viernes, 16 de febrero de 2024

LA MUERTE DEL INFANTE

LA MUERTE DEL INFANTE

 

«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto».

Franz Kafka, La metamorfosis.

       Cuando el sol se puso sobre el puerto, las luces de la ciudad se fueron encendiendo, una a una. La noche llegó y con ella sus misterios. La ciudad que conoces en el día no es la misma que ves en la noche. Así, muchas puertas se cierran y muchas otras se abren. Las madres corren con sus hijos a casa, los hombres cierran sus locales con cadenas, candados y rejas; la iglesia hace sonar sus campanas, no anunciando una nueva misa, sino advirtiendo que la noche ya no hace parte de los dominios de Dios.

      Cuando el sol se perdía de vista en el horizonte, las criaturas nocturnas salían de sus escondites. Brujas, demonios, duendes y todo tipo de monstruos se apoderaban de la ciudad. Tomaban sus calles, golpeaban tejados, puertas y ventanas. Dejaban marcas y huellas en cada pared de la ciudad, destruían todo lo que estaba a su paso y no había nada ni nadie que pudiera detener el aquelarre que sucedía noche tras noche.

    Tomás solo tenía siete años y dormía abrazado a su madre, nunca se había acostumbrado a lo que sucedía fuera de casa. Estaba temblando, aterrado e intentaba conciliar el sueño esperando que en la mañana todo desapareciera. Su madre, por otro lado, estaba tranquila. Le susurraba al oído que durmiera, que todo estaba bien y que no debía preocuparse por nada. Tomás se esforzaba por creerle, cerraba sus ojos con fuerza, pero eso no impedía que escuchara las risas malévolas del otro lado de la pared, susurros cerca de su ventana, golpes en su puerta e incontables gritos que le impedían dormir.

      Al día siguiente las cosas habían vuelto a la normalidad, Tomás se despierta cansado después de una larga noche, como de costumbre su madre no está a su lado, pero la escucha en la cocina tarareando una canción mientras le prepara el desayuno. El niño se sienta en la cama, observa sus zapatos en el suelo y se queda hipnotizado por un par de segundos. Despierta de su letargo, inhala una bocanada de aire, se estira y se levanta de la cama listo para empezar un nuevo día.


─Buenos días Má ─dice el niño en la puerta de la cocina, descalzo y vistiendo su pijama de dinosaurios.
─Hola tesoro, ¿cómo dormiste? ─pregunta mamá, mientras sirve el desayuno en dos platos.
─Bien Má, anoche no tuve pesadillas –responde Tomás al tiempo que frota sus ojos con sus manos.
─Eso es algo bueno… ─replica mamá─ Yo anoche soñé que era una princesa y vivía en un castillo muy muy alto –La mujer voltea a mirar a su hijo y exclama emocionada─, pero ese castillo estaba protegido por un dragón que no me dejaba salir.
─¡¿En serio?!, ¿y qué pasó? ─preguntó Tomás, completamente sorprendido.
─Llegaste tú, pero eras un caballero, tenías puesta una armadura muy brillante y venias acompañado de tu caballo ─respondió mamá. 
─¡¿Queeee?! ¡¿Yo era un caballero?! ─gritó Tomás al tiempo que daba saltitos de la emoción.
─Y uno muy apuesto, luchabas contra el dragón y me rescatabas ─dijo mamá con una sonrisa en su rostro.

    Madre e hijo siguieron hablando de ese sueño mientras comían, después de desayunar Tomás fue a alistarse para ir al colegio. Mamá ya estaba lista así que solo ayudó su hijo dándole su ropa, luego de eso esperándolo para llevarlo en auto.

    De camino al colegio, madre e hijo iban conversando, Tomás no prestaba mucha atención a la conversación.

─Recuerda que hoy tu papá tiene que recogerte, se supone que vas a pasar el fin de semana con el ─dijo mamá sin quitar la mirada del camino─. En la tarde él va a buscarte, lo esperas, ¿bueno? Si no te recoge, me llamas, ¿te sabes mi número?
 
       En ese momento Sandra volteó a ver a su hijo, Tomás observaba el camino por la ventana; veía un parque con columpios morados, una iglesia de puertas rojas, los bomberos lavando su camión frente a la estación y le sorprendió que la heladería estuviese cerrada ese día.

─¿Me estás poniendo atención? ─preguntó mamá con un tono muy serio.
─Si Má ─respondió Tomás desinteresadamente─. ¿por qué los helados están cerrados?
─Siempre cierran la heladería el último viernes del mes ─respondió mamá asumiendo que Tomás había escuchado todo lo demás─. Te voy a escribir mi número, te lo guardo en el bolsillo de tu maleta. ¿Está bien?
─Si Má ─contestó Tomás sin separar la mirada de la ventana y emocionándose porque ya estaban por llegar al colegio─. ¡Mira mamaaaaaaá!, ahí está Samuel. ¿Puedo ir a saludarlo?

       Mamá estacionó el auto, lo dejó ir a saludar a su amigo y mientras tanto escribió su número de teléfono y guardó el papel en la maleta de Tomás, el niño estaba tan distraído que no se dio cuenta en que bolsillo lo puso. De cualquier forma, madre e hijo se despidieron en la puerta del colegio, Tomás fue corriendo con sus amigos y mamá volvió a su auto.

       El día transcurrió con normalidad para ambos, no hubo nada extraordinario ni en el trabajo de mamá, ni en las clases de Tomás. De hecho, fue un viernes tan regular que el padre de Tomás no se dio cuenta que era el último fin de semana del mes.

       Al final del día, Tomás estuvo esperando con su amigo Samuel en la puerta del colegio. Veían como poco a poco a todos los niños los recogían sus padres o sus familiares, a Samuel lo recogería su hermano mayor. A pesar de que los dos niños esperaban dentro del colegio, al llegar el hermano de Samuel, Tomás salió con ellos para jugar en el parque. Pasaron un largo rato y de repente se dieron cuenta que eran las únicas tres personas en todo el parque. El hermano de Samuel le preguntó a Tomás si alguien iba a venir a recogerlo, pero Tomás solo respondió que estaba esperando a su papá. Los niños se despidieron y Tomás se quedó esperando a que alguien viniera por él.

      Pasaron una y dos horas y no apareció nadie buscando a Tomás. Su padre no sabía que debía ir por él, su madre asumió que su exesposo había ido a recoger a su hijo. Le preocupaba no recibir ninguna llamada, pero pensó que Tomás estaba distraído y lo había olvidado, de cualquier forma, estaba tranquila.

       Lentamente, el cielo se fue opacando. Lo que era un día brillante se tornó en una tarde anaranjada y en un par de minutos todo se fue oscureciendo. Tomás recordó las palabras de su madre sobre las criaturas que habitan la noche, sobre los peligros que trae la oscuridad y los monstruos que esperan pacientemente a los niños abandonados.

       Cuando el sol se puso sobre el puerto, las luces de la ciudad se fueron encendiendo, una a una. Al ver esto, Tomás entro en pánico, tomó su maleta y salió corriendo de ese lugar. No tiene dirección, no tiene rumbo, corre lo más rápido que puede y evita mirar atrás por miedo a que los monstruos lo persigan. Escucha sonidos de ciudad, sirenas, patrullas, botellas rotas y eso lo aterra aún más por lo que no deja de correr durante un largo rato.

       Con la llegada de la noche, Sandra se empieza a preocupar porque no recibió ninguna llamada. Decide llamar a su exesposo para preguntarle por su hijo. Toma su celular, escucha el tono y una voz desde el otro lado responde: “¿qué quiere?”

─¿No pensaba llamarme? ─preguntó Sandra con un tono hosco.

─¿Para qué? Yo tengo muchas cosas que hacer ─ contestó David con el mismo tono.

─¿Cómo está mi hijo? ─preguntó mamá intentando hacer la llamada lo más corta posible.
─No sé, ¿acaso usted no es la mamá? ─respondió David bruscamente.
─Sí, pero usted fue a recogerlo hoy, ¿cómo está mi hijo? ─inquirió mamá nuevamente.
─¿De qué está hablando? Yo estoy en mi trabajo.
─¡¿Cómo así?!, ¡¿usted no fue por Tomás?! ─Sandra estaba empezando a alterarse.
─Usted es la mamá, usted tenía que hacerlo ─respondió David desinteresadamente.
─Pero es el último fin de semana del mes ──reprocha Sandra─. En eso habíamos quedado.
─Bueno, se me olvido, he estado muy ocupado. Si me hubiera llamado antes de pronto hubiera ido, pero a esta hora ya no puedo. ─contestó cínicamente David
─¡Usted es un hijueputa! ─grita Sandra llena de ira, cuelga el teléfono y se dirige a su auto.

      David escucha el insulto, nota que Sandra cuelga la llamada y lejos de incomodarse, deja el celular en el sofá y sigue viendo la televisión, en su casa.

       Al llegar al colegio ya ha anochecido, nadie le da razón de su hijo. Toca la puerta de la institución, llama a gritos, pero nadie responde, un guardia de seguridad se acerca a ella, le explica que ya no queda nadie en el colegio y que el ultimo niño se fue hace una hora. Desesperada, Sandra decide llamar a las mamás de los otros niños, llama a todos los contactos que tiene. Finalmente habla con la mamá de Samuel, ella le pregunta a su hijo si ha visto a Tomás, pero Samuel solo le responde que él se quedó en el parque esperando a su padre, después de eso no supo nada más de él.

      Sandra rompe en llanto, grita el nombre de su hijo por todo el parque esperando verlo escondido detrás de un árbol o quizás jugándole una broma, pero no responde nadie. Un par de personas caminan al otro lado del parque, observan gritando a la mujer y siguen caminando. En medio de la desesperación, Sandra llama a la estación de policía, les explica la situación, pero los policías solo responden que debe esperar veinticuatro horas para reportar una desaparición, hasta entonces ellos no pueden hacer nada, en seguida de eso cuelgan el teléfono.

       Tomás sigue corriendo, huye de todo y es perseguido por la nada, ruidos y gritos le impiden detenerse, las lágrimas que caen por sus mejillas se confunden con el sudor de su frente y sus gritos de auxilio se ahogan en jadeos de cansancio. A su alrededor observa como la ciudad se transforma y el infierno deja de ser imaginario. Brujas vuelan por los cielos, hombres se trasforman en lobos y gritan desde las puertas de sus casas, salen a la luz los demonios con mil rostros en sus cuerpos, zombies caminan de un lado a otro por las calles; y desde alcantarillas, puentes, callejones y basureros salen duendes y ogros que respiran fuego y exhalan humo. Tomás corre y no logra encontrar a nadie a quien pedirle ayuda, descubre un callejón vacío y se esconde. Se tira en el suelo, cubre su rostro con sus manos y empieza a llorar. La noche va a ser larga y el niño solo desea que esta sea una más de sus pesadillas.

       Sandra está en su auto gritando el nombre de su hijo mientras recorre cuadra por cuadra, a veces algunos vecinos se acercan, le preguntan si necesita ayuda y todos responden lo mismo “no, no he visto a ningún niño con esas características por aquí”, ella sigue buscando, gritando y llorando. Ya no sabe a quién más llamar y solo le queda esperar un milagro. Decide llamar a su exesposo, con suerte, él puede ayudarla a encontrar a su hijo.


─¿Qué quiere? ─contesta bruscamente la voz desde el otro lado.
─No encuentro a Tomás, no estaba en el colegio ─responde Sandra con la voz quebrada.
─¿Ya llamó a la policía? ─preguntó David con voz desinteresada.
─Sí, pero me dicen que debo esperar un día para poner el reporte ─explica Sandra.
─Bueno, igual él debe estar en casa de algún amigo ─respondió David intentando cortar la conversación para seguir viendo su programa─, me avisa cuando lo encuentre.
─Ya los llamé a todos y ninguno sabe dónde está ─replicó Sandra conteniendo las lágrimas y haciendo un esfuerzo para no llorar de nuevo─, no sé qué hacer.
─Cálmese ─ordenó David bruscamente─, ya va a aparecer. Usted se preocupa por cualquier cosa. Cálmese y me avisa cuando Tomás aparezca.

      Al escuchar eso, Sandra perdió el control de sí misma y empezó a insultar a David por el teléfono. El hombre simplemente cortó la llamada y volvió a dormir. Sandra se quedó en su auto, lloraba con la cabeza en el volante y el teléfono en su mano. Sin embargo, no quería perder mucho tiempo, inhaló una bocanada de aire, se secó las lágrimas y continuo en su búsqueda. Sabía que no podría descansar hasta encontrar a su hijo.

       Tomás estaba escondido en el callejón, a pesar de que no quería ser descubierto no podía parar de llorar. De repente un par de ogros con humo en sus bocas lo encuentran, escucha sus pisadas acercándose y su temor se convierte en terror. Los monstruos le vociferan cosas, pero él no entiende nada, grita y se niega a verlos, los monstruos se acercan aún más y uno de ellos toca su brazo, la piel del monstruo es áspera, fría y del miedo Tomás orina sus pantalones. Al ver esto, el monstruo retrocede y deja de vociferar cosas.

 ─Amigo, tranquilo ─susurra el monstruo─. No te voy a hacer daño.

Estas son las primeras palabras que escucha Tomás, lejos de tranquilizarse, el niño toma fuerzas y se levanta para volver a correr. Uno de los monstruos lo sujeta del brazo y Tomás cae al suelo. De repente escucha que el segundo monstruo grita algo y se acerca un tercero, esta vez es una bruja. Tomás abre los ojos y la observa rápidamente, su cuerpo es negro, tiene fuego en su boca y a medida que se acerca un extraño olor llega hasta su nariz. Tomás de nuevo cierra sus ojos, completamente aterrado, siempre le ha tenido miedo a la muerte, pero nunca imaginó que su tiempo en la tierra sería tan corto.

 ─Muchachos, déjenlo ─ordena la bruja─ ¿qué te pasa amiguito? ¿estás perdido?

Tomás empieza a llorar y responde ─Quiero a mi mamá.

─¿Dónde está ella? ─pregunta la bruja.
─No sé ─responde el niño sin abrir los ojos.
─No pasa nada, yo te ayudaré a encontrarla ─le dice amablemente aquella figura─, levántate.
─No quiero morir, tengo miedo ─confiesa el niño, aun en el suelo. 
─No te va a pasar nada, mírame.  Mi nombre es Violeta ─mientras la bruja dice eso toca con sus manos uno de los brazos de Tomás. La bruja tiene la piel suave, es cálida y su voz lo tranquiliza, el niño abre los ojos.

Al observarla, la bruja lentamente se convierte en una mujer de mediana edad, tiene un vestido rojo que deja sus piernas al descubierto, su rostro tiene algunas líneas y sus labios son de un color opaco. Tomás observa la mano en su brazo, tiene las uñas rojas y algunas de ellas se ven desgastadas. En su mano izquierda, Tomás observa que la mujer tiene un papel enrollado con la punta roja, el niño se da cuenta que el extraño olor proviene de ese papel.

─¿Cuál es tu nombre? ─pregunta la mujer.

      Tomás está más tranquilo, pero no deja de observar a su alrededor, los ogros que acompañaban a la mujer se convierten en dos hombres jóvenes, ambos visten de negro y uno de ellos tiene una mano cubriendo su boca, al retirarla exhala humo.

─¿Cómo te llamas? ─Vuelve a preguntar la mujer.
─Tomás ─responde el niño con la voz quebrada. 
─Muy bien Tomás, ellos son mis amigos, Joaquín y Daniel ─la mujer señala a los dos hombres.

El niño los observa y luego vuelve su mirada hacia la mujer “¿eres una bruja?” le pregunta.

─Claro que no ─responde Violeta mientras ríe, hace una pausa y mira al suelo─, soy muy buena hechizando hombres, pero no les hago daño ─los dos hombres ríen.

      Tomás no entiende nada, observa la mancha en sus pantalones y se avergüenza, sin embargo, a ninguno de los presentes parece importarle. La mujer lo ayuda a levantar del suelo, le limpia un poco el polvo en su ropa y empieza a preguntarle sobre como llegó a ese lugar y en donde están sus padres
.

─No sé, yo estaba esperando a mi papá y los monstruos me asustaron ─dijo el niño mientras secaba las lágrimas de sus ojos.
─¿Cuáles monstruos? ─pregunto extrañada la mujer.
─Ustedes ─respondió Tomás, en seguida los dos hombres volvieron a reír. Uno de ellos dijo algo que Tomás no entendió y en seguida todos rieron nuevamente, eso incomodó a Tomás.
─No amiguito, no somos monstruos, no te preocupes ─La mujer puso una mano en el hombro de Tomás─. Ahora dime, ¿dónde vives?
─En mi casa ─contestó inocentemente el niño.
─O sea sí, pero… ─la mujer dio un suspiro─ ¿dónde?

      Tomás se quedó pensando un momento, en seguida la mujer entendió que el niño no sabía o no quería decirles, por lo que empezó a preguntarle por algo que quedara cerca de su casa o alguna forma de contactar a sus padres. Tomás había olvidado que su mamá escribió su número, por lo que no sabía cómo contactarla, tampoco sabía su dirección por lo que no sabía hacia dónde ir, en su lugar respondió por las cosas que estaban cerca de su casa.

─Cuando mi mamá me llevó al colegio, vi que la heladería estaba cerrada hoy ─respondió el niño intentando ayudar.
─Hay muchas heladerías que están cerradas hoy ─respondió la mujer─, ¿qué más recuerdas?
─Vi a los bomberos lavando su carro ─contestó el niño.
─A cinco minutos de aquí hay una estación de bomberos ─dijo uno de los hombres─, podríamos llevarlo, supongo que el sabrá reconocer el camino de regreso.

La mujer asintió con la cabeza “¿quieres que te llevemos?” le preguntó.

Tomás sabía que no debía subir a autos de extraños, pero tenía tanto miedo de estar perdido fuera de casa que no tuvo otra opción que aceptar.

      Sandra llevaba horas buscando a su hijo, le dolía la garganta de tanto gritar y sus manos temblaban de la desesperación. Se frustraba cuando recorría la misma calle dos veces y su cabeza no dejaba de imaginar cosas, cada una peor que la anterior, eso solamente la preocupaba aún más. Revisaba su teléfono cada dos minutos esperando una llamada, un mensaje, algo que le dijera que Tomás estaba a salvo, pero no recibía nada y sentía como una eternidad cada minuto que pasaba sin tener noticias de su hijo.

      Tomás está tranquilo, los dos muchachos están sentados en los asientos delanteros y Violeta y el niño están sentados en la parte trasera del auto. Violeta está conversando con el niño, le pregunta cosas intentando tranquilizarlo y al mismo tiempo saber más de él. Mientras tanto Tomás observa la ciudad por la ventana del auto, el miedo que sentía antes se convierte en sorpresa, pues lo que ve es muy diferente a lo que siempre había imaginado.

      Toda su vida vivió con miedo de la ciudad una vez que el sol se ha escondido, pero lo que observa lo sorprende; estaba esperando encontrarse con dragones, vampiros, monstruos, brujas y ogros, pero en su lugar observa algo incluso aún peor: descubre una ciudad herida, rota. La gente duerme en las calles, incendia la basura y los periódicos para soportar el frio de la noche, los andenes se llenan de vagabundos, borrachos, prostitutas, adictos y seres que han perdido el rumbo y la soledad se ha convertido en su única compañía. Mirarlos a los ojos es observar un abismo, de repente ninguna pesadilla es más escalofriante que la propia realidad.

─Ya llegamos a la estación ─dijo Violeta─, ¿la reconoces?

      Tomás observó por la ventana, pero la estación se veía muy diferente de noche, no estaba seguro de que se tratará de la misma. La miraba una y otra vez, pero no lograba descubrir si era la misma por la que pasaba a diario. Mientras tanto, Violeta esperaba pacientemente una respuesta

─No sé ─Finalmente respondió Tomás.

      En ese momento, uno de los muchachos que estaban en el auto empezó a quejarse, decía que ellos no tenían que hacer todo esto, decía que iban a perder toda la noche y que lo mejor era llevar al niño con la policía y dejar que ellos se encargaran del resto. Violeta se opuso, dijo que no les costaba nada y que no pensaba en dejar al niño con otros desconocidos, después de unos momentos, todos accedieron a seguir buscando.

─Okay, ¿recuerdas algo más aparte de los helados o los bomberos? ─preguntó Violeta.
─Si ─respondió Tomás─, los columpios morados.
─No te entiendo, ¿a que te refieres?
─El parque cuando voy con mi mamá, tiene columpios, son morados. Así ─dijo señalando la tapicería del auto con su dedo. 
─No creo que eso nos ayude ─respondió Violeta─, déjame ver tu maleta.

Uno de los hombres se giró y le reclamó a Violeta ─¿Por qué no empezaste por ahí?

      Violeta no respondió, en lugar de eso tomó la maleta de Tomás y revisó cada uno de los cuadernos que traía el niño, tenía la esperanza que en alguno de ellos tuviera la información de su familia, pero no encontró nada. Se sorprendió de las buenas notas de Tomás y lo felicitaba a medida que iba revisando sus apuntes. Tomás se sintió orgulloso, le emocionaba ese pequeño reconocimiento.

      Después de revisar todos los cuadernos y no encontrar nada, Violeta verificó el resto de los bolsillos, finalmente encontró el papel con el número de la mamá de Tomás.

      ─Mira, encontré esto ─mencionó Violeta emocionada mientras agitaba el papel.

      Tomás lo reconoció, pero sintió algo de vergüenza por haberlo olvidado, por lo que solamente esbozó una sonrisa.

      Sandra no podría estar más preocupada, a pesar de que su voz empezaba a fallar, no dejaba de buscar a su hijo y de repetir en su cabeza “esto no está pasando, esto no es real”, pero cuando recordaba la realidad de no tener a su hijo a su lado se repetía “¿por qué a mí, Dios mío?, ¿por qué a mí?” mientras estaba al borde del llanto recibió una llamada, contestó tan rápido como pudo sin siquiera ver quien llamaba.

─¡¿Quién habla?! ─preguntó Sandra al instante de contestar la llamada. 
─Hola Sandra, mi nombre es Violeta ─respondió la voz desde el otro lado─. Estoy con su hijo, encontré su número en su maleta.

      Esas eran las únicas palabras que Sandra necesitaba escuchar, freno de golpe su auto y volvió a llorar sin siquiera darse cuenta. Violeta la intentó tranquilizar, le explicó la situación, le dijo que Tomás estaba a salvo, que estaba bien y que no tenia de que preocuparse. Sandra solamente le agradecía y no paraba de llorar. Violeta le dio el teléfono a Tomás y Sandra pudo confirmar lo que decía, su hijo estaba a salvo. Cuando volvieron a hablar las dos mujeres, se intercambiaron datos, incluyendo la dirección de la casa de Sandra.

       Después de terminar la llamada, Sandra volvió a llorar, esta vez de alegría y le agradeció a Dios por el milagro que acababa de suceder. Llego tan rápido como pudo y al ver a su hijo lo abrazó como si no lo hubiera visto en mucho tiempo, en seguida de esto abrazó a Violeta, le dio las gracias por traer a su hijo sano y salvo a casa y la invito a pasar, pero ella se negó, solamente le entrego las pertenencias de Tomás a Sandra, se despidió, subió al auto y se fue con sus amigos.

       Al entrar a casa, Sandra no dejaba de besar y abrazar a Tomás, el tener a su hijo de vuelta de una manera tan inesperada quizás podría ser uno de los momentos mas felices de su vida. Ella le preguntaba si estaba bien, si quería comer algo, si necesitaba cualquier cosa, pero a todo Tomás solo repetía que no. El niño estaba feliz de poder estar en casa otra vez, pero le costaba trabajo procesar todo lo que había visto esa noche.

      Después de una muy larga noche, madre e hijo fueron a dormir, Sandra abrazó a Tomás y se quedó dormida con la tranquilidad de que la pesadilla ya había terminado, sin embargo, Tomás no sintió la misma tranquilidad. Veía el techo de la habitación en medio de la oscuridad de la noche y escuchaba con atención todos los ruidos que venían del exterior. Su mundo de fantasía había terminado.

       La inocencia de la que alguna vez gozaba tomas ya se ha ido. En esa noche descubrió que las pesadillas no son tan aterradoras como la misma realidad, que no solo los niños sueñan con un mundo de fantasía, entendió que su madre puede hacer lo imposible por protegerlo del mundo; sin embargo, la ciudad esta allá afuera, esperando para devorarlo. Lo que antes creía que le daba miedo, ahora le aterraba. Prefería tenerle miedo a los dragones que lo atormentaban cuando intentaba dormir que a los borrachos que han perdido las riendas de su vida.
      Tenía miedo que los monstruos de sus pesadillas, no estuvieran escondidos debajo de la cama, sino que se tambaleaban libremente por todas las calles que desafortunadamente había recorrido. Le aterraba la idea de que, en algún punto, él también podría convertirse en el protagonista de las historias que las madres cuentan a sus hijos para asustarlos. Tomás escucha a su madre dormir a su lado, sabe que está a salvo, pero su inocencia fue abandonada en ese callejón sucio, maloliente y olvidado.
      Observa el techo sumido entre recuerdos e imágenes de esa noche, poco a poco el sueño lo invade y cae lentamente en los brazos de Morfeo. Después de un largo rato logra dormir con la preocupación de que al día siguiente va a observar el mundo como en realidad es, por primera vez.

FIN. 

viernes, 7 de abril de 2023

EL PUEBLO DEL SILENCIO

 EL PUEBLO DEL SILENCIO 

 

Isaías 42: 18-20 

18 «¡Escuchen ustedes, sordos! ¡Miren y vean, ciegos! 19 ¿Quién es tan ciego como mi propio pueblo, mi siervo? ¿Quién es tan sordo como mi mensajero? ¿Quién es tan ciego como mi pueblo elegido, el siervo del Señor? 20 ustedes ven y reconocen lo que es correcto, pero se niegan a hacerlo. Escuchan con sus oídos, pero en realidad no prestan atención». 

 

La radio anunciaba la creación de una junta militar, algo que la mayoría de los habitantes de aquel pequeño pueblo aún no entendían con certeza. Setenta casas, y unas ciento veinte personas conformaban un pequeño poblado que no tenía más allá de veinte años. Sin embargo, ya tenía su propio cementerio; sumado a un par de abuelos, una mujer que dio a luz recientemente y un par de pescadores conformaban lo que hasta el momento solo era un potrero con un par de cruces en él. Todavía no sabían cómo se veía, olía, sabía o se escuchaba la televisión. La electricidad era un rumor que solo se disfrutaba en las ciudades y en este poblado que se confundía con aldea, la gente debía conformarse con velas, fogatas y despertar temprano para aprovechar el día. 

 

La mañana empezó con normalidad, las mujeres salieron a lavar la ropa a orillas del río, los hombres salieron a pescar, a trabajar la tierra o a cuidar sus animales, los niños quedaban a cargo de una maestra que había enviado el anterior gobierno. Ella ya conocía lo que era la televisión, la radio, el tener luz en mitad de la noche, pero cuando lo intentaba explicar sentía que mentía en un lugar tan alejado de lo que en otras partes se consideraba el futuro. 

 

No hay una seña específica que pueda explicar cómo empezó todo, algunos hacen gestos indicando que fue culpa de la maestra, otros señalan el océano como si fuese una maldición que los pescadores sacaron del fondo del agua. Algunos menean la cabeza tímidamente indicando que la culpa está en el cementerio, quizás los muertos están enojados de tener cruces de madera y no lápidas de mármol. Hay muchas teorías al respecto, pero todos concuerdan que inició como un pitido, uno muy leve y apenas perceptible. 

 

El primer día lo escucharon los niños, pero estaban tan ocupados jugando, corriendo y gritando que no le prestaron atención. Al día siguiente lo escucharon las mujeres del pueblo, era un pitido tan leve que parecía imaginario o producto del estrés. Unas mujeres lo mencionaron con sus amigas, pero todas tenían la misma respuesta "ay si, a mí me pasa lo mismo, debe ser tanto estrés". El día transcurrió con normalidad y fuera de ese sonido entre susurrado e imaginado no hubo más novedades. 

 

Al tercer día los hombres del pueblo fueron conscientes del pitido, lo comentaban con sus esposas, pero no lo decían con preocupación, solamente como un comentario, como si aquel hombre que decía que lo escuchaba fuera el único hombre que en realidad lo escuchaba. En el imaginario parecía ser individual y no algo que le sucedía a todo el poblado. Al cuarto día los ancianos del pueblo lo escucharon también, los niños lo empezaron a encontrar molesto y lo confundieron con un dolor de cabeza. Ahora todo el pueblo sabía que existía un pitido, un sonido leve, casi imperceptible, pero frecuente y en ocasiones difícil de ignorar. 

 

Durante el quinto día la molestia de los niños pasó a ser compartida por los adultos, el día había iniciado con normalidad, aunque la mayoría de conversaciones rondaba sobre aquel pitido, ya no era solamente del hombre que le comentaba a su esposa o de las mujeres que hablaban con sus amigos y los pescadores entre sí, en este punto algunas personas se reunían para decidir que hacer o cómo tratarlo. 

 

Al iniciar el sexto día, empezaron a surgir ideas de lo que era y de cómo quitarlo, algunos creyeron que se trataba de un dolor de cabeza colectivo, quizás alguna infección o un alimento mal preparado, pero nada parecía tener sentido. Intentaron diferentes remedios con aguas de hierbas, limón, miel e incluso baños de flores, pero nada servía, de cualquier forma, no era un impedimento para continuar con las labores cotidianas. Al final del día las personas parecían ser conscientes del ruido, pero no le prestaban atención, seguían manteniendo sus conversaciones como cualquier otro día, se demoraban un poco más en dormir, pero no era algo por lo que tuvieran que preocuparse y tampoco algo que les quitara el sueño. “Ya se me pasará”, decían algunos. "Mañana estaré mejor", decían otros. "Tal vez sea estrés o cansancio. Quizás debería descansar un poco", pensaron unos pocos.

 

Cuando llegó el séptimo día las personas intentaron acostumbrarse a aquel sonido, algunos intentaban ignorarlo, otros ya dejaban de prestarle atención, aunque eran conscientes de escucharlo. De una u otra forma las cosas continuaron tal y como estaban antes, les gustaba la monotonía y a pesar de que por unos días ese sonido les había alterado la rutina, no dejaron que eso les siguiera afectando. De hecho, entre chistes y bromas, pensaron en ponerle un nombre, pero no lograron ponerse de acuerdo en uno.

 

El llanto de los niños dio inicio al octavo día, está ya era la segunda semana desde que apareció el sonido por primera vez. Los padres se despertaron alarmados y fueron a revisar a sus hijos, los niños lloraban y pataleaban, se cubrían los oídos con las manos y decían que les dolía la cabeza. Madres preocupadas corrieron a poner paños húmedos en sus frentes, los padres desesperados corrían de casa en casa preguntando qué sucedía, parecía ocurrirles a todos los niños del pueblo. El pánico duró una o dos horas, luego de eso se organizó una reunión en el pueblo intentando entender qué estaba ocurriendo, las mujeres se quedaron en casa cuidando a sus hijos a pesar de que no sabían cómo tratar un dolor que no entendían y que tampoco habían sentido nunca. Los hombres y los ancianos del pueblo se reunieron buscando una solución colectiva o al menos el entendimiento de este absurdo mal que los aquejaba.  El día terminó, los padres tenían que levantar la voz para que sus hijos pudieran escucharlos y no se logró encontrar ninguna solución a este mal. 

 

La misma historia se repitió el noveno día, esta vez eran las mujeres del pueblo quienes amanecieron con dolor. Ahora los hombres eran los que intentaban cuidar a sus esposas, lo que sucedía ya no era normal para nadie y algunos esposos preocupados decidieron llevar a sus mujeres al pueblo más cercano, lo que significaba recorrer un camino de once horas. A las nueve de la mañana decidieron partir tres familias, algunos vecinos prestaron sus caballos con la esperanza de que en el pueblo les dieran alguna solución. La noche llegó al mismo tiempo que los viajeros, en el hospital del pueblo les dijeron que el médico de turno solo llegaría hasta el día siguiente por lo que no tuvieron más opción que buscar algún lugar para pasar la noche.  

 

Cuando lograron hablar con el médico, los hombres del grupo tenían el mismo dolor en sus oídos, lo describían como un sonido fuerte y constante, no les dejaba escuchar sonidos bajos y tampoco pensar con claridad. El médico los examinó a todos, pero no les pudo dar ninguna respuesta, todo en su organismo parecía estar bien y no había ninguna evidencia diferente a sus testimonios. Les ofreció calmantes para el dolor, pero ninguna solución a largo plazo, dos de las familias regresaron al pueblo con medicina para otros, pero no para todos. Una de las familias decidió viajar el mismo día a la capital.

 

En el pueblo las dudas seguían, el dolor lo tenían todos los hombres del pueblo y la incertidumbre pasaba de casa en casa, su mayor miedo era nunca llegar a ser curados. En la noche las dos familias regresaron, se organizó una reunión entre los adultos, tenían que levantar el tono de su voz para poder ser escuchados, aunque realmente no había ninguna noticia que valiera la pena escuchar. Los calmantes no hicieron el efecto que esperaban, relajaban a las personas, les ayudaba a dormir, pero eso no resolvió ningún problema. La última familia llegó en la noche a la capital, decidieron buscar donde dormir y volver a preguntar en la mañana en el hospital más cercano. 

 

Al día siguiente la sordera se había extendido, los que llevaban la cuenta sabían que era el día once, los ancianos lo sentían, pero a la mayoría no les hacía mayor efecto, algunos lo aceptaban con resignación, otros estaban preocupados de que se estaban quedando sordos más rápido de lo que imaginaban. En la mañana, la familia que estaba en la capital fue al hospital a primera hora, los hicieron esperar hasta mediodía, cuando los atendieron tampoco pudieron saber qué era lo que estaba pasando. Les hicieron todo tipo de exámenes y los pasaron por todo tipo de máquinas sin que ninguna lograra encontrar el problema. Los trasladaron de un hospital a otro, pero no hubo ninguna respuesta. En algún punto los médicos llegaron a pensar que solo ellos dos eran quienes estaban escuchando ese ruido.

 

La historia llegó a los medios, algunos periodistas se quedaron con la historia de la pareja que se estaba quedando sorda, otros más intrépidos quisieron visitar el poblado. Para eso, se organizaron miembros de diversos medios de comunicación, una pequeña comisión de médicos y especialistas en el oído. Incluso fue un veterinario para cerciorarse que no les ocurría lo mismo a los animales o de que se trataba de un virus de origen animal. La pareja decidió ir con ellos, pensaron que sería mejor si eran ellos quienes los guiaban y explicaban toda la situación.  

 

Llegaron dos días después, se instalaron en carpas y algunos en casas como invitados. Hicieron exámenes a niños, adultos y ancianos, los periodistas entrevistaron a la mayoría de los habitantes y al final del día no hubo ninguna respuesta de lo que sucedía. Lo único que sabían era que no era algo que se habían inventado. Los veterinarios hicieron los mismos exámenes a los animales y descubrieron que ellos no tenían el mismo problema. El día pasó rápido, unos en ajetreo de exámenes, entrevistas y otros sentados, observando y esperando su turno, al llegar la noche todos los médicos fueron a sus carpas o a las casas en las que les habían dado posada. 

 

La tercera semana fue mucho más caótica que las anteriores, todo el pueblo despertó envuelto en gritos desesperados, la mayoría eran llantos de niños. Los médicos despertaron sobresaltados intentando entender qué pasaba, cuando se acercaron a las familias descubrieron que la sordera de los niños había empeorado; ahora los padres debían gritarles a sus hijos para que ellos pudieran oírlos. Los niños lloraban y apenas podían escuchar sus propios gritos. El pueblo se reunió intentando entender qué sucedía o como resolverlo, algunos estaban enojados con los médicos y los trataban de incompetentes a pesar de que ellos no tenían la culpa de lo que estaba sucediendo, sabían que en los próximos días les ocurriría lo mismo a ellos y todo ocurrió de la misma forma que lo presintieron. Los periodistas estaban increíblemente exaltados por lo que sucedía, tenían la primicia y algunos volvieron a la ciudad para hacer pública la noticia, otros se quedaron ante los rumores de que en los próximos días les pasaría lo mismo a los demás habitantes. Alguien mencionó que los periodistas parecían “buitres rondando donde abunda el dolor ajeno” y no estaba equivocado. 

 

Al día siguiente les sucedió a las mujeres, así sucesivamente le sucedió a los hombres y a los ancianos. La noticia estuvo en todos los medios de comunicación por un par de días, fueron las únicas veces en que se mencionó el nombre del pueblo, incluso algunos periódicos lo escribieron mal. En medio del enojo, las dudas y el miedo, los habitantes decidieron expulsar a los que eran ajenos a él; los médicos y periodistas tuvieron que irse. Ante la incertidumbre de lo que sucedía, los habitantes optaron por culparlos de todo lo que estaba ocurriendo en el pueblo, de la nada regresó la teoría de que todo era culpa de la profesora por ser la primera en llegar del mundo exterior al poblado, a pesar de que ella también estaba experimentando esa sordera, no tuvo más opción que irse con los médicos y periodistas. Eso también salió en las noticias. 

 

Los días siguientes fueron tristes y melancólicos, la vida se había apagado, no se escuchaba ningún sonido a excepción de un par de gritos cuando dos personas intentaban comunicarse algo importante, los niños ya no salían a jugar o a nadar en el océano, todo el día se quedaban en casa y de vez en cuando lloraban cuando recordaban aquellos sonidos que no volverían a escuchar.  

 

La maestra entendía que la hubieran expulsado del pueblo, aunque obviamente no le parecía algo justo, sabía que las cosas empeorarían con cada semana que pasaba. Por lo que pensaba en volver al pueblo, en ese pequeño y olvidado lugar había dejado a muchas personas que ahora consideraba familia. Sabía que no podría hacer nada para devolverles a ellos o a ella misma la audición que alguna vez tuvo por lo que empezó a buscar formas en las que los demás pudieran comunicarse, ella entendía que los pobladores no podían seguir soportando un silencio tan asfixiante como ensordecedor, por lo que los días siguientes se dedicó a buscar personas que enseñaran lengua de señas. Tenía el plan de llevarlos al pueblo, enseñarles a sus habitantes una forma de comunicación que no requiriera palabras. Mientras que los demás solo sentían que les caía castigo tras castigo, la maestra era la única persona que entendía el orden del mal que los estaba aquejando, sabía que los primeros días eran los niños, al día siguiente las mujeres, después los hombres y así sucesivamente con los abuelos. Ella había sido expulsada el cuarto día de la tercera semana, habían pasado dos días desde entonces por lo que según sus cuentas aún le quedaban dos días antes de que al tercero empeorarán aún más las cosas. Apenas terminó de instalarse en casa de sus padres, salió temprano a buscar información sobre profesores de lengua de señas, no tenía mucho tiempo así que primero debía conseguir uno para ella. Así pasaron sus dos días, siempre corriendo, siempre de prisa, siempre en mente que tenía el tiempo en su contra. 

 

 La cuarta semana fue la más deprimente que había tenido el pueblo. El primer día no hubo gritos, no hubo llanto, no hubo sorpresa, solamente un extraño, doloroso y silencioso presentimiento de que ahora las cosas no podían empeorar más. Los niños abrieron sus ojos después de una noche difícil y descubrieron un mundo que no tenía sonido. Los padres estaban listos para escuchar a sus hijos llorar y no saber qué hacer, pero eso no ocurrió, en lugar de eso solo hubo silencio y más silencio. Cuando los padres se acercaron a sus hijos, los encontraron con la misma mirada curiosa que puede tener un recién nacido, observaban el mundo como si fuera la primera vez que lo veían, veían sus labios moverse sin que se emitiera ningún sonido y más que aterrarlos solo los asombraba. La mayoría de padres lo entendieron y solo pudieron sentarse a su lado en silencio, esperar su turno y tratar de no olvidar las voces de cada uno. 

 

Los días siguientes fueron igual de melancólicos; mujeres, hombres y ancianos se encontraron en la misma situación que los niños, en este punto ya todos se habían acostumbrado a la idea de que esa sería su nueva realidad. Después de una semana de gritos, ruido y visitas inesperadas, solo quedó un pueblo que parecía fantasma a pesar de que seguía siendo habitado. Las olas se estrellaban en las playas, los perros le ladraban al viento y a la lluvia, los pájaros entonaban melodías al sol y los gallos cantaban anunciando un nuevo día, pero no había nadie que pudiera escuchar esta sinfonía natural. Entre tanto silencio, las personas empezaron a notar lo mucho que una mirada podía expresar, sin embargo, su mundo ya no era el mismo. De repente aquel extraño rincón de alegría y algarabía se había apagado y había sido reemplazado por un lugar en donde sus muertos aún estaban con vida. Ahora ese pequeño pueblo estaba tan lejos de todo que no llegaba ni siquiera el sonido.

 

Por otro lado, la profesora corría de un lado a otro en la ciudad, logró encontrar un profesor que le enseñaría lengua de señas y durante sus últimos dos días de audición estuvo aprendiendo tan rápido como podía. Cuando llegó el segundo día de la cuarta semana, al abrir los ojos y encontrar un mundo sin ruido se preocupó más por el que hace unos días era su hogar que por ella misma. De todas formas, la maestra sentía que tenía una tarea pendiente y no quería abandonarla a medio camino.

 

Los días pasaron y con ellos las semanas, las personas intentaron acostumbrarse a su vida sin sonido, pero no fue nada fácil. Comunicarse era casi imposible y solo podían hacerlo señalando alguna cosa, otros escribían en el suelo lo que querían expresar sin saber si la otra persona sabía leer o no, la mayoría no lo hacía. Finalmente, la vida retomó algo similar a su rumbo, pero solamente fue por inercia, se hacía estrictamente lo necesario para que el cuerpo sobreviviera, pero las almas eran lúgubres, las risas eran recuerdos del pasado, las sonrisas se habían borrado de todos los rostros y el océano ahora guardaba las lágrimas de todos sus habitantes.

 

La maestra logró aprender lengua de señas y busco a un par de profesores que la pudieran enseñar, tenía el plan de que al regresar al poblado y enseñar a las personas a volver a comunicarse, con suerte las cosas volverían a ser como eran antes. Ella puso todo su esfuerzo en ese plan y hasta el momento parecía tener éxito. Cuando estuvo lista para regresar, volvió al pueblo junto a seis profesores más. Estaba dispuesta a luchar por convencer a los habitantes que ella merecía estar en ese pueblo tal y como ellos, desde su exilio no había tenido más noticias del poblado.

 

Cuando regresó nadie le prestó atención, la observaron como si se hubiera ido hace cinco minutos y la ignoraron como si la vieran a diario. Los niños la recordaron y aunque en su mente esperaba que todos corrieran a saludarla y abrazarla, eso no ocurrió, en lugar de eso solamente la observaban tan distante como si fuera imaginada. Intentó explicar su plan a uno de los ancianos del pueblo, pero a pesar de que tuvo éxito explicando su idea a una sola persona aún quedaban noventa más con los que debía empezar desde cero. Cuando visito el cementerio se percató de que había muchas más cruces de las que recordaba, una pequeña inscripción en una cruz decía “por los que se rindieron”.

 

La semana siguiente intentaba explicar su plan a cada una de las personas del pueblo, pero ninguna parecía interesada en seguirlo, un sentimiento de desesperanza había invadido cada uno de los hogares y a pesar de que la profesora traía una solución no logró convencer a ninguno de sus habitantes. Con el paso de los días se dio cuenta de que las personas habían encontrado una forma de comunicarse entre ellos, pero solamente para las cosas más básicas; señalaban, contaban con los dedos, hacían figuras con sus manos y en ocasiones inventaban señas que solo dos personas lograban entender. No se podía decir que aquella pantomima fuera una conversación, pero de alguna forma lograban hacerse entender.

 

Pasaron las semanas y los demás profesores se cansaron de intentar enseñar y decidieron regresar a la ciudad, la profesora se quedó un par de días más aún en su lucha por evitar que el pueblo se sumiera en conversaciones de miradas y de señalar con la mano cuando se quería algo. Cuando entendió que en aquel poblado todos desarrollaron su propio lenguaje y su propia manera de entenderse, decidió rendirse y dejar que las cosas siguieran el curso que ya llevaban.

 

Pasaron los meses y las visitas pasaron de ser pocas a ninguna, ya nadie recordaba el nombre del pueblo y cuando lo mencionaban solo decían que era el “lugar en el que nadie hablaba”. Con el tiempo las personas dejaron de luchar contra el silencio y solo se dejaron llevar por el rumbo natural de la vida así que el cementerio aumentó su tamaño y tuvo que usar un espacio que nunca había sido destinado a la remembranza de los viajeros que llegaron a su destino. Después de un par de años, ya no quedaba nadie en el pueblo a quien visitar.

 

En el momento en que la profesora abandonó el poblado, dejó un letrero que decía: “Si perdiste el camino y tu destino es el olvido, bienvenido al Pueblo del Silencio”.

domingo, 8 de noviembre de 2020

LA BALA

 

LA BALA

 “He thinks that faith might be dead
Nothing kills a man faster than his own head
He used to see dreams at night
But now he’s just watching the back of his eyes”

– Trapdoor, Twenty Øne Pilots

  

  I

–Parce, espéreme a la salida que quiero mostrarle algo –le susurró Alex a Diego en el descanso del colegio.

La actitud de Alex era más extraña que de costumbre, de cualquier forma Diego no le prestó mucha atención a eso, siguió sentado observando a sus compañeros jugar un partido de futbol. Golpes y patadas enviaban la pelota de un lado al otro, algunos gritaban animados mientras que otros solamente esperaban que el balón llegara a ellos.

 Según el reloj faltaban 3 minutos para volver a clases y apenas un par de horas para la salida. Diego pensó en lo que tenía Alex para mostrarle pero seguro no era importante, pensó en alguna revista para adultos pero por el tono en que lo menciono puede que tanto escándalo solo hubiera sido por un poco de droga.

 –¿Qué es? –preguntó Diego en un tono natural

–Le digo en la salida, ¿si? –respondió Alex al tiempo que se secaba el sudor de las manos con el pantalón.

–Bueno, como quiera.

 En ese momento los profesores empezaron a llamar a los estudiantes para volver a clases. Alex y Diego caminaron en silencio y sólo se dijeron un par de palabras antes de entrar a los salones. Un par de horas más tarde Diego estaba montado en su bicicleta esperando a Alex.

–Entonces, ¿que era?

–Acompáñeme a mi casa, tengo que hacer una vuelta –respondió Alex.

–¿Se demora?

–No creo, acompáñeme y si quiere después le gasto algo.

–Bueno, camine.

 Después de que ambos montaron sus bicicletas, no demoraron mucho en llegar a la casa de Alex. El joven entró, saludó a su familia, estuvo dentro de la casa por un par de minutos y luego bajo con la maleta casi vacía y una ropa diferente. Diego seguía teniendo el uniforme del colegio: un saco rojo con una camisa blanca y un pantalón gris; Alex tenía una chaqueta azul, pantalón negro y camiseta blanca. Cuando Diego lo vio, lo único que le preguntó fue a donde tenía que ir

–A hacer una vuelta, ya le dije. Vamos antes que se haga tarde.

 Un par de minutos más tarde llegaron a un parque, no había tantas personas allí, puede que por la hora y el día con lo cual Alex dio un suspiro de alivio, estaba nervioso aunque no decía el porqué. Dejaron las bicicletas en el piso y se sentaron en el pasto, ligeramente cubiertos por una pequeña montaña de tierra a sus espaldas.

 

–¿Y la vuelta que tenía que hacer? –preguntó Diego– ¿Qué era lo que tenía para mostrarme?

–Vea el fierro que me encontré –confesó Alex en tono presumido a su amigo al tiempo que abría un poco su mochila y dejaba ver en su interior un revolver negro.

–Marica, ¿de dónde saco eso? –reclamó Diego mientras hacia un esfuerzo por no gritar.

–No sé, me puse a revisar las cosas que dejo el abuelo cuando se fue de la casa y me encontré esto envuelto en trapos. –El tono en que lo decía Alex parecía restarle gravedad al asunto.

–Marica, ¿y para que lo trae aquí? –la voz de Diego reflejaba su preocupación– ¿Por qué me pidió que lo acompañara? ¡Huevon, si me lo quería mostrar podía hacerlo en su casa!

–Si parce, yo sé. Es que me puse a venderlo en internet y alguien aceptó comprarlo, le dije que nos encontráramos aquí pero me dio vaina venir solo. –La respuesta de Alex sonaba más a una disculpa que a un motivo.

–¿Qué? parce, ¿se está escuchando? No, todo bien pero yo no me quiero meter en problemas –dijo Diego a la vez que recogía su bicicleta dispuesto a irse

–Oiga no se vaya, acompáñeme un rato y si el man no llega en 15 minutos nos vamos, ¿le parece?

 Diego dudo por un momento si quedarse o irse pero al final se quedó, mas por asegurarse que a su amigo no le pasara nada que por la curiosidad de presenciar la venta, al final aceptó y se sentó a su lado.

 –Está bien, pero que conste. Si el man no llega en quince nos vamos.

–De una.

–¿Cómo va a saber quién es cuando llegue?

–Es calvo, tiene gafas y bigote, al menos así se ve en la foto de whatsapp. Supongo que me va a llamar cuando llegue.

–Ah… –Hubo un pequeño silencio entre los dos– Mientras déjeme verlo. –Alex le paso la maleta. Diego lo examino sin sacarlo– Es más pesado de lo que pensaba. ¿Está cargado?

–Sip, cuando lo encontré tenía unas cinco balas

–¿Ya lo ha disparado?

–No, aun no. Me da vaina.

–¿Quiere intentarlo? –preguntó Diego sin dejar de observar el arma.

–No, la verdad no quiero. Más bien estaba pensando en sacarle las balas y venderlas por separado.

 Una leve brisa paso entre ambos en un momento de silencio. Se sentía más como el tiempo en que se demora la respuesta a una pregunta que la calma antes de la tormenta

 

 –¿Puedo dispararlo una vez? –preguntó Diego al tiempo que tiraba del martillo y observaba como el tambor giraba lentamente, al observar el movimiento del arma se sintió enérgico, seguro, confiado. Su corazón se aceleró y las manos empezaron a sudarle.

–No, más bien deme eso –dijo Alex en tono despreocupado mientras estiraba su brazo y tiraba de la maleta para quitársela a Diego sin saber que él tenía el arma cargada en su mano.

 La reacción de Diego fue puramente instintiva, al tiempo que Alex intentaba quitarle la maleta, Diego apretó el puño con fuerza. El estallido del disparo dejo un eco en los edificios cercanos, lo siguiente que sintió Diego fue el olor a pólvora y el sabor a sangre en su boca. Por un momento se preocupó por el agujero que podía haber quedado al fondo de la maleta hasta que dirigió la vista a su amigo y a la mancha roja que crecía en su abdomen.

–Parce, le dije que no disparara. –le reclamó Alex enojado, un momento antes de bajar la mirada hacia su propio abdomen para observar como el blanco de su camisa se tornaba de color carmesí. En ese momento Alex sintió miedo, aunque el dolor se demoró un poco más en llegar.

 Un suspiro después el pánico se había apoderado de Diego al ver a su amigo en shock gritando mientras intentaba cubrir con ambas manos la herida de su abdomen. Diego estaba paralizado, sin saber qué hacer y atónito ante lo que había sucedido. La sangre de Alex le había salpicado en el rostro y la ropa. Cuando por fin reaccionó intento ayudar poniendo sus manos sobre las manos ensangrentadas de su amigo, las lágrimas de un Diego desesperado no tardaron en salir al tiempo que unas inútiles disculpas.

 –Alex perdóneme, fue un accidente, se lo juro, perdón. Vamos a salir de esta. Todo va a estar bien. –En su mente sabía que no iba a ser así.

 

El sonido del disparo reboto entre los edificios vecinos, los vecinos se alarmaron creyendo que se trataba de un robo o algo similar, investigaron observando a los alrededores pero al no ver ni escuchar nada más creyeron que solo había sido su imaginación o el sonido de algún automóvil. De cualquier forma, alguien llamo a la policía para alertar sobre lo que había escuchado.

 Luego de ver como la sangre surgía a borbotones de una pequeña herida se dio cuenta que debía llevarlo a un hospital o al menos a algún lugar donde pudiera recibir la ayuda adecuada. Diego se puso de pie, agarro a su amigo por debajo de las axilas e intento levantarlo, Alex se quejó de dolor pero lo que había empezado como un grito de terror termino convertido en un susurro agonizante. Cuando logró separar a Alex del suelo se dio cuenta que el piso y la espalda de su amigo también estaban manchadas de un rojo tan oscuro que solo producía escalofríos. Un lento proceso mental le indico que la bala había atravesado a Alex. Un Diego incapaz de saber que hacer perdió la fuerza en sus brazos y dejo caer el cuerpo de su amigo al suelo, su caída produjo un golpe sordo. Cuando intento levantarlo de nuevo se le resbalo de las manos cayendo por segunda vez. Al notar que Alex ya no hacia ningún ruido Diego intento zarandear su inerte cuerpo. El que hace un momento había sido un Alex agonizante ahora solo era un bulto pálido, inexpresivo e incapaz de mover ningún musculo.

 Solo cuando Diego vio el cuerpo de su amigo en el suelo, inmóvil, comprendió que ya no había nada que el pudiera hacer. Lo que antes era pánico ahora era desesperación y miedo. El miedo es una sensación tan poderosa que nos impulsa a hacer lo que nunca imaginaríamos y nos impide hacer lo que siempre hacemos. Diego se arrodillo ante el cadáver de Alex, cerró los ojos y lloro amargamente; no se sabe si lloró por la pérdida de su amigo o por lo perdido que él se encontraba al darse cuenta de lo que sucedería con él.

 Como pudo logro calmarse, respiro hondo y analizó sus opciones: podía huir, pero tarde o temprano lo encontrarían; podría buscar a la policía y confesar todo, pero sabía que no era pequeño el problema en el que ahora estaba metido; sabía que tenía que decidir qué hacer pronto, pues tenía miedo de que alguien lo encontrara o de que el comprador apareciera en cualquier momento. Vio su camisa salpicada por la sangre así que tomó su saco del colegio, se limpió las manos y el rostro con el interior del mismo. Para su suerte el rojo de la sangre se confundió con el rojo de la prenda y a pesar de que sus manos no quedaron del todo limpias, logro disimularlo estirando las mangas del saco cuando se lo puso.

 Había decidido escapar, después pensaría en que decir para cuando se descubriera todo, por ahora tenía que alejarse de ese lugar. Observo a su alrededor, no había nadie cerca y tenía la idea de que nadie lo había visto, pensó en dejar las cosas como estaban e irse de ahí pero el revolver que había disparado tenía sus huellas, así que guardo la maleta de Alex dentro de su propia maleta y al echar un último vistazo para asegurarse que no dejaba nada sintió vergüenza por sí mismo; había asesinado a su mejor amigo y ahora huía, tenía miedo y se sentía un cobarde.

Montó en su bicicleta y empezó a andar, entre más se alejaba del cuerpo de Alex más personas veía, sentía que todas las miradas iban dirigidas hacia él, veía a la gente conversar y tenía miedo que fueran sobre él sus conversaciones. Intentaba actuar de forma natural pero al llegar a una esquina del parque un hombre con un teléfono en sus manos se quedó mirándolo fijamente, hubiera pasado desapercibido para Diego de no ser porque el hombre que lo veía se le hacía familiar. Era un hombre de mediana edad, vestía ropa oscura y traía un pequeño maletín. Era calvo, tenía bigote y del cuello de su camisa colgaban unas gafas grandes. El muchacho no lo conocía pero descubrió que él era el comprador que esperaban y cuando lo reconoció sintió que las piernas le temblaban, acelero el paso y lo perdió pronto. Sentía que el corazón se le salía del pecho, su respiración estaba muy agitada y cualquier ruido lo ponía nervioso, miraba hacia atrás constantemente porque sentía que lo perseguían.

Al llegar a su casa se encerró en su cuarto, los jueves su familia llegaba en la noche así que tenía un par de horas para pensar que hacer. Tiro la maleta sobre su cama, se desnudó y entro a la ducha. Dejo el agua correr por su cuerpo, vio los rastros de sangre de sus manos confundirse con el agua y deslizarse hasta el sifón. No sabía que pensar ni que sentir, así que de nuevo volvió a llorar. Se sentó en el piso de la ducha y siguió llorando durante un rato que el sintió como una eternidad.

Luego de salir de la ducha, de estar más calmado y de tener ropa limpia, metió en la lavadora toda la ropa que había tenido puesta, la cubrió con más ropa de su familia y puso una cantidad bastante alta de detergente esperando que las manchas de sangre de su ropa se diluyeran con eso. Volvió a su cuarto, se encerró y abrió su maleta, al sacar la maleta de su amigo no se asombró cuando sintió el olor de la pólvora de nuevo. Estaba seguro que dentro de la maleta de Alex solo encontraría el revolver pero se aterro al encontrar allí dentro no solo el arma sino también el celular de su amigo.

La calma que había ganado le duro poco cuando sostuvo el celular de Alex. No sabía que su amigo lo había dejado allí dentro y tampoco sabía qué hacer con él, la paranoia se apoderó de su cabeza nuevamente y creyó que la policía lo encontraría en cualquier momento gracias al GPS del celular. Tenía planeado deshacerse del celular aunque de cualquier forma lo activó, el celular tenía nueve llamadas pérdidas de un número desconocido, su corazón dio un pequeño salto cuando apareció un aviso que decía “Conectado a internet Familia Gómez”. El terror volvió de nuevo en el momento en que de repente al celular empezaron a llegar mensajes de whatsapp, o al menos solo el aviso de ellos: “5 llamadas perdidas, 26 mensajes de 1 chat” el corazón de Diego se había acelerado nuevamente y él se sentía sin aliento. Intento desbloquearlo pero no conocía la contraseña, se sentó en la cama y estuvo mirando el celular en silencio durante un rato.

Pensaba en que lo mejor era deshacerse de las cosas de Alex, al revolver le podía quitar sus huellas limpiándolo, o al menos eso es lo que veía en películas, luego de eso podría tirarlo en alguna basura o alcantarilla. Al celular le podía quitar la batería, la SIM y tirar todo eso por separado. Lo mismo con la maleta de Alex. Por suerte para él, Alex era un muchacho bastante solitario así que confiaba en que él no le habría dicho nada a nadie, además, cuando Alex fue a su casa Diego estuvo esperando afuera y la familia de su amigo no lo vio por lo que estaba seguro que nadie además de él podría saber que estaría con Alex después de clases.

En el parque nadie lo vio mientras estaba con el cuerpo de su amigo por lo que empezaba a sentir que podría salirse con la suya, entonces recordó al comprador. Él lo vio antes de irse del parque y podría haber visto la sangre de sus manos, él podía decirle algo a la policía cuando se enterara de la muerte de Alex. Diego volvió a preocuparse, tenía miedo de terminar en la cárcel, de arruinar una vida que aún no había empezado a vivir, de no poder hacer nada para solucionarlo, no quería resignarse tan pronto. Estaba inmerso en sus pensamientos cuando el celular de Alex empezó a vibrar de nuevo, esta vez, era una llamada.

La llamada tomó por sorpresa a Diego pero no lo aterró como lo hubiera hecho un par de minutos atrás. Como la llamada era por whatsapp, le permitió ver la foto de quien llamaba. Era el mismo hombre que vio en el parque, aunque seguía siendo un número desconocido, estaba decidido a saber quién era ese hombre. No contesto la llamada, en lugar de eso anoto en su celular el número del hombre y espero a que dejara de llamar. Ahora tenía su foto y su teléfono, eso era suficiente para encontrarlo. La suerte de Diego dependía más de aquel hombre que de sí mismo, tenía que deshacerse de el antes de que dijera algo a la policía. Estaba decidido a ello.

Al otro lado de la línea había un hombre que estaba hecho un manojo de nervios. Don Joaquín solo era un hombre cansado de las injusticias y la inseguridad, era dueño de un pequeño local comercial en el centro de la ciudad y después de varios días de estar averiguando encontró a alguien que le podía vender un arma a un precio razonable. Lo único que le interesaba era la sensación de tener algo con que defenderse en caso de un robo en su local. El día que había acordado encontrarse con Alex se confundió del lugar en donde se encontrarían así que al no ver a nadie con la descripción de Alex se sentó en una banca a llamarlo mientras esperaba. Tener encima tal cantidad de dinero lo ponía nervioso y aún más teniendo en cuenta a lo que la había destinado. Mientras esperaba sentía tener todas las miradas encima, buscaba a un joven que no conocía y en su lugar solo encontraba desconocidos que veían a un hombre nervioso mirando hacia todas partes. Sostuvo la mirada con una mujer embarazada, un anciano con su nieto, un muchacho en una bicicleta y una señora con tacones rojos. Luego de llamar varias veces a Alex y escribirle un par de mensajes se siente nervioso y decide que lo mejor es irse del lugar, prefiere hacer la compra otro día. En la tarde lo vuelve a llamar para acordar otra cita pero dado que no contestaron ninguna de sus llamadas ni sus mensajes resuelve bloquear el contacto y asume que lo mejor es hacer negocios con otra persona.

Después de finalizada la llamada, Diego apaga el celular. Había estado tan inmerso en el celular de Alex que se había olvidado del resto de cosas. El revolver lo escondió bajo su ropa en el closet, luego fue a la cocina por una bolsa de basura, allí metió la maleta vacía de Alex y el celular desarmado. Busco en internet el número que había anotado y encontró que estaba asociado a un local en el centro de la ciudad, “Ferretería: Donde Joaquín”. Anotó la dirección y empezó a hacer planes en su cabeza sobre como deshacerse de ese hombre, nunca se detuvo a pensar en lo fácil que había sido encontrarlo.

 En la noche llegó su familia, comieron juntos pero Diego se retiró pronto con la excusa de que debía estudiar para un examen. Cuando estuvo en su cuarto buscó tutoriales sobre el uso de un arma, luego intento dormir pero no le fue sencillo conciliar el sueño, solo hasta la madrugada logró hacerlo. Esa noche soñó que caminaba en arenas movedizas y entre más intentaba escapar de ellas más se hundía hasta que al final se ahogaba, se despertó sobresaltado pero pronto volvió a dormir.

 

  II

Al día siguiente Diego despertó temprano, siguió su rutina como de costumbre y se puso la sudadera del colegio. Saco el revólver de donde lo había escondido, lo envolvió en una camisa, la metió en su maleta y junto a ella guardo un pantalón, una chaqueta, una gorra y la bolsa con las cosas de Alex. Termino de alistarse para ir al colegio, se despidió de su familia y antes de irse su madre le dio un beso en la frente, Diego no lo valoró como debería haberlo hecho.

En lugar de ir al colegio fue al centro de la ciudad, estuvo buscando el local de Joaquín y cuando lo encontró observo que era un local pequeño. Pensó que había sido algo levantado desde ceros, toda una vida de trabajo para continuar trabajando en el durante otra vida. Diego empezó a dudar sobre lo que se supone estaba decidido a hacer, sentía remordimiento, culpa, se odiaba y de cierta forma odiaba a quien creía era el único testigo que había presenciado lo sucedido, aunque al mismo tiempo, don Joaquín era la única persona que podía terminar de hundirlo. A pesar de todo, el muchacho se equivocaba, no en el hecho de que don Joaquín fuera el único testigo, se equivocaba en que por cada paso que daba el mismo se terminaba de hundir más y más, sin ayuda de nadie.

El local era atendido por don Joaquín y su hija, Sara. Entre los dos atendían los clientes, a veces uno de ellos debía ir a buscar cosas a la bodega mientras el otro se quedaba atendiendo a las personas. Cuando Diego llegó, había varias personas esperando ser atendidas, por lo que prefirió ver desde lejos como funcionaba todo. Obviamente no escuchaba nada pero le parecía suficiente con verlo.

Mientras esperaba a que se desocupara empezó a dar vueltas en su bicicleta, paso cerca de una caneca de basura y allí tiro la bolsa con la maleta de Alex, paso cerca a otra y en ella se deshizo del teléfono de quien hasta el día anterior había sido su amigo. Luego fue a un restaurante y allí pidió usar el baño, se lo prestaron y dentro se cambió de ropa, se lavó la cara con agua y estuvo hablándole un rato al espejo, solo dios sabe si le respondieron 

Cuando salió del restaurante había empezado a llover así que se colocó su gorra y la capucha de la chaqueta, volvió al local y siguió esperando. Con la lluvia la clientela disminuyo bastante, la llovizna se trasformó en un chubasco y así sucesivamente hasta llegar a una lluvia fuerte, de vez en cuando un trueno hacia retumbar las ventanas y activaba las alarmas de los carros. La mayoría de comerciantes aprovecharon para ir a almorzar, el local de don Joaquín se desocupó y solo quedaron allí dentro el hombre y su hija. Diego saco el revólver de su maleta y lo guardo en el bolsillo de la chaqueta, se acercó al local y sin entrar fingió escamparse de la lluvia. Mientras estaba en ese lugar aprovecho para escuchar desde afuera la conversación que mantenían padre e hija.

–Se nos estaban acabando las brocas de madera y metal –comentó Sara, al tiempo que leía las anotaciones de una libreta.

–Sí, hace falta comprar más. Este fin de semana llamo al proveedor, ¿qué más seria?

–Los pernos de cabeza hexagonal y las arandelas de presión también están bajitas.

–¿Alcanzan para la otra semana?

–No creo.

–Bueno, eso también lo anoto. ¿Ya hiciste el inventario de la bodega?

–No, aun no. ¿Lo hago ya?

–No hay afán, si quieres después de almorzar. Voy a pedir un domicilio

–Pero eso se demora mucho, ya voy yo en la bici

–Bueno hija, intenta no demorarte.

Sara abandonó el local y dejo a don Joaquín solo, estaba concentrado haciendo unas cuentas con calculadora en mano cuando Diego entro al local. Estaba empapado, había dejado la bicicleta afuera y tenía las manos en los bolsillos.

 

–Buenas tardes –dijo don Joaquín sin levantar la vista de la calculadora.

Diego no pronuncio palabra, estaba nervioso y había olvidado como se respondía un saludo. Ante el silencio el hombre levanto los ojos de la calculadora y observó al muchacho detenidamente.

–Dígame, ¿que se le ofrece?

Diego seguía callado, en lugar de decir algo lo que hizo fue observar la tienda de un lado al otro, después de examinar la tienda durante el tiempo suficiente para poner nervioso al hombre detrás del mostrador, el vendedor volvió a romper el hielo una vez mas

 

–¿Puedo ayudarlo en algo? –la voz de don Joaquín empezaba a mostrarse entre nerviosa y alerta– Disculpe joven, ¿en qué le puedo ayudar?

Diego lo miro de frente. Luego de revisar en sus recuerdos donde había visto ese rostro don Joaquín pregunto:

 

–¿Usted estaba ayer en el parque del Norte? Me pareció verlo en una bicicleta, ¿no?

–Sí –susurró Diego–, y precisamente ese es el problema.

–¿Cómo? No estoy entendiendo.

–¿Ya habló con la policía?

–¿Y de que les tendría que hablar? Sigo sin entender.

Diego saco el revólver del bolsillo y lo apunto hacia aquel hombre.

 

–Por favor perdóneme, no puedo dejar que usted hable con ellos. –La voz se le quebraba al hablar y le era difícil encontrar las palabras.

Don Joaquín se limitó a levantar las manos. En ese momento empezó a alzar la voz, casi gritando

 

–¿Hablar con quién, de qué habla?, ¿Qué es lo que quiere? ¿Es por dinero? Llévese todo lo de la caja pero no me haga nada.

Diego se mantuvo en silencio.

 

–Llévese todo, no me importa.

No hubo respuesta.

 

–No le diré nada a la policía, pero por favor no me haga nada. –Insistía el vendedor.

Diego seguía sin musitar palabra, su mano estaba temblando y una lágrima se deslizaba por su mejilla. Empezaba a arrepentirse de lo que estaba haciendo en ese lugar y estaba a punto de salir corriendo, sin embargo se sentía petrificado y aún estaba apuntando al vendedor con el arma

 

–Hermano, tengo una hija. No me haga daño. Llévese todo y váyase. Por favor

El destello de un rayo iluminó la expresión de angustia en el rostro de Don Joaquín, exactamente dos segundos después llego el sonido del trueno el cual tomo por sorpresa a un nervioso Diego. De nuevo, su reacción fue instintiva. A pesar de que las alarmas de los carros que estaban estacionados frente al local ocultaron el estruendo del disparo, Diego tenía la impresión de haber sido escuchado por los vecinos. 

La bala penetro en el pecho de don Joaquín, atravesó su corazón y su cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo que fue inaudible con todo el ruido que había en el ambiente. Por otro lado, el que antes era un Diego nervioso ahora volvía a ser un Diego lleno de terror y miedo. Estaba boquiabierto, su boca templaba y la expresión en su rostro daba la impresión de que había sido él quien había recibido el impacto de la bala. Dio un pequeño grito desesperado antes de salir corriendo del local envuelto en lágrimas que se confundían con la lluvia. No logró ver la sangre y tampoco la expresión de don Joaquín, no supo si murió al instante o si el que había caído era un hombre moribundo que aun podía salvar. Recogió su bicicleta, guardo el revólver en su bolsillo y corrió cobardemente sin mirar atrás, mientras corría le pareció escuchar el grito desconsolado de una hija que encuentra a su padre en un charco de sangre sin embargo no le importó y solo echo un vistazo al local cuando estaba lo suficientemente lejos, vio algunas personas entrando nerviosamente al local pero no se detuvo a observar que más sucedía.

Pedaleo tan rápido como pudo, no estaba seguro de a donde se dirigía y solo se detuvo cuando el dolor en sus piernas pudo más que la adrenalina por lo que acababa de suceder. Cuando se bajó de la bicicleta no sabía en donde estaba, busco una caneca de basura y vomitó dentro de ella hasta que le dolió la garganta. Luego de eso se sentó en el piso en silencio, meditaba sobre lo ocurrido y en su mente repetía una y otra vez lo que había hecho. Cuando volvió en sí y logró saber en dónde estaba se subió a su bicicleta y pedaleo hasta su hogar. 

Al llegar a su casa en la tarde, el corazón casi se le sale del pecho cuando frente a su casa vio estacionadas la camioneta de la familia de Alex y una patrulla de policía. Freno en seco unos 20 metros antes de llegar, su corazón se aceleró y en su cabeza empezaron a surgir preguntas sin respuesta que solo terminaban de alterar a un ya desequilibrado adolescente.

¿Cómo se enteraron tan rápido?, ¿Que les estarán diciendo?, ¿Me estarán buscando?, ¿Mate a un hombre en vano?, ¿Qué debo hacer ahora?, ¿Alguien más me vio con Alex ayer?, ¿Alex le dijo a alguien que yo lo acompañaría?, ¿El GPS del celular me delato? El comerciante hablo con la policía antes de que yo lo viera?, ¿Habrán encontrado mis huellas en el cuerpo de Alex?, ¿Había cámaras en el parque? Solo hasta ese momento cayo en cuenta de que el nunca reviso si en el local de Joaquín habían cámaras de seguridad. La confianza que creía tener que las cosas le estaban saliendo bien se le desmoronó al percatar el inmenso error que había cometido. A pesar de todo, se lamentaba más por el hecho de haber sido descuidado con las cámaras de seguridad que por el hecho de haber asesinado a dos personas.

En lugar de entrar a su casa y fingir que no pasaba nada, prefirió pasar la noche fuera. En su cabeza tenía la idea de que la policía le había contado todo lo ocurrido a su familia, por lo que ahora había perdido todo apoyo que podía recibir de su propia familia, la noticia no tardaría en llegar hasta el resto de sus amigos y conocidos, así buscara refugio en otro lugar tarde o temprano alguien avisaría a la policía y todo el esfuerzo que había hecho por escapar de lo inevitable simplemente seria en vano. Con las pocas cosas que tenia se dirigió a una tienda y compró algo de comida, planeaba pasar la noche en un parque concurrido que estaba cerca de allí. Podía dormir en una de las bancas y al día siguiente empezar a moverse por la ciudad hasta desaparecer. Era mejor hacerlo de noche pero estaba demasiado cansado para hacer algo así, además se sentía solo en el mundo; ¿A quién podía buscar? ¿Quién podría ayudarlo? Puede que después podría tener tiempo suficiente para pensar en esas cuestiones, por ahora solo debía llegar hasta ese parque evitando cualquier rostro conocido que pudiera reconocerlo y por sobre todo la requisa de algún policía.

Mientras tanto, en su casa se encontraban reunidos sus padres con la familia de Alex y la policía. Habían encontrado el cuerpo de Alex y tenían la sospecha de que lo habían atracado, él se había resistido y por eso lo habían asesinado puesto que aparte de su bicicleta no encontraron ningún otro objeto de valor. El parque era demasiado amplio y ninguna de las cámaras había logrado verlo cuando entró en el parque y mucho menos cuando ocurrió aquel accidente con Diego. Sabían que Diego era su único amigo por lo que lo buscaban para preguntarle si el sabia porque Alex estaría en un sitio como ese solo, si había tenido algún problema con alguien o si les podía dar alguna información al respecto. Lo esperaron por un par de horas, al ver que no llegaba, no tuvieron otra opción que retirarse y aplazar esa conversación.

Ya entrada la noche, Diego está recostado en una banca solo acompañado por su maleta y su bicicleta. Está planeando que hacer y a donde ir el día siguiente, podría buscar cómo vender el revólver y conseguir algo de dinero, o podría intentar atracar a alguien con él; eso le ayudaría para poder salir de la ciudad e iniciar desde ceros en algún otro lugar. Sea como sea solo son planes que se le ocurren mientras espera dormirse o mientras se toma un momento para descansar.

La calma del momento se ve interrumpida por el televisor que hay en un restaurante cercano, una noticia de última hora habla sobre el homicidio de un comerciante del centro de la ciudad. Se levanta tan rápido como puede y pone toda su atención al televisor:

«Noticia en desarrollo, en horas de la tarde fue registrado el homicidio de un comerciante del sector central de la ciudad. La policía maneja hipótesis relacionadas a un ajuste de cuentas; los principales sospechosos son unos comerciantes de la zona los cuales, según un testigo, tuvieron una fuerte discusión con la víctima en días pasados…».

En ese momento Diego dio un suspiro de alivio, pues aun no tenían pista de él.

«… Gracias a una cámara de seguridad en el lugar de los hechos, la policía logro obtener un video del momento en el que ocurrieron los hechos. Se recomienda discreción.»

Alex se sintió morir al escuchar el resto de la nota y tuvo un ataque de pánico al observar el video del que hablaba la periodista. El video no tenía sonido, mostraba al hombre haciendo cuentas con una calculadora, entonces entra un hombre encapuchado al cual solo se le ve la espalda, observa el lugar, se dirige una mirada con el vendedor, intercambian un par de palabras y el hombre encapuchado apunta un arma al vendedor. Este levanta las manos al tiempo que se observa como lo grita, en ese momento el visitante dispara, el vendedor cae al suelo por detrás del mostrador y el tirador sale corriendo del lugar. Lo siguiente que se ve es la hija del hombre entrando al local para luego tirarse de rodillas al lado de su padre.

Diego no sabía cómo sentirse, si bien el video se veía borroso por la lluvia y la imagen de baja resolución hacía imposible reconocer el rostro de la persona que disparaba, un estampado en la parte posterior de la chaqueta permitía que cualquier persona lograra diferenciar esa prenda en cualquier lugar. El muchacho echo un vistazo rápido a su alrededor y al observar que nadie le prestaba mucha atención a la noticia, se quitó la chaqueta, fue por sus cosas y caminando disimuladamente la tiró en la basura. Siguió caminando hasta perderse de vista y lo siguieron las primeras gotas de una lluvia que estaba por caer.

 

   III

El tercer día despertó bajo un puente, dada la inminente lluvia no tuvo otra opción que correr donde refugiarse. Había sido el primer lugar en donde escamparse de la lluvia y dadas las condiciones en las que estaba, no tenía muchas opciones de buscar un lugar mejor. Cuando despertó eran tal vez las once de la mañana, seguía algo cansado y el dolor de sus piernas había disminuido.

Aun le quedaba algo de dinero y empezaba a sentir hambre. Había pasado quizás, la peor noche de su vida y se sentía hambriento, con sed, deprimido, desolado y sobre todo, desesperado. Contó las monedas en sus bolsillos y a pesar de ser pocas, le servirían para comprar algo que lograra calmar el hambre que tenía. Levantó todas sus cosas y se fue caminando hacia una panadería, confiaba en que pasaría desapercibido ya que no tenía la chaqueta que aparecía en el video de las noticias. Planeaba gastar todo el dinero que tenía comprando un par de panes, era lo único que podía permitirse ya que en la noche anterior gastó más de lo que esperaba. 

La panadería en la que estaba esperando tenía un televisor pequeño al que nadie le prestaba atención, se dejaba probablemente para evitar el ruido que hacia el silencio. Mientras Diego hacía fila en la panadería escuchaba las noticias en el televisor. Esperaba escuchar algo referente al homicidio del día anterior pero no hubo referencias a ese hecho, tampoco algún informe de avances en el caso o algo por el estilo; solamente futbol, cine, moda, entre otras cosas. Antes de llegar al mostrador escuchó una nota que lo tomó por sorpresa y al levantar la vista al televisor lo que vio fue su la imagen de su rostro ocupando toda la pantalla

 

«Atención: se busca joven de 17 años, responde al nombre de Diego Gómez, cualquier información, llamar al número 315 24…»

Diego salió de la tienda, no espero a escuchar el número y mucho menos lo que había ido a comprar. Estaba profundamente alterado, mientras respiraba con agitación tenía la sensación de quedarse sin aire. Miraba hacia todas partes y solo veía su rostro en las pantallas seguido a avisos de se busca y policías hablando, caminaba lo más rápido que podía pues temía que el correr llamara la atención, sin embargo sentía que en cada paso que daba aumentaba el número de ojos que fijaban su atención en él.

Decidió correr, mientras corría subió a su bicicleta, seguía cansado, hambriento y no sabía qué hacer. El miedo se había apoderado de su corazón al tiempo que la paranoia jugaba con su mente y lo hacía desconfiar de su propia sombra. Sin pensar detenidamente en lo que debería hacer, opto por volver al sitio en el que había dormido. Al llegar se ocultó en la sombra, se limpió el sudor y espero que nadie reconociera en aquel muchacho el rostro que por un par de segundos ocupo las pantallas de todos los televisores que vio mientras huía a su improvisado escondite.

Entre tanto, los padres de Diego estaban preocupados por su hijo. En la noche anterior no había llegado a dormir y en el colegio les informaron que no había asistido a clases ese día, temían que le hubiera sucedido algo y al llamar a la policía les dijeron que debían esperar 72 horas para reportarlo como desaparecido. Dado que lo necesitaban para esclarecer el crimen de Alex, la única ayuda que les podían brindar era una corta rueda de prensa. Así las cosas, un par de horas después fue publicado un video con el rostro de Diego, pedían a la ciudadanía información sobre su paradero, mencionaban los datos de contacto y ofrecían una pequeña recompensa. Quien se veía a sí mismo como el delincuente más buscado por las autoridades, en realidad solo era extrañado por sus preocupados padres.

Diego, intranquilo y angustiado intentaba pensar en qué hacer para salir de esa situación. No sabía cómo escapar de una ciudad que conocía su nombre y su rostro, todos los planes que tenía para su futuro ahora se habían derrumbado gracias a una serie de errores que fueron cometidos uno tras otro. Quería llorar pero temía no tener más lágrimas que derramar, se arrepentía de lo que había hecho al tiempo que se compadecía de tener tan mala suerte. Busco el revólver y lo empuño sin sacarlo de su maleta, pensó en suicidarse pero no quería rendirse tan pronto, de todas formas, solo dos personas habrían llorado en su funeral. Estaba tan abstraído en sus lamentos que un encuentro inesperado lo tomo por sorpresa.

Era un hombre viejo que tiraba de una carreta, tenían muy mal aspecto, sus manos estaban sucias y sus ojos cansados reflejaban toda una vida de sufrimiento. Estaba acompañado solo por un perro que dormía tranquilamente sobre la carreta.

 

–Este no es lugar para alguien como usted –afirmó aquel habitante de la calle.

–Sí, ya se. Muchas gracias –respondió Diego despectivamente.

–¿Y entonces que hace aquí?

–Esperando.

–¿Que espera?

–No sé.

El hombre se quedó callado mientras observaba al joven, el muchacho se sintió incomodo por la mirada inquisidora de aquel individuo y prefirió mirar hacia otra parte.

 

–¿Lo he visto en algún lado?

–No creo. –respondió Diego sin mirarlo de frente pues le preocupaba haber sido reconocido.

–¿Usted es famoso?

–No

–¿Es mi hijo?

–No.

–¿Y mi nieto?

–Tampoco.

El viejo guardo silencio un momento.

 

–Mis manos están sucias, ¿si ve? –El anciano acerco innecesariamente las manos a Diego para que el pudiera verlas– ¿Aunque sabe algo? No están tan sucias como las suyas –El muchacho miro sus propias manos–. Al menos las mías no están manchadas de sangre.

Diego trago saliva al escuchar eso, mirándolo a los ojos le reclamó:

 –¿De qué habla? Las mías están limpias

–Yo sé quién es usted –Al escucharlo, una gota de sudor bajo por la frente del joven.

–Me está confundiendo con alguien más.

–Llevo toda una vida buscándolo. Esta vez no se me va a escapar –La mirada del anciano reflejaba un odio contenido por muchos años–. Yo ya he visto esa mirada antes. Asesino.

–Perdón, tengo que irme –dijo Diego al tiempo que se ponía de pie y levantaba del piso su bicicleta.

–Usted no se va para ningún lado –replicó de forma amenazadora el anciano. Diego intimidado por el hombre metió la mano en la maleta y sostuvo el revolver sin sacarlo–, por su culpa perdí mi casa, mi esposa y mi perro

–¿Qué? Definitivamente usted me confunde con alguien más –contesto aliviado el muchacho.

–Cállese –gritó el viejo–. No quiero escucharlo más. Asesino, asesino, asesino. –Los gritos del anciano despertaron al perro que sin comprender la situación empezó a ladrarle al muchacho.

 Diego empezaba a inquietarse con los gritos de aquel hombre. Alguien podía escucharlo y ese sería su fin. Le pidió que se callara y dejara de gritar pero el hombre le seguía gritando:

–Asesino. Usted mato a mi esposa, asesino –Hubo un momento de silencio–. Pero esto no volverá a pasar, ya verá.

El anciano se dio vuelta hacia su carreta y empezó a revolcar lo que tenía en busca de algo mientras hablaba en voz alta para sí mismo “¿Dónde está? ¿Dónde está?”

Diego aprovechando el descuido del hombre intento escabullirse de donde lo tenía arrinconado, luego solo debía subirse a su bicicleta y alejarse lo más pronto de ese lugar. Cuando empezó a moverse, el perro volvió a ladrar

 

–¿Qué, quería volarse? –reclamó el viejo girándose para estar frente al muchacho– De aquí no se me va, ¿no entiende, asesino?

–Ya, déjeme en paz.

–Que no. –Luego el viejo volvió a gritar–. Asesino, asesino, asesino.

Diego, exasperado por la situación y por los gritos del hombre, sin pensar mucho en lo que hacía saco el arma esperando intimidarlo. El anciano observo el revólver y en lugar de sorprenderse exclamo: “Ah, ahí estaba”. Luego acercó la mano para quitarle el arma a Diego pero antes de que pudiera lograrlo, el joven disparo contra el anciano. El hombre cayó de espaldas contra el suelo mientras que los ladridos del perro se apagaron de inmediato.

 El estallido del disparo retumbo en todas partes, el perro chillo y se bajó de la carreta para lamerle la cara al inerte anciano. Antes de que Diego pudiese subirse a su bicicleta para huir vio como de la nada empezaron a llegar otros habitantes de calle. Unos aparecían de otras esquinas del puente, otros surgían de plásticos y mantas amontonados en el suelo, otros parecían brotar del suelo y antes que pudiera hacer cualquier cosa, Diego se vio rodeado por 5 o 6 individuos que observaban el cadáver bañado en sangre que yacía en el piso

 

–Nos mataron al loco –dijo uno con voz grave.

–Sí, nos lo mataron –confirmo otro.

–Y fue ese pirobo –mencionó uno de los presentes señalando a Diego con el índice.

 Diego abandono su bicicleta e intento correr, apenas pudo dar un par de pasos antes que el perro le mordiera la pierna y lo hiciera caer. Los demás presentes se le tiraron encima y le quitaron el arma de las manos.

 

–Ahora si socio, le llegó la hora. –dijo el que se había quedado con el revolver al tiempo que cargaba el arma y lo apuntaba a la cabeza de Diego.

–No me haga nada, por favor no me haga nada. Fue un accidente –rogó Diego mientras los demás lo tenían dominado en el suelo.

–Oh si, un accidente. Bueno, este también va a ser un accidente.

–No me mate, le daré todo lo que quiera. Puede quedarse con todo lo que tengo pero no me mate. –Sus suplicas le recordaron a don Joaquín, ahora entendía su miedo.

–Usted nos mató al Loco, el tipo le decía lo mismo a todo el mundo pero con usted tenía razón. Usted si es un asesino.

–Yo no quería, el me obligo a hacerlo. Se lo juro.

–No me importa, la verdad. Usted correrá la misma suerte. –Guardo silencio por un momento–. Jajaja que curioso que mientras unos nacemos sin suerte, otros simplemente la pierden en el camino. –Los demás presentes se rieron ante el comentario.

–No lo haga por favor, no se meta en problemas. –Las suplicas de Diego no estaban logrando nada.

–¿Por qué me metería en problemas? Aquí nadie ha visto nada.

El hombre sostuvo el arma con fuerza y esta vez el disparo no fue accidental. Antes de que alguien pudiera localizar el origen de aquel sonido ya los hombres se habían escabullido y en el suelo solo quedaba el cadáver de un joven que había muerto hace varios días en el momento en que dejo que el miedo se apoderara de su corazón.

 

Fin.