lo que una vez me dijo que soy para ella: “sos como algo que siempre quise y debo cuidarlo mucho para que no se
rompa, cosa que es difícil porque rompo todo lo que toco”. Sinceramente su
amor y su manera de quererme han hecho que yo no tenga ganas de suicidarme ni
de lastimarme a mí mismo. Eso es algo que nunca nadie logro hacer conmigo y a
ella le sale tan natural, no sé, a veces siento que ella es un ser de luz y que
nació para hacer de este mundo de mierda un lugar mejor. En ocasiones suele decirme
que soy su mundo así que supongo que no estoy tan equivocado en lo que digo
teniendo en cuenta lo feliz que ella me ha hecho.
Después del episodio del
restaurante, caminamos por la séptima, bajamos por la 26 y de ahí entramos al
Transmilenio de la Caracas, el de la estación calle 26. Nos subimos al primer
bus que pasó con sillas vacías, nos sentamos, ella se ubicó en la silla que da
contra la ventana y yo me senté en la silla que daba contra el pasillo. Estábamos
en silencio, tomados de la mano y ella observaba la ciudad con sus ojos
marrones; tan abiertos, tan grandes y al tiempo tan delicados y tan atentos.
Ella estaba pendiente de cada aspecto de la ciudad e íbamos sin rumbo, así que
podíamos quedarnos en ese bus todo lo que quisiéramos. Estaba recostada contra
la silla y sus ojos dirigidos hacia la calle, yo también estaba en mi silla
pero me había recostado hacia adelante, contra el espaldar de la silla frente a
mí, solo para detallarla, quería observar la manera en que mueve su ojos, quería
detallar su oreja izquierda y amaba ver ese leve movimiento que hacían las
venas de su cuello mientras la sangre fluía por ellas.
Si yo fuera un artista le haría
diez esculturas solo para inmortalizarla, si fuera un escritor le escribiría
cincuenta libros, si fuera un músico le compondría cien canciones y si fuera
poeta le regalaría trescientos de mis poemas, mas sin embargo solo soy yo y por
eso le escribo esto. Después de un rato en el bus la loca se dio la vuelta, su
mirada se encontró con la mía, me sonrió y me dio un beso en la boca, después
en un ojo y después volvió a mi boca y me regalo un beso largo, húmedo,
delicado, delicioso y lleno de ternura.
Muchos buses después y unas horas
más tarde ya estábamos en casa otra vez, allí no teníamos muchas cosas y solo
teníamos las necesarias. Ella se sentó en una esquina del sofá que estaba en la
sala, se quitó los zapatos y empezó a leer un libro que había comenzado hace
unos días, yo fui hacia la cocina para preparar dos cafés. Cuando estuvieron listos
le ofrecí uno a ella y el otro me lo tomé yo. Me senté en la otra esquina del
sofá y también me dispuse a leer un libro que estaba por terminar, pasados unos
minutos ella se quitó las medias y se quedó descalza, me miro por encima del
libro que ella estaba leyendo y sin decirme nada empezó a acercar sus pies
descalzos hacia mi sexo, al llegar allí simplemente empezó a mover sus pies
suavemente, con ternura. Bajo mi pantalón se empezó a levantar una erección, yo
deje mi libro a un lado y le puse atención a la loca, después que la erección
estuvo en su punto máximo, ella se acercó a mí, me desvistió y luego de algunos
juegos, caricias, mordiscos, chupetones y lamidas empezamos a follar con tantas
ganas como la primera vez que lo hicimos y esta vez, como tantas otras en el
pasado, terminamos en el piso. Ella estaba acostada encima de mí y con su
rostro muy cerca al mío, en parte para besarme y en parte para escuchar mi
respiración agitada y jadeante. En nuestra relación follabamos al amanecer y al
anochecer, al despertar y hasta dormir y a veces nos excitaba hacerlo en
lugares muy raros, mientras escribo esto recuerdo una ocasión en que lo hicimos
en un parque, también en una iglesia, también en un hospital y no puedo no
mencionar aquella vez del cementerio, o aquella en la universidad, o esa vez
del callejón a media noche, o la del museo, o la del restaurante, o la del
vuelo comercial, o la de la biblioteca,
o la del aeropuerto, o la del planetario, o la del cine, o la del estadio, o la
del…
Después de un rato de estar en el
piso nos levantamos, nos bañamos juntos y nos fuimos a dormir, al día siguiente
nos levantamos tarde, desayunamos muy poco y fuimos a ver una película. Íbamos
a ir a cine y la loca se había puesto una falda negra algo corta así que antes
de salir me corté las uñas de las manos. Después del cine fuimos a almorzar,
pasamos por un restaurante casero, ese restaurante era de una familia y eran
ellos mismos quienes lo atendían. El precio de la comida no se me hizo caro, de
cualquier forma decidimos pagar; siempre pagábamos cuando eran productos hechos
a mano, comida casera o artesanías o cosas que simplemente nos daba la gana de
pagarlas. Al terminar fuimos a una biblioteca, al llegar allá nos enteramos que
ese día era veinticinco de diciembre, no teníamos celebraciones especiales y
por mucho, lo único que recordaba eran las fechas de los cumpleaños de cada
uno. En la biblioteca había un grupo de lectura para niños entonces la loca
buscó un libro infantil y empezó a leerles algunas cosas a los niños. Yo sabía
algo de cuenteria así que también empecé a contarles algunos cuentos.
Finalmente los padres de los niños me escucharon y nos sacaron a ambos de la
biblioteca por estar hablando mal del Dios en el cual ellos creen.
Luego de salir de la biblioteca
nos reímos mucho de lo que había pasado, entonces fuimos a la séptima y
estuvimos viendo a los músicos y a los artistas que se presentan allá. Acá es
donde todo se pone difícil.
Nosotros solíamos hacer algunos
intentos de suicidio pero que a fin de cuentas resultaban ser falsos intentos
porque de una u otra forma ambos sabíamos que no funcionarían; tomábamos algún
veneno y resultábamos enfermos, intentábamos respirar gas pero terminábamos
drogándonos, nos parábamos en el borde del punto más alto de algún puente y
siempre había un policía cerca para detenernos, lo que hacíamos más
frecuentemente era lanzarnos a los autos en movimiento. Siempre lo hacíamos solo
para sentir la emoción de ver el carro acercándose y luego verlo frenar
precipitadamente, además la cara del conductor era divertida. En una ocasión el
conductor no logró frenar a tiempo y nos estrelló, a mí solamente me dejo
algunos moretones y me fracturó la muñeca, a ella le fracturó la pierna con el
golpe del auto y luego en el brazo le pasó lo mismo al caer contra el suelo. En
esa ocasión tuvo que pasar tres meses con un yeso en la pierna y uno en el
brazo, yo tuve que pasar el mismo tiempo pero con un yeso en la muñeca y aunque
sabíamos que era algo extremadamente peligroso no nos importaba mucho en
realidad, la adrenalina del momento hacia que el riesgo valiera la pena.
Pero esta ocasión fue diferente;
luego de ver a los músicos y a los artistas de la séptima empezamos a caminar
sin rumbo y tomados de las manos. Después de unas cuantas cuadras llegamos a
una avenida amplia y concurrida, en ese momento le pregunte “¿lo intentamos una vez más?”, ella me
miró a los ojos, apretó mi mano con fuerza, me besó una vez más y después de
eso solo me respondió que sí, no me dijo nada más. Observamos la calle y vimos
que venía una camioneta algo grande, la manejaba un hombre que rondaba por los
cincuenta años. La loca y yo nos tomamos de las manos y saltamos frente a la
camioneta cuando estaba a más o menos quince o veinte metros de nosotros. El
hombre se sorprendió e intentó reaccionar frenando pero se confundió de pedal y
termino pisando el acelerador hasta el fondo. Lo loca se dio cuenta de eso y su
manera de reaccionar fue empujándome fuera del rango en el que iba a pasar la
camioneta, ella me empujó por el pecho y caí de espaldas en el andén. Mientras caía
la vi a ella empujándome, luego girando su rostro hacia la camioneta, cerrando
sus ojos y dejándose golpear por el automotor. Su cuerpo se veía tan liviano,
tan frágil. Cuando la camioneta la chocó, ella se elevó golpeando el vidrio
delantero de la camioneta, después pasando por encima del techo luego quedarse
suspendida en el aire por un pequeño instante y finalmente cayendo de espaldas
sobre el pavimento de la calle. No detuve mi atención en la camioneta pero sé
que no se detuvo en ningún momento, ni antes ni después del choque.
Apenas su cuerpo tocó el suelo,
yo me levante tan rápido como pude y fui a atenderla, levante su cabeza un poco
para que pudiera respirar. Ella me miró con sus ojitos grandes y marrones, me sonrió
con su boca cuyo labio inferior es más grande que el superior, y en la comisura
de los labios, junto a las dos líneas que se le formaban al sonreír, empezaron
a aparecer algunas gotas de sangre. Lo mismo ocurrió con su nariz, una lágrima
se deslizó desde su ojo izquierdo hasta su oído y ella tosió manchando mi
camisa de sangre. Fue entonces que una línea escarlata se dibujó desde su labio
hasta su mentón. Yo no sabía qué hacer, solo la abrazaba y lloraba encima de
ella, le repetía que por favor no muriera, que yo estaba perdido sin ella. Ella
solo me miraba y sus ojos se movían despacio mientras me examinaba, me miraba
como si fuera la primera vez que lo hacía, respiraba lentamente y sabía que el
dolor que sentía en su cuerpo era inimaginable. Al caer, se había fracturado
una costilla y esta le había perforado un pulmón, por tal razón seguía tosiendo
sangre y por el dolor no podía hablar, solo movía sus ojos y parpadeaba tan
lentamente que daba la impresión que todo estaría bien.
Un grupo de personas se empezó a
agolpar en torno nuestro, alguien llamo a una ambulancia pero en el fondo yo sabía
que no había mucho que se pudiera hacer. Yo aun sostenía su cabeza con mi mano
izquierda y de repente empecé a sentir mi mano muy caliente, sabía que era
sangre pero preferí no mirar. La abracé una vez más y le dije lo mucho que la
amaba y lo mucho que deseaba seguir con ella para disfrutar la vida juntos,
ella parpadeaba y otra lagrima se deslizaba desde su ojo hasta su oído. Para
ese momento ya estaba parpadeando más frecuentemente, me regaló una última
sonrisa y a partir de ahí su parpadeo se hizo menos frecuente mientras sus ojos
seguían fijos en los míos, de un momento a otro dejo de parpadear y sus ojos se
dejaron de mover, se habían quejado fijos observando mis labios. Con mi mano
libre tome suavemente sus parpados y cerré sus ojos, luego besé su boca una última
vez; fue un beso muy húmedo y tenía sabor a sangre, no me importaba eso. La
abracé con fuerza y llore sobre su hombro hasta que la ambulancia llegó. En ese
momento me separaron de ella, la subieron a la camilla y revisaron sus signos
vitales pero no hubo respuesta alguna, ya en la ambulancia una de las
camilleras me tocó el hombro y me dijo que lo lamentaba, yo no le respondí
nada, solo miraba el cuerpo que transportaban en esa camilla.
El hospital se quedó con el
cuerpo mientras arreglaban su situación funeraria. Yo estaba destrozado, no tenía
palabras que lograran describir como me sentía, solo sé que estaba
inevitablemente solo.
No me quede más tiempo con ella,
en determinado momento nos dejaron solos y lo único que hice fue tomar su mano
y hablarle a los oídos que por muchos años escucharon con atención todo lo que
yo decía. Después de despedirme de ella camine sin rumbo por la ciudad, luego subí
a la terraza de uno de los edificios más altos a los que tuve acceso y ya en la
terraza solo me senté en el borde del abismo a terminar de escribir esta nota.
Recuerdo que me dijiste que la
leerías cuando la terminara, lamento no haberla terminado antes. Ahora que no
la puedes leer me conformo con leértela bajo la luz de la luna, con el viento
frio de Bogotá y las luces de la ciudad como mi única compañía. Puedo vivir sin
ti pero me niego a hacerlo. Sé que juntos hicimos muchas cosas que estaban mal pero
no me arrepiento de ninguna de ellas y ahora que no estás te extraño con mi
alma y extraño todas nuestras peleas, nuestros besos, nuestros insultos,
nuestros abrazos, nuestras conversaciones y nuestras constantes ganas de morir
junto con nuestra falta de intención por hacerlo porque sabíamos que juntos
todo estaría bien. Ya no existía el odio, ni la vergüenza, ni el miedo. Vivimos
en un mundo difícil de comprender y de soportar pero juntos todo se hacía más
llevadero y contigo todos los problemas tenían solución. Ahora no estás y no
quiero seguir vivo, al menos no sin tu compañía. No sé qué hay después de la
muerte pero solo espero que podamos encontrar una nueva oportunidad para estar
juntos; ya sea en la otra vida, o en la siguiente o en la próxima o en la que
sea pero prometo que te encontraré sin importar por cuántas vidas tenga que
pasar. Ahora solo tengo que dar un paso al frente para tener una nueva
oportunidad de estar juntos y estoy seguro que lo haré. No tengo miedo, solo me
siento impaciente por volverte a encontrar. No tengo mucho más para decirte mi
loquita hermosa, sé que volveremos a encontrarnos y todo volverá a estar bien.
Mientras tanto te pido que no te rindas. Anto, no te rindas que ya llegará el
momento de estar juntos una vez más y todo estará bien una vez más. Ahora ya daré
el paso al frente para tener una nueva oportunidad de estar juntos y de hacer
las cosas mucho mejor que antes. No te rindas que juro que volveré a
encontrarte.
